Es un poco como el juego del gato y el ratón. Estoy aquí. Vaya, yo me acabo de ir. Te necesito. Pues quizá deberías buscarme un poquito. Aparezco entre tus brazos. Me deshago de tu abrazo, aborto tu intento de darme un codazo y me pongo —porque así es cómo surgen las cosas— a empapelar con motivos Art Nouveau mi cabeza. Ahora me mirás de reojo. Ahora yo te guiño un ojo. Ahora me vuelvo a ir. Lejos, muy lejos. Lejísimos. Lo experimento como una terrible afrenta a mis sentimientos. Generamos una dinámica de desplantes. Perdoná: la generaste vos. Preferiría no seguir por ahí. Hablemos mejor de algo practico. Nuestros pensamientos, por ejemplo. La cena. La inminente intervención armada en el Oriente. Supongo que tampoco es necesario hablar todo el tiempo. Pues antes lo hacíamos. Antes todo era distinto. Antes era hace cinco minutos. Pobre: mirá cómo contempla, incólume, este funeral de amor. Quién. Pues los pensamientos, quién va a ser. No me río. Te estás riendo. Andate a la mierda. Me voy para siempre. Te necesito. Pues quizá deberías buscarme un poquito. Sos mala. Y vos un egoísta. Un pellizco en los pezones. Pues ahora sí que me río. Pero dolió. Te jodés. Te quiero. Preparemos café.
En la eternidad de la oscuridad
domingo, 19 de septiembre de 2021
lunes, 26 de noviembre de 2018
Te quiero, pero me da miedo que mis idas y venidas, este torbellino emocional de mierda que me caracteriza acabe por matar nuestro hipotético amor. Y eso sin profundizar en el hecho de que, acaso, mi forma de querer sea muy distinta a la tuya. O que directamente tuviéramos que prescindir de dicho término y sutituirlo por otro que diera cuenta de todos los procesos relativos al querer. No vos y yo, sino todo el mundo. Ya sabés: el enamoramiento, el toqueteo continuo, el descubrirnos y maravillarnos cada día de lo mucho que se parecen nuestras formas de mirarnos. Pero también de la rutina, los besos de medio lado, la melancolía, los despechos y las bombas de racimo. Ojalá pudiera inventar yo mismo esa palabra y provocar un gran consenso social torno a ella. Ojalá nadie tuviera que llorar nunca jamás. Pero yo sólo soy un tipo extrarradio. Vos hacés que quiera convertirme en un hombre de provecho. Quizá te quiera por eso. Quizá por tus manos, que parecen concebidas únicamente para acariciar. O quizá tan sólo esté perpetuando un manido patrón cultural. Puede que esto no nos conduzca sino al más bello de los desastres. Lindo, la verdad. Pero para qué engañarnos: desastroso. Dolores de cabeza, decepciones, psicoterapeutas, el corazón en un puño y el estómago hecho trizas. Por otra parte, lo que sí es seguro es que quiero sobarte las tetas. Es un alivio: al menos esto sí esconde una dimensión volitiva incontestable. Pensaré en ello cuando vuelva a dudar de mis sentimientos. Porque es que no hay otra certeza que nuestras dudas. Tan sistemáticas, tan razonables, tan putas. Pero bueno: concedámonos un respiro. La neurosis está totalmente pasada de moda. Afrontemos esto con madurez y valentía y la expectativa de que yo te sobe las tetas y vos a mí lo que querrás y, al menos, seamos felices durante este irrepetible instante en que por fin yo te digo que te quiero. Ya está. Ya lo dije. Lo más probable es que sea una cagada. Un despropósito. El grito sincero que procede a todo suicidio. Crucemos los dedos. No prometo nada. Pero lo repetiré porque, a lo tonto, parece que ya voy cogiendo práctica: te quiero.
Y ojalá que vos a mí.
Y ojalá que vos a mí.
domingo, 26 de agosto de 2018
Con frecuencia se habla del desamor desde la perspectiva de quien es abandonado. Pero el que se va también se lleva su pedazo de mierda. Elegir entre la persona que amás o vos es de lo más triste que te puede pasar en toda la vida. Al principio, quizá sintás un sincero alivio. Vas por la calle, sintiendo la brisa en la cara y pensás: "Por fin soy libre de todo eso". Pero el desahogo inicial, para los que pensamos nuestros sentimientos, lentamente se revela engañoso y efímero. La ausencia de quien una vez quisiste pronto se llena de algo que no sabés muy bien qué es. Reproche, culpa, enfado, pésimos noticieros, agua estancada, vidrios rotos. Esto se va haciendo más y más gigantesco —tal es el tamaño de la ausencia— hasta adueñarse de todo cuanto sos. Y caminás por la calle, sintiendo el viento helado en la cara y al final acabás sentado en un banquito, mirando a un lado y a otro, mientras comprendés una de las lecciones más importantes de esta vida: cuando ya creés que pasó todo, en realidad te queda absolutamente todo por hacer.
martes, 6 de marzo de 2018
Te va a pasar algo. Cualquier cosa: la muerte de tu gato, perder ése puesto de trabajo que tenés de hace años, el enésimo romance fallido.
Entonces, como una flor doblegada por el viento helado, te vas a replegar sobre vos mismo y vas a pensar: nunca, nunca más.
La duración del proceso es variable. Los psicólogos difieren en sus estimaciones, pero podemos aventurar que pasarás una puta eternidad sumido en la más profunda y despiadada apatía. El truco es el siguiente: considerálo como una imprescindible estrategia de supervivencia. Tomáte tu tiempo. Poné el teléfono en modo avión. Comé pizzas congeladas a todas horas. No te vistás, no te peinés, no te duchés.
Para qué: ya no hay nadie alrededor.
Y si todavía queda alguien, lo vas a percibir como una existencia difusa, un espejismo que respira, una presencia bienintencionada, en el mejor de los casos, que trata de proporcionarte consejo, alivio y, en ocasiones, sugerencias cinematográficas y un poquito de pastel de zanahoria.
Pero un buen día te va a mirar y se va encoger de hombros.
Después, se ve a marchar.
Es bien sabido que ver a un triste enfada. Imaginá, por tanto, el mal plan que se te va a poner, a solas con vos mismo, refugiado durante toda una eternidad en el orgullo del sufrimiento. Ordená la cama de mala gana, cagáte en Dios, da portazos, deseá la muerte de toda la gente feliz que sale por la televisión, planeá con detalle tu suicidio, fantaseá con genocidios y autolesiones, cargáte, en el transcurso de una noche oscura del alma particularmente jodida, el microondas de un sólo golpe.
Oh, mierda, cómo voy a recalentar ahora la pizza, pensá.
Entonces llorá. Vamos, es el momento, no te cortés, llorá sin mesura, consideración ni respeto por los vecinos. Sentí la irrefrenable necesidad de llorar mientras en tus tripas cristaliza, como un ópalo negro, la certeza de que ya no quedan caminos posibles, esperanzas que alimentar, puertas a las que llamar.
Imaginá qué bonito sería si alguien apareciera en este mismo instante con una palabra de aliento y un montón de pastel de zanahoria.
Llorá todavía más.
Perdé poco a poco la noción de la realidad y del tiempo y despertá, de pronto, en la cama con un hilo de baba precipitándose sobre la almohada y los pantalones puestos.
No, en serio, seguro algo habrá que hacer para salir de esto. Contemplálo como una sencilla cuestión económica, una relación entre recursos y propósitos. La cosa de momento no da para mucho. Laváte los dientes. Hacé tus necesidades. Miráte al espejo de reojo.
En fin, poco a poco.
A partir de ahora, no dejés de sorprenderte con cada pequeño avance. Es hora de recordar y utilizar todas las premisas extraídas de la ciencia del coaching. Caerse es comprensible, pero levantarse es obligatorio. Escuchá a tu voz interior. Descubríte a vos mismo. Mantenéte en el centro del círculo y dejá que todo gire. Nunca entendiste muy bien qué putas quiere decir eso. Pero qué importa.
Primero un pie y luego el otro. Quizá sea hora de visitar de nuevo al peluquero, decidís, mientras en tu interior percibís un vago pero creciente apetito social. Por medio de un ímprobo esfuerzo, descolgá tu teléfono y llamá a quién sea. Por ejemplo: a cualquier compañero relajado y abiertamente expuesto a la influencia ajena que hayas podido conocer últimamente en el trabajo. O a ese amigo que acaba de regresar de Estados Unidis y se trajo una novia altísima y pelirroja. Revisá las redes sociales, ponéte al día de las últimas novedades. Llamá a tu agarre de los dieciocho años, ése con quien aprendiste que hay caricias que calan la piel y los huesos y se llevan para siempre en el alma. Ahora resulta que trabaja como cooperante en una empresa. Da igual: llamá a su hermana. Llamá a los broderes del barrio. Llamá al psicólogo, pero no te preocupés porque una recaída la tiene cualquiera. Llamá a tu amiga drogadicta. Llamá a tu profesor de guitarra eléctrica.
Empezá a acudir a conciertos, estrenos teatrales, rifas benéficas. Te hará bien descubrir que la gente ha reparado en tu ausencia y ahora te saludan con una sonrisa y una copa y todo tipo de comentarios amables. No obstante, todo el mundo ignorará por lo que pasaste, nadie hará una mención explícita, el asunto flotará en el aire como un vaporoso paréntesis mientras a tu alrededor todo el mundo continúa charlando sobre el problema nacionalista.
Vas a respirar aliviado e incluso lo vas a tomar como una muestra de consideración.
Pero al volver a casa, te vas a sentir completamente vacío.
Y así van a transcurrir tus días. Vas a comenzar a cerrar círculos. Poco a poco, primero un trauma y luego el otro. Al cabo de unos meses, vas acariciar la esperanza de que esto te ha hecho crecer como persona, que pronto vas a ser más fuerte y decidido y compasivo con tus semejantes.
Aunque en el fondo comprendés que ese ópalo negro sigue clavado en tu pecho y que nada volverá a ser como antes.
Aunque en el fondo sabés que en tu interior sólo hay mierda.
Pero vas a aprender a vivir con ello y al poco vas a recuperar la risa y, con ella, el sentido irónico de la vida. Vas a observar el paso de la gente a través del ventanal de una cafetería, mientras hacés pedacitos de papel con los resto del sobre de azúcar y pensarás a ritmo de blues: lo siento por todos ustedes.
El olvido hará su parte. La distancia ayuda.
Vas a escribir una novela, pero nadie querrá publicarla.
La verdad: te va a dar igual.
Por cierto, a la del pastel del zanahoria te la vas a encontrar de nuevo. No te lo vas a esperar para nada. Pero ella te va a sonreír, bastante cambiada y te va a contar que superó una hepatitis y ahora tiene un hijo y ha que participó recientemente en dos competiciones regionales de crossfit.
Vaya, vas a decir, mientras te rascás la cabeza.
Me alegro de verte de nuevo, responderá, con un poso de amargura.
Jamás se volverán a encontrar.
Y no sé qué más decirte, porque sí, la tormenta ha paró y ahora el horizonte está en calma y —¿podés creerlo?— últimamente incluso me miro de frente al espejo y pienso que todo eso ha de tener un significado.
Aunque tengo que confesarte —y esto es lo que me inquieta— que no sé qué hay más allá. Sospecho que el proceso sigue avanzando como un tren en plena noche y a veces ni siquiera soy capaz de adivinar dónde estoy, si al principio o al final, como si estos dos términos tuvieran ya algún sentido, como si quedara todavía algo significativo y valioso por lo que luchar.
Pero va a suceder algo. Cualquier cosa: terremotos, cristales rotos, una inesperada invitación al amor.
Debemos confiar en ello. No nos queda otra. Sucederán cosas.
Y volveremos a sentir.
Entonces, como una flor doblegada por el viento helado, te vas a replegar sobre vos mismo y vas a pensar: nunca, nunca más.
La duración del proceso es variable. Los psicólogos difieren en sus estimaciones, pero podemos aventurar que pasarás una puta eternidad sumido en la más profunda y despiadada apatía. El truco es el siguiente: considerálo como una imprescindible estrategia de supervivencia. Tomáte tu tiempo. Poné el teléfono en modo avión. Comé pizzas congeladas a todas horas. No te vistás, no te peinés, no te duchés.
Para qué: ya no hay nadie alrededor.
Y si todavía queda alguien, lo vas a percibir como una existencia difusa, un espejismo que respira, una presencia bienintencionada, en el mejor de los casos, que trata de proporcionarte consejo, alivio y, en ocasiones, sugerencias cinematográficas y un poquito de pastel de zanahoria.
Pero un buen día te va a mirar y se va encoger de hombros.
Después, se ve a marchar.
Es bien sabido que ver a un triste enfada. Imaginá, por tanto, el mal plan que se te va a poner, a solas con vos mismo, refugiado durante toda una eternidad en el orgullo del sufrimiento. Ordená la cama de mala gana, cagáte en Dios, da portazos, deseá la muerte de toda la gente feliz que sale por la televisión, planeá con detalle tu suicidio, fantaseá con genocidios y autolesiones, cargáte, en el transcurso de una noche oscura del alma particularmente jodida, el microondas de un sólo golpe.
Oh, mierda, cómo voy a recalentar ahora la pizza, pensá.
Entonces llorá. Vamos, es el momento, no te cortés, llorá sin mesura, consideración ni respeto por los vecinos. Sentí la irrefrenable necesidad de llorar mientras en tus tripas cristaliza, como un ópalo negro, la certeza de que ya no quedan caminos posibles, esperanzas que alimentar, puertas a las que llamar.
Imaginá qué bonito sería si alguien apareciera en este mismo instante con una palabra de aliento y un montón de pastel de zanahoria.
Llorá todavía más.
Perdé poco a poco la noción de la realidad y del tiempo y despertá, de pronto, en la cama con un hilo de baba precipitándose sobre la almohada y los pantalones puestos.
No, en serio, seguro algo habrá que hacer para salir de esto. Contemplálo como una sencilla cuestión económica, una relación entre recursos y propósitos. La cosa de momento no da para mucho. Laváte los dientes. Hacé tus necesidades. Miráte al espejo de reojo.
En fin, poco a poco.
A partir de ahora, no dejés de sorprenderte con cada pequeño avance. Es hora de recordar y utilizar todas las premisas extraídas de la ciencia del coaching. Caerse es comprensible, pero levantarse es obligatorio. Escuchá a tu voz interior. Descubríte a vos mismo. Mantenéte en el centro del círculo y dejá que todo gire. Nunca entendiste muy bien qué putas quiere decir eso. Pero qué importa.
Primero un pie y luego el otro. Quizá sea hora de visitar de nuevo al peluquero, decidís, mientras en tu interior percibís un vago pero creciente apetito social. Por medio de un ímprobo esfuerzo, descolgá tu teléfono y llamá a quién sea. Por ejemplo: a cualquier compañero relajado y abiertamente expuesto a la influencia ajena que hayas podido conocer últimamente en el trabajo. O a ese amigo que acaba de regresar de Estados Unidis y se trajo una novia altísima y pelirroja. Revisá las redes sociales, ponéte al día de las últimas novedades. Llamá a tu agarre de los dieciocho años, ése con quien aprendiste que hay caricias que calan la piel y los huesos y se llevan para siempre en el alma. Ahora resulta que trabaja como cooperante en una empresa. Da igual: llamá a su hermana. Llamá a los broderes del barrio. Llamá al psicólogo, pero no te preocupés porque una recaída la tiene cualquiera. Llamá a tu amiga drogadicta. Llamá a tu profesor de guitarra eléctrica.
Empezá a acudir a conciertos, estrenos teatrales, rifas benéficas. Te hará bien descubrir que la gente ha reparado en tu ausencia y ahora te saludan con una sonrisa y una copa y todo tipo de comentarios amables. No obstante, todo el mundo ignorará por lo que pasaste, nadie hará una mención explícita, el asunto flotará en el aire como un vaporoso paréntesis mientras a tu alrededor todo el mundo continúa charlando sobre el problema nacionalista.
Vas a respirar aliviado e incluso lo vas a tomar como una muestra de consideración.
Pero al volver a casa, te vas a sentir completamente vacío.
Y así van a transcurrir tus días. Vas a comenzar a cerrar círculos. Poco a poco, primero un trauma y luego el otro. Al cabo de unos meses, vas acariciar la esperanza de que esto te ha hecho crecer como persona, que pronto vas a ser más fuerte y decidido y compasivo con tus semejantes.
Aunque en el fondo comprendés que ese ópalo negro sigue clavado en tu pecho y que nada volverá a ser como antes.
Aunque en el fondo sabés que en tu interior sólo hay mierda.
Pero vas a aprender a vivir con ello y al poco vas a recuperar la risa y, con ella, el sentido irónico de la vida. Vas a observar el paso de la gente a través del ventanal de una cafetería, mientras hacés pedacitos de papel con los resto del sobre de azúcar y pensarás a ritmo de blues: lo siento por todos ustedes.
El olvido hará su parte. La distancia ayuda.
Vas a escribir una novela, pero nadie querrá publicarla.
La verdad: te va a dar igual.
Por cierto, a la del pastel del zanahoria te la vas a encontrar de nuevo. No te lo vas a esperar para nada. Pero ella te va a sonreír, bastante cambiada y te va a contar que superó una hepatitis y ahora tiene un hijo y ha que participó recientemente en dos competiciones regionales de crossfit.
Vaya, vas a decir, mientras te rascás la cabeza.
Me alegro de verte de nuevo, responderá, con un poso de amargura.
Jamás se volverán a encontrar.
Y no sé qué más decirte, porque sí, la tormenta ha paró y ahora el horizonte está en calma y —¿podés creerlo?— últimamente incluso me miro de frente al espejo y pienso que todo eso ha de tener un significado.
Aunque tengo que confesarte —y esto es lo que me inquieta— que no sé qué hay más allá. Sospecho que el proceso sigue avanzando como un tren en plena noche y a veces ni siquiera soy capaz de adivinar dónde estoy, si al principio o al final, como si estos dos términos tuvieran ya algún sentido, como si quedara todavía algo significativo y valioso por lo que luchar.
Pero va a suceder algo. Cualquier cosa: terremotos, cristales rotos, una inesperada invitación al amor.
Debemos confiar en ello. No nos queda otra. Sucederán cosas.
Y volveremos a sentir.
jueves, 22 de febrero de 2018
Se me acaba de ocurrir que, en una contribución sin par al devenir humano, estaría bien clasificar a algunas de mis parejas sexuales según diferentes estilos de la Historia del Arte. Lo cierto es que pasé buen rato pensando el asunto y, sorprendentemente, muchas acaban encajando en alguno. Como soy un hombre discreto, no voy a detallar aquí nombres y apellidos. En lugar de eso, expondré las conclusiones a las que he llegado a lo largo de mi vida sexual, que empezó a los seis años.
Clásico.
Antes de nada, no existe un estilo clásico de coger. Al menos, en la vida corriente. Este estilo vive en el limbo de la memoria colectiva como la forma ortodoxa, higiénica y armónica de coger. Es una referencia, un manual al que siempre podés volver cuando te perdás. Está muy bien conocerlo y, por ese mismo motivo, todas las asignaturas de las carreras de letras empiezan por los griegos, es algo que tenés que saber antes de lanzarte más allá. Es como un respetuoso y ritualizado tributo previo a meterse en harina de verdad. Por lo demás, nunca he conocido a nadie que coja clásico. Ni tampoco normal.
Renacentista.
En mi opinión, es por el que todos empezamos. Respetamos los cánones y procuramos perfeccionarlos, siempre atentos a la valoración de algún maestro que ha repetido la asignatura y sabe del tema. Se trata de la celebración del cuerpo humano joven y bello, del placer por el placer, del experimentar con perspectivas distintas de la misma cosa, eso sí, sin salirnos demasiado del cuadro general. Lo típico es que, en este estadio, tu fantasía sea hacerlo en una playa o en el campo, lo de la arena que se te mete por el culo es algo con lo que no contabas y te lleva, posteriormente, a buscar nuevas formas de expresión.
Medieval.
Dificilísimo de encontrar, injustamente menospreciado, un placer incomparable, sólo reservado al paciente erudito de coger. En síntesis, hay que recordar que aquí Dios es el centro del universo, y tu polvo también gira, por razones geométricas evidentes, alrededor de él. Es el momento de abrir los ojos como platos, gemir con un gesto compungido y mirar bien alto, hacia los cielos, en señal de gratitud. Si sos ateo da lo mismo, ponéle un poco de imaginación y ya está. Lo malo es la perspectiva frontal, que acaba cansando un poco, pero bueno, se compensa con un simbolismo bastante variado y, en ocasiones, inquietante. Hay que añadir que un subgénero de éste es el amor cortés, una de las coartadas más bonitas que hemos inventado los seres humanos para reproducirnos.
Primitivo.
Esto no es un estilo, son los genes. Poco más que añadir aquí.
Barroco.
Este estilo tiene un doble filo, su gusto por el detalle puede ser tan acertado como funesto. Es que, a ver, estás ahí, totalmente entregado, todo chill, pero tampoco estaría mal que se fijasen en el resto de tu cuerpo. Acabás sintiéndote como un hombre hombre-objeto, un hombre-cúpula, un hombre-abortante, un hombre-aguja, siempre una cosa a la vez y pulida sistemáticamente hasta el extremo. En cualquier caso, todos queremos eso en algún momento de nuestras vidas y, puta, para eso no hay nada como el estilo barroco. A su favor, hay que decir que siempre todo es muy intenso, como si no hubiera mañana, por aquello del tempus fugit, creo.
Eso sí, huí del churrigueresco, es demasiado para cualquiera.
Romántico.
¿Cómo resumir éste estilo de coger? Es que en este cabe de todo. Violentas tormentas, estremecedores acantilados, una pequeña muerte detrás de otra hasta alcanzar ese punto en el que el sufrimiento se convierte en algo bonito. Yo creo que éste es el origen de todas las parafilias, incluido el propio romanticismo. Hay que tener en cuenta que, detrás de todo ello, se esconde ya un amplio legado de siglos de Historia del Arte de Coger. No tenés que dejarte engañar, ése apasionamiento está sustentado por técnicas muy refinadas, apenas perceptibles, que al final es lo que le da gracia. Precisamente, lo peor que te puede pasar con este estilo es que se te vea demasiado la técnica cuando estás montando el numerito, queda realmente mal y te sentís como el actor al que el director corta en mitad de una escena, con todo el mundo mirando.
Neoclásico.
Es el estilo al que volvés cuando recordás, con miedo, lo que sucedió en el baño de aquel after el día anterior y no querés que la cosa se te siga yendo de las manos. Es una etapa más, que pasa sin pena ni gloria, meramente depurativa. Al final, siempre estás un tiempo con él y luego volvés a lo del after.
Vanguardista.
Es un estilo que habla a través de sus subgéneros, ya conocidos por todos: sadomasoquismo, fetichismo, vouyerismo, exhibicionismo, eso del naïf y sus derivados; minimalismo, bestialismo, impresionismo (demasiado fugaz, muchas veces), orientalismo, bukkake y el resto de cosas raras de los chinos; dadaísmo, surrealismo, futurismo (está gente coge como una auténtica locomotora), hiperrealismo, realismo sucio (de mis favoritos), conceptual (muy importante hacerlo bien desde el principio, o si no ya no hay nada que hacer), premenstrual, postmenstrual, postmoderno (aquí se vale todo), vintage (apreciable, pero sigo prefiriendo un buen medieval). Y, en fin, cualquier cosa que te querrás inventar y plantarle un sábado por la noche a tu pareja, eso es la vanguardia.
Ah, y el underground. En el que lo más importante... es saberse reír de uno mismo. Ya saben a lo que me refiero.
Clásico.
Antes de nada, no existe un estilo clásico de coger. Al menos, en la vida corriente. Este estilo vive en el limbo de la memoria colectiva como la forma ortodoxa, higiénica y armónica de coger. Es una referencia, un manual al que siempre podés volver cuando te perdás. Está muy bien conocerlo y, por ese mismo motivo, todas las asignaturas de las carreras de letras empiezan por los griegos, es algo que tenés que saber antes de lanzarte más allá. Es como un respetuoso y ritualizado tributo previo a meterse en harina de verdad. Por lo demás, nunca he conocido a nadie que coja clásico. Ni tampoco normal.
Renacentista.
En mi opinión, es por el que todos empezamos. Respetamos los cánones y procuramos perfeccionarlos, siempre atentos a la valoración de algún maestro que ha repetido la asignatura y sabe del tema. Se trata de la celebración del cuerpo humano joven y bello, del placer por el placer, del experimentar con perspectivas distintas de la misma cosa, eso sí, sin salirnos demasiado del cuadro general. Lo típico es que, en este estadio, tu fantasía sea hacerlo en una playa o en el campo, lo de la arena que se te mete por el culo es algo con lo que no contabas y te lleva, posteriormente, a buscar nuevas formas de expresión.
Medieval.
Dificilísimo de encontrar, injustamente menospreciado, un placer incomparable, sólo reservado al paciente erudito de coger. En síntesis, hay que recordar que aquí Dios es el centro del universo, y tu polvo también gira, por razones geométricas evidentes, alrededor de él. Es el momento de abrir los ojos como platos, gemir con un gesto compungido y mirar bien alto, hacia los cielos, en señal de gratitud. Si sos ateo da lo mismo, ponéle un poco de imaginación y ya está. Lo malo es la perspectiva frontal, que acaba cansando un poco, pero bueno, se compensa con un simbolismo bastante variado y, en ocasiones, inquietante. Hay que añadir que un subgénero de éste es el amor cortés, una de las coartadas más bonitas que hemos inventado los seres humanos para reproducirnos.
Primitivo.
Esto no es un estilo, son los genes. Poco más que añadir aquí.
Barroco.
Este estilo tiene un doble filo, su gusto por el detalle puede ser tan acertado como funesto. Es que, a ver, estás ahí, totalmente entregado, todo chill, pero tampoco estaría mal que se fijasen en el resto de tu cuerpo. Acabás sintiéndote como un hombre hombre-objeto, un hombre-cúpula, un hombre-abortante, un hombre-aguja, siempre una cosa a la vez y pulida sistemáticamente hasta el extremo. En cualquier caso, todos queremos eso en algún momento de nuestras vidas y, puta, para eso no hay nada como el estilo barroco. A su favor, hay que decir que siempre todo es muy intenso, como si no hubiera mañana, por aquello del tempus fugit, creo.
Eso sí, huí del churrigueresco, es demasiado para cualquiera.
Romántico.
¿Cómo resumir éste estilo de coger? Es que en este cabe de todo. Violentas tormentas, estremecedores acantilados, una pequeña muerte detrás de otra hasta alcanzar ese punto en el que el sufrimiento se convierte en algo bonito. Yo creo que éste es el origen de todas las parafilias, incluido el propio romanticismo. Hay que tener en cuenta que, detrás de todo ello, se esconde ya un amplio legado de siglos de Historia del Arte de Coger. No tenés que dejarte engañar, ése apasionamiento está sustentado por técnicas muy refinadas, apenas perceptibles, que al final es lo que le da gracia. Precisamente, lo peor que te puede pasar con este estilo es que se te vea demasiado la técnica cuando estás montando el numerito, queda realmente mal y te sentís como el actor al que el director corta en mitad de una escena, con todo el mundo mirando.
Neoclásico.
Es el estilo al que volvés cuando recordás, con miedo, lo que sucedió en el baño de aquel after el día anterior y no querés que la cosa se te siga yendo de las manos. Es una etapa más, que pasa sin pena ni gloria, meramente depurativa. Al final, siempre estás un tiempo con él y luego volvés a lo del after.
Vanguardista.
Es un estilo que habla a través de sus subgéneros, ya conocidos por todos: sadomasoquismo, fetichismo, vouyerismo, exhibicionismo, eso del naïf y sus derivados; minimalismo, bestialismo, impresionismo (demasiado fugaz, muchas veces), orientalismo, bukkake y el resto de cosas raras de los chinos; dadaísmo, surrealismo, futurismo (está gente coge como una auténtica locomotora), hiperrealismo, realismo sucio (de mis favoritos), conceptual (muy importante hacerlo bien desde el principio, o si no ya no hay nada que hacer), premenstrual, postmenstrual, postmoderno (aquí se vale todo), vintage (apreciable, pero sigo prefiriendo un buen medieval). Y, en fin, cualquier cosa que te querrás inventar y plantarle un sábado por la noche a tu pareja, eso es la vanguardia.
Ah, y el underground. En el que lo más importante... es saberse reír de uno mismo. Ya saben a lo que me refiero.
martes, 19 de septiembre de 2017
No sé si les conté alguna vez que cada noche me tomo mínimo cuatro cervezas, cervezas previamente compradas en cualquier supermercado o cantina. Y que si algún día no tengo porque se me olvidó comprar, me enojo.
Mucho, mucho la verdad.
Y bueno, esta noche el asunto se me salió de las manos. Resulta que voy a ver un partido de football americano, me puse ropa muy cómoda, arreglé el sofá y, al abrir el refrigerador, el destino me hizo una jugada muy cruel y despiadada; sólo quedaba una cerveza.
Y encima estaba caliente.
La verdad: enfurecí inmediatamente. Una tormenta de sed, resentimiento y neurotransmisores se apoderó de mi cerebro y lanzó el sofá contra la centro de entretenimiento. Me sentía fuera de mí. Intentaba respirar, reflexionar, seguir los cinco pasos esos del duelo y la aceptación. Pero ni verga, ya había perdido por completo el control de la película.
Salí como un rayo de mi casa y toqué la puerta de la vecina, jadeante. Tuve que insistir bastante, pero al rato apareció y me miró desconcertada desde el porche:
-¿Le puedo ayudar en algo?
-Hola. Buenas noches. Yo la verdad es que venía a preguntarle si usted tiene tres cervezas.
Se encogió de hombros, enojada.
-¿Cómo? Acaso tengo cantina. ¿Se puede saber qué jod
Ni tiempo le dí de terminar. Con un felino y furioso movimiento, me coloqué detrás de ella, saqué un cuchillo (de esos que cortan jamón) y se lo puse en el cuello.
-Escuche -le dije. Yo en realidad sólo quería tres cervezas. Me tomo cuatro cervezas todas las noches. Tengo una, sólo necesito tres más. Si están calientes, da igual. ¿Comprende? Tres cervezas. Para terminar mi noche.
La pobre me miró con estupefacción y, al instante, se desmayó en mis brazos. Yo apenas podía pensar con claridad, pero decidí que la mejor idea era arrastrar su cuerpo por toda la calle y llevarla a mi casa. Tal vez, cuando se recompusiera, podría explicárselo mejor. Al fin y al cabo, yo estaba consumido por la ira y la desesperación. Más tarde, pensé. Más tarde se lo explicaré otra vez.
-Oiga, ¿se puede saber qué está haciendo con esa mujer?
Me giré: era un hombre que salía en ese mismo instante a pasear el perro, imagino. Iba vestido con un suéter polar y una gorra de los Yankees. A pesar del frío, llevaba pantalón corto, calcetines blancos y unas chinelas.
Yo dije: bueno, a éste lo mato directamente y ya está.
De modo que, con un certero golpe de mi cuchillo (ése del jamón que les conté), le saqué las tripas al hombre.
El perro me miró bien raro, pero le di un par de golpes en la cabeza y le dije: andá, ahora sos libre, volvé a la naturaleza.
Y bueno, se puso muy contento.
Tardé un buen rato en llegar a casa. Mis energías comenzaban a cuadrear. Abrí la puerta como pude y metí dentro a la vecina y al hombre. Pesaban demasiado, así que acabé lanzándolos sobre una alfombra.
-Amor, ¿qué es todo eso?
Era mi mujer.
-Mi amor -le repliqué-, ¿vos sabés si quedan otras tres cervezas?
-No, te las bebiste todas anoche. Y seguro olvidaste comprar.
-¿Pero vos no tenés ahí algunas de reserva, no sé, en ése montón de cosas que siempre guardás?
-La verdad, no sé.
Bostezó y se agarró un poco el pelo.
-Por otra parte -continuó- el televisor está ardiendo porque le tiraste el sofá. Hay helicópteros sobrevolando la casa y no sé quiénes son ni qué hacen en mi sala esas dos personas. ¿Te podés encargar de todo esto mientras yo cambio a la niña?
Me sentí jodidamente acorralado. Corrí hacia la cocina y, con la luz apagada atiné a refugiarme justo bajo al armario de los platitos de colores. Fue entonces cuando me vine abajo.
La situación y toda su gravedad comenzaban a aplastarme como una losa. Los helicópteros tronaban sobre mí. Podía escuchar los ladridos de los perros y las sirenas de policía alrededor de la casa. La vecina parecía volver en sí pero, como tampoco me pareció que dispusiéramos de un contexto propicio para retomar la conversación, le di con una olla de presión en la cabeza.
Pero subí, subí escaleras arriba, hasta la azotea. Allí pude contemplar toda la escena al completo: era tremenda. Los focos me deslumbraban desde el cielo. Las camionetas de antimotines rodeaban toda la manzana y unos tipos con boina y ametrelladora extendían una cinta de plástico alrededor del perímetro de mi casa. Pude ver varios francotiradores apostados en los adosados colindantes y vislumbrar, a los pocos segundos, un puntero láser en mi frente.
Justo bajo la azotea, un hombre con lentes y corbata portaba un megáfono. Me miró con un extraño gesto, entre el enojo y la conciliación.
-Escuche -dijo-, lo tenemos rodeado. No haga nada de lo que pueda arrepentirse. Todo puede empeorar aún más, créame. Repito: le tenemos rodeado y no podrá escapar.
-¡Me importa una mierda! -contesté.
El hombre le dio unos golpes al megáfono, que emitíó una especie de zumbido electroestático.
-¿Qué es lo que quiere? -dijo.
Y allí, en lo alto, rodeado por la policía y el ejército, diseccionado por la mirada hostil de todo el vecindario que había salido en bata para ver qué sucedía, tomé aire por un segundo y decidí jugarme el todo por el todo:
-¡QUIERO TRES CERVEZAS!
Se produjo un gran silencio.
-¡Yo tengo algunas en casa! -dijo alguien de pronto.
-¡Y yo! -gritó otro.
-¡A mí también me quedan algunas, aunque quizá le tenga que dar unas calientes! ¿No le importa? Yo es que las odio, jamás me tomo una caliente, pero bueno, ¡usted dirá!
Creo que entonces sonreí. También sentí un vago deseo de abrazar a todo el mundo. Quizá no esté todo perdido, pensé. Quizá aún pueda salvarme.
Quizá alguien pueda todavía salvarnos a todos.
Pero fue entonces cuando me dispararon. Me dispararon con todo lo que tenían. Lanzaron sobre mí sus helicópteros y sus perros. Me descuartizaron. Me hicieron trizas. Caí. Caí durante largo tiempo hasta que, finalmente, aterricé sobre el capó del Toyota Corolla negro de la vecina. Muerto.
Es que la pobre solía estacionar el carro muy mal.
Y bueno, ahora les estoy escribiendo desde el más allá.
Sí, ya sé: quieren que les cuente ahora cómo es todo esto, qué hay después de la muerte. Pero prefiero no puedo hacerlo: se llevarían un disgusto tremendo.
Aunque tampoco es que me traten mal. Aquí hay bastantes distracciones, por otra parte. También un programa completo de formación continua. E incluso un bufé libre que flota en el éter y está siempre a disposición de todos los usuarios.
¿Saben qué es lo más bonito?
Que, bueno, aquí hay cervezas.
Pero nada más.
Absolutamente nada más.
Mucho, mucho la verdad.
Y bueno, esta noche el asunto se me salió de las manos. Resulta que voy a ver un partido de football americano, me puse ropa muy cómoda, arreglé el sofá y, al abrir el refrigerador, el destino me hizo una jugada muy cruel y despiadada; sólo quedaba una cerveza.
Y encima estaba caliente.
La verdad: enfurecí inmediatamente. Una tormenta de sed, resentimiento y neurotransmisores se apoderó de mi cerebro y lanzó el sofá contra la centro de entretenimiento. Me sentía fuera de mí. Intentaba respirar, reflexionar, seguir los cinco pasos esos del duelo y la aceptación. Pero ni verga, ya había perdido por completo el control de la película.
Salí como un rayo de mi casa y toqué la puerta de la vecina, jadeante. Tuve que insistir bastante, pero al rato apareció y me miró desconcertada desde el porche:
-¿Le puedo ayudar en algo?
-Hola. Buenas noches. Yo la verdad es que venía a preguntarle si usted tiene tres cervezas.
Se encogió de hombros, enojada.
-¿Cómo? Acaso tengo cantina. ¿Se puede saber qué jod
Ni tiempo le dí de terminar. Con un felino y furioso movimiento, me coloqué detrás de ella, saqué un cuchillo (de esos que cortan jamón) y se lo puse en el cuello.
-Escuche -le dije. Yo en realidad sólo quería tres cervezas. Me tomo cuatro cervezas todas las noches. Tengo una, sólo necesito tres más. Si están calientes, da igual. ¿Comprende? Tres cervezas. Para terminar mi noche.
La pobre me miró con estupefacción y, al instante, se desmayó en mis brazos. Yo apenas podía pensar con claridad, pero decidí que la mejor idea era arrastrar su cuerpo por toda la calle y llevarla a mi casa. Tal vez, cuando se recompusiera, podría explicárselo mejor. Al fin y al cabo, yo estaba consumido por la ira y la desesperación. Más tarde, pensé. Más tarde se lo explicaré otra vez.
-Oiga, ¿se puede saber qué está haciendo con esa mujer?
Me giré: era un hombre que salía en ese mismo instante a pasear el perro, imagino. Iba vestido con un suéter polar y una gorra de los Yankees. A pesar del frío, llevaba pantalón corto, calcetines blancos y unas chinelas.
Yo dije: bueno, a éste lo mato directamente y ya está.
De modo que, con un certero golpe de mi cuchillo (ése del jamón que les conté), le saqué las tripas al hombre.
El perro me miró bien raro, pero le di un par de golpes en la cabeza y le dije: andá, ahora sos libre, volvé a la naturaleza.
Y bueno, se puso muy contento.
Tardé un buen rato en llegar a casa. Mis energías comenzaban a cuadrear. Abrí la puerta como pude y metí dentro a la vecina y al hombre. Pesaban demasiado, así que acabé lanzándolos sobre una alfombra.
-Amor, ¿qué es todo eso?
Era mi mujer.
-Mi amor -le repliqué-, ¿vos sabés si quedan otras tres cervezas?
-No, te las bebiste todas anoche. Y seguro olvidaste comprar.
-¿Pero vos no tenés ahí algunas de reserva, no sé, en ése montón de cosas que siempre guardás?
-La verdad, no sé.
Bostezó y se agarró un poco el pelo.
-Por otra parte -continuó- el televisor está ardiendo porque le tiraste el sofá. Hay helicópteros sobrevolando la casa y no sé quiénes son ni qué hacen en mi sala esas dos personas. ¿Te podés encargar de todo esto mientras yo cambio a la niña?
Me sentí jodidamente acorralado. Corrí hacia la cocina y, con la luz apagada atiné a refugiarme justo bajo al armario de los platitos de colores. Fue entonces cuando me vine abajo.
La situación y toda su gravedad comenzaban a aplastarme como una losa. Los helicópteros tronaban sobre mí. Podía escuchar los ladridos de los perros y las sirenas de policía alrededor de la casa. La vecina parecía volver en sí pero, como tampoco me pareció que dispusiéramos de un contexto propicio para retomar la conversación, le di con una olla de presión en la cabeza.
Pero subí, subí escaleras arriba, hasta la azotea. Allí pude contemplar toda la escena al completo: era tremenda. Los focos me deslumbraban desde el cielo. Las camionetas de antimotines rodeaban toda la manzana y unos tipos con boina y ametrelladora extendían una cinta de plástico alrededor del perímetro de mi casa. Pude ver varios francotiradores apostados en los adosados colindantes y vislumbrar, a los pocos segundos, un puntero láser en mi frente.
Justo bajo la azotea, un hombre con lentes y corbata portaba un megáfono. Me miró con un extraño gesto, entre el enojo y la conciliación.
-Escuche -dijo-, lo tenemos rodeado. No haga nada de lo que pueda arrepentirse. Todo puede empeorar aún más, créame. Repito: le tenemos rodeado y no podrá escapar.
-¡Me importa una mierda! -contesté.
El hombre le dio unos golpes al megáfono, que emitíó una especie de zumbido electroestático.
-¿Qué es lo que quiere? -dijo.
Y allí, en lo alto, rodeado por la policía y el ejército, diseccionado por la mirada hostil de todo el vecindario que había salido en bata para ver qué sucedía, tomé aire por un segundo y decidí jugarme el todo por el todo:
-¡QUIERO TRES CERVEZAS!
Se produjo un gran silencio.
-¡Yo tengo algunas en casa! -dijo alguien de pronto.
-¡Y yo! -gritó otro.
-¡A mí también me quedan algunas, aunque quizá le tenga que dar unas calientes! ¿No le importa? Yo es que las odio, jamás me tomo una caliente, pero bueno, ¡usted dirá!
Creo que entonces sonreí. También sentí un vago deseo de abrazar a todo el mundo. Quizá no esté todo perdido, pensé. Quizá aún pueda salvarme.
Quizá alguien pueda todavía salvarnos a todos.
Pero fue entonces cuando me dispararon. Me dispararon con todo lo que tenían. Lanzaron sobre mí sus helicópteros y sus perros. Me descuartizaron. Me hicieron trizas. Caí. Caí durante largo tiempo hasta que, finalmente, aterricé sobre el capó del Toyota Corolla negro de la vecina. Muerto.
Es que la pobre solía estacionar el carro muy mal.
Y bueno, ahora les estoy escribiendo desde el más allá.
Sí, ya sé: quieren que les cuente ahora cómo es todo esto, qué hay después de la muerte. Pero prefiero no puedo hacerlo: se llevarían un disgusto tremendo.
Aunque tampoco es que me traten mal. Aquí hay bastantes distracciones, por otra parte. También un programa completo de formación continua. E incluso un bufé libre que flota en el éter y está siempre a disposición de todos los usuarios.
¿Saben qué es lo más bonito?
Que, bueno, aquí hay cervezas.
Pero nada más.
Absolutamente nada más.
lunes, 4 de septiembre de 2017
La contemplé por un segundo en su erguida, orgullosa y acorazada fragilidad. Su pecho se agitaba y aguardaba una respuesta. La certeza crecía inexorable en mi corazón: no nos amábamos. Lo nuestro sólo era una mimada y bonita relación tóxica, un idilio por dependencia, una de esas proyecciones autodestructivas que pasan una sola vez en la vida. Pero no era amor. El amor debía de ser otra cosa: un sentimiento equitativo, una serena certeza del otro, follar de un modo más empático y gimnástico, tenerse en cuenta, reducir la ansiedad, acompañarse de la mano a las citas médicas. Y no aquel interminable juego de espejos e ilusiones, adivinanza y psicología inversa, esconderse y desearse, la dolorosa erótica del desplante que impregnaba cada idiosincrasia de nuestra relación. No, aquello no podía ser amor.
Entonces yo dije:
-Te quiero.
Entonces yo dije:
-Te quiero.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)