Quiero besarte.
Y tú estás ahí sentada con tus papeles y tus libros y esos formularios a cumplimentar que siempre te está mandando tu jodido jefe.
Nah: la vida moderna y los sacrificios implícitos a toda carrera profesional perfecta siempre lo acaban dificultando todo.
Pero yo estoy aquí, sentado en el mismo sofá en el que tú estás sentada en este preciso instante.
Y quiero besarte.
Ahora observo esa forma tan victoriana que tienen tus dedos de pulsar las teclas y me pregunto cuál sería la estrategia más adecuada para lograr mi objetivo.
Puede que bastara con acercarme un poco más a ti.
O por el contrario: quizá debiera alejarme un poco más.
Yo qué sé: por hacerlo rápido.
Pero es que a veces todo es tan pragmático, tan indoloro: como si este cómodo silencio bastara para decirlo todo.
Tu a lo tuyo.
Y yo a lo mío.
Las facturas pendientes, montón de ropa tirada por el suelo, la cocina sin limpiar.
Afuera cantan los pájaros y luce el sol.
De verdad: compartir nuestras vidas siempre ha sido sencillo y hermoso.
No tengo ninguna queja.
Ni tampoco dudas.
Es sólo que quiero besarte.
Y voy a besarte.
Un beso amable, fugaz; en la mano o quizá en la frente, mientras me levanto en plan casual y te pregunto si quieres otro café.
Ya ves: como si hiciera falta una excusa, una acción adicional para acercarme a ti y besarte.
Como si ya me hubiera olvidado de cómo besarte.
Y es triste si lo piensas, mi amor.
Pero no te preocupes: ya vuelvo de la cocina.
Sólo estoy haciéndolo rápido.
miércoles, 24 de julio de 2013
Suscribirse a:
Entradas (Atom)