domingo, 4 de diciembre de 2016

No sé hasta qué punto nos damos cuenta de que todo puede ser dicho. Es más: que todo debería ser dicho, prescindiendo del decoro y las ordenanzas de tu vida, las convicciones y esos inexpugnables muros que levantamos frente al otro a modo de mecanismos defensivos.

Pues yo digo: que le jodan a los muros de piedra. Que le jodan a las cartas pastorales. Todo, absolutamente todo debería ser dicho hasta que, un buen día, quizá nos encojamos de hombros y, mirándonos de reojo, nos demos cuenta de que ya no queda nada más por decir.

Para decir que ya no nos queda nada que decir, necesariamente, hay que decir algo. Pero nah: sólo será otro charquito por cruzar. Y siempre hacia adelante contra viento y marea. Sin dejar de decir las cosas que aún nos quedarán por decir. Contra todo y contra todos. Porque nos da la puta gana. Porque podemos decirlas. Porque tenemos ojos, lengua y piel. Porque, en el momento en que comencemos a callar, también dejaremos de existir. Porque merece la pena. Por amor al arte. Por probar.

Eso es: probemos a decir todo lo posible.

Y a ver qué pasa.

Al fin y al cabo, las palabras sólo son eso: palabras.

El daño ya lo hacen otros.

jueves, 10 de noviembre de 2016

En realidad, lo peor de todo es el olvido.

Te pasás meses, años pensando en lo desgraciada, lo miserable que era. En todo el daño que te hizo, todas las mentiras. En lo mucho que te jodía que te celará hasta de tu madre.

Pero de pronto, un día ya no es una desgraciada, ni una miserable, ni te ha hecho daño, ni te ha mentido. E incluso se puede relativizar para bien el hecho de que de vez en cuando dejara un poco de mierda en alguna parte.

Sencillamente no está. Se fue.

Y entonces vos vas a dar un largo paseo, liberado y feliz.

Pero también un poco más podrido por dentro.

Aunque aún no lo sabés.

Y eso es el olvido.

lunes, 22 de agosto de 2016

Creo que buena parte del camino se emplea en averiguar quién sos y qué deseas para vos mismo. No es sencillo. Uno debe entregarse cada día a la observación metódica del yo, de los otros, del universo entero. Sortear el ardid del estereotipo, la tentación de la complacencia. Y cuando al fin creés que entre tus manos has atesorado un precioso granito de conocimiento, ponerlo en práctica con cautela, apuntar en un cuaderno milimetrado los resultados, relativizar con blues y drogas los fracasos. Se requiere un espíritu incansable y la firme voluntad de desandar el camino cuantas veces sea necesario. Mucho ánimo a todos. Al final te morís.

martes, 16 de agosto de 2016

En realidad es sencillo: el tiempo lo destruye todo. De forma indiferente e implacable. Sin distinciones. Sin apenas darte cuenta. La primera comunión. La primera decepción. El primer instante de manos inexpertas  y muslos pubescentes bajo las luces temblorosas de un faro de la calle de tu barrio. El romance fallido. La dieta fallida. El asesinato fallido. La esperanza que, caprichosa, se coló ayer por la ventana y pellizcó tu corazón. El autobus que partió al mediodía. Los sueños rotos de la infancia. La alegría, el despecho, la nostalgia, la inocencia, el dinero que te fumaste. El profundo agujero negro en el que caerás mañana. Los días, las semanas, los meses que pasarán hasta que alguien consiga rescatarte. La agónica carencia de oxígeno, la insoportable quietud que te empuja una y otra vez a estrellarte los sesos contra la pared. Voces de alarma, sirenas de ambulancias, chalecos reflectantes. Las mentiras que dijiste. El perdón que nunca supiste pedir. La gripe.

En serio, el tiempo lo jode todo.

El tiempo es un hermoso aliado.

martes, 9 de agosto de 2016

Tenemos la posibilidad de acurrucarnos. En la almohada, en el orgullo, en el colchón inflable, en la desesperanza. Acurrucarse —reconozcámoslo— tiene sus ventajas: descansás los músculos, para evitarte explicaciones alegás una fuerte migraña y, si te aburrís, te hacés una paja. Tenemos los antidepresivos, pero los efectos del tratamiento no son perceptibles hasta al menos cuatro semanas. Tenemos la cocaína, dulce y fugaz como un suspiro, si bien tiene el inconveniente de que te pones tan intenso que tus broderes no te aguantan. Tenemos la autoindulgencia, traumas irresolubles, explicaciones perfectamente lógicas de cada una de nuestras derrotas. Tenemos un psicólogo buenísimo que además se tira el rollo y deja pagar a plazos. Y sobre todo, el valor de entender, de una vez por todas, que ya es hora de renunciar a algunos sueños. O la sabiduría de concluir: no merece la pena confiar en nadie salvo en uno mismo. Tenemos la opción de dar mil vueltas sobre la misma jodida cosa, perdernos en infinitos rodeos y ni siquiera llegar a acariciar lo que en realidad amamos; apuntarnos a otro posgrado, cultivar el cinismo, hablar con ella sin mirarla a los ojos, cambiarnos de acera, evitar los espejos, escribirlo todo en un precioso diario con candado. Tenemos tanto miedo. Y eso es todo. Supongo.
Recuerdo mi infancia como un flipe continuo frente a los aspectos más obvios de la realidad. Yo era el niño que, en lugar de marcar goles, se apenaba por el hecho de que los porteros pasaran casi todo el partido en soledad. Yo era el niño que se imaginaba el paso del verano al invierno como una lucha entre gigantes de fuego y viento. Yo era el niño que se sentaba en un borde y se preguntaba por qué tenía que vivir en su cuerpo y no podía hacerlo en el de cualquier otro. Yo era el niño que se interrogaba una y otra vez sobre el misterio del amor, cómo era posible que la gente se quisiera, qué había que hacer, cómo funcionaba, si podías apuntarte a ello como a las clases de música o informática.

Echo la vista atrás y recuerdo con benevolencia aquellos dilemas de tardes infinitas y ociosa inocencia.

Pero el caso es que sigo exactamente igual.

lunes, 18 de julio de 2016

Todo cambia cuando en tu esquema mental, en ese frágil santuario de certezas y dudas razonables que has construido a lo largo de los años entra, sin quererlo, sin llamar a la puerta, un día cualquiera, otra persona.

Es como un abrir y cerrar de ojos: cuando querés darte cuenta, allí está sentada, entre tu concepción del universo y tu metodología para ordenar por colores los calzoncillos.

Y vos la observás, mientras toma un café con magdalenas. Y te apresurás a hacer hueco y apartar todo lo que podría resultar problemático: ideologías políticas, retratos de la comunión, opiniones radicales sobre sociedad, filosofía, la paz mundial; y también la colección completa discos de Techno que te gusta sólo a vos.

No sé, por si acaso.

Ella te acariciará el hombro con gesto agradecido.

Y colocará junto al cepillo azul de dientes, que es el tuyo, otro de color verde manzana.

Te lo adelanto: siempre los confundirás.

Las mudanzas son complejas. Exigen coordinación y capacidad de maniobra. Actitud proactiva, carácter emprendedor, corazón inasequible al desaliento.

Porque el camión ya ha aparcado frente a la puerta. Y un tipo que se llamará Juan o Vladimir les preguntará, entre resoplidos, dónde hay que dejar la identidad personal, las convicciones sociológicas -son cuatro cajas- y el juego completo de té.

Todo ahí, todo ahí, vas a decir, ya lo iremos organizando luego.

Pagarás a Walter lo acordado y brindarás con vino blanco.

Esa misma noche, embriagados por el feliz desorden, harán el amor hasta el amanecer.

Brindarán otra vez.

Y día siguiente, con la fresca y un gazpacho, toca poner orden en el desaguisado.

Nada encaja, al principio.

Pero más tarde ambos comprenderán que el anarquismo asilvestrado no tiene porqué ser incompatible con el individualismo beligerante. Que las pirulas también sientan bien al compás de un Nocturno. Que la necesidad de que todo esté siempre ordenado y la tendencia a dejar colgado el sujetador del perchero da lugar a entrañables escenas de comedia de situación.

Que el jodido esquema mental, todo lo que hace que uno sea uno mismo, ese frágil santuario de certezas y dudas razonables también puede ser compartido.

Hasta que un buen día, un día cualquiera, llame a la puerta, acaso por azar, sin quererlo, otra persona.

Ya sabés: otra puta persona de mierda.

sábado, 7 de mayo de 2016

Creo que el gran problema de nuestro tiempo reside en la exigencia de respeto para ideas que no merecen respeto en absoluto.
Quiero decir: defenderé con mi vida el derecho a que una persona diga lo que le de la gana. Pero también me reservo el de pensar que es una mierda.
Ahora bien, en este punto encontramos un problema adicional: todos nosotros manejamos -legítimamente- esquemas mentales distintos a la hora de sentenciar que alguien es o no una puta mierda.
El mundo constituye, por así decirlo, una tupida red de potenciales de mierda a ojos de otros que también han de ser necesariamente mierdas por una mera cuestión probabilística.
O lo que es lo mismo: no hay salvación posible.
Pero si mi razonamiento es correcto, quizá podamos albergar todavía una tímida esperanza: salir a la ventana y gritar, por fin y a los cuatro vientos, que todos somos unos hijos de puta mierdas.
No en plan genérico y universal, sino desde la íntima personita de mierda de cada uno. Y quizás así, iniciemos una tímida pero imparable reacción en cadena que nos lleve a comprender que todos somos básicamente igual de mierdas. Que quizá no nos demos cuenta porque pasamos demasiado tiempo indicándoselo a los demás. Y que tal vez no existan las certezas más allá de nuestra propia degradación, muerte y olvido.
No sé: llamáme soñador, llamáme loco. Pero creo que las generaciones futuras sabrían apreciar semejante hito en nuestro devenir. Se escribirían intensos ensayos académicos. La televisión programaría un especial en cada aniversario. Fuegos artificiales. Sinfonías conmemorativas.
De verdad, estoy convencido de que el mundo futuro no podría sino asombrarse ante tamaño acto de arrojo y humildad por nuestra parte.
Y quizás ya no habría más guerras.
Ni discusiones sobre política o calentamiento global.
Y no sé: tal vez podríamos invertir todo ese tiempo en hacernos cosas bonitas con las manos, la lengua y los dedos de los pies.
Aunque seré sincero: tampoco puedo asegurarlo.
Sólo soy otra persona de mierda más.

viernes, 25 de marzo de 2016

Y finalmente, me dejó. No por esto o por lo otro -creo yo, para qué ponerme aquí a enumerar las penosas cotidianidades que tan sólo sirven para justificar, ante los ojos consternados de parientes y allegados, el punto y final de todo romance fallido- sino por una causa tan concreta como difícilmente explicable.

Las lágrimas corren por mis ojos.

Duermo fatal, descuido mi trabajo, se me olvidan las palabras, me descubro masturbándome a la menor oportunidad en cualquier baño público con una goma atada con triple vuelta en los huevos.

En realidad es que uno siempre ha sido algo exótico.

Eso y que, bueno: estoy tan, tan avergonzado.

Verás, ella me ha dejó.

Y resulta que me dejó por metatodo.

Joder, necesitaba confesarlo. Pero al mismo tiempo se confirma de nuevo que su reproche era sincero. Quiero decir: aquí sigo, metamasturbándome, metanecesitando, metavergozadísimo.

Es decir, en el mismo metaestado en que ella me dejó.

Y yo supongo que lo que ella quería era que la necesitara y me avergonzara de verdad. Por poner dos ejemplos, entendéme, porque esta fastidiosa tendencia se extiende a todos los órdenes de mi vida, que poco a poco comienza a ser más metavida que otra cosa.

No puedo evitarlo: la tentación de hacer las cosas única y exclusivamente para contárselas después a otro es superior a mí, se impone frente a toda motivación posible y desconcierta a mis amistades, preocupadas a ratos por lo que pudiera llegar a hacer con tal de contárselo y absolutamente indignadas, finalmente, cuando descubren que ellas también serán parte del relato que pronto contaré a otros.

Deberías intentar disfrutar sencillamente de la vida, dicen.

O por ejemplo: hasta aquí de acuerdo, pero la del lunar renacentista coronando un pubescente monte de Venus será otra, o bien tu puta madre.

Debo decir, no obstante, que con ella todo este asunto no siempre supuso un problema. Es más: hasta donde yo recuerdo, disfrutábamos meterrelacioneando durante horas, tumbados en la cama o sentados en un banquito rodeados de palomas.

Pensábamos, analizábamos, diseccionábamos con precisión milimétrica cada engranaje de nuestra relación. A ella no le habían querido y por eso no se dejaba querer. A mí me habían querido demasiado y por ese motivo jamás podría querer a nadie.

Pero allí estábamos los dos, frente a frente, amándonos por algún motivo mágico e inhaprensible que en nuestra tozuda reflexión siempre se nos quedaba entre los labios.

Metafollar, eso sí, no le enrollaba nada. Y de verdad que yo me esforzaba para no finalizar cada noche de amor con subsiguiente qué tal ha estado. Pero nada: mi necesidad de poner por escrito lo espontáneo acabó por confinar cada dimensión de nuestro afecto en uno de esos muestrarios de insectos raros y preciosos atravesados por un alfiler.

Quizá sea eso: hay cosas en la vida de las que es mejor no hablar, si es que uno pretende que sigan existiendo.

Cuando por fin me dijo adiós me di cuenta de que, verdaderamente, había herido sus sentimientos.

-No olvides escribir pronto el cuento, dijo.

Y se levantó del banquito tan bella y airada que las palomas, en lugar de volar espantadas, le cedieron cortésmente el paso.

Pero en fin: ya no puedo metaengañarne más.

La amo.

La necesito.

En serio: tan sólo deseo vivir sencillamente a su lado.

Y estoy decidido a cambiar radicalmente. Se acabó el metaquerer, el metacocinar gambas a la plancha, el metadecir lo primero que me pasa por la cabeza sólo para ver cómo se le tuerce hermosamente el gesto. Pienso romper furiosamente con esta insana costumbre, ceñirme a lo tangible, prescindir para siempre de lo imaginado.

Y quizá así, si ella me acepta, nuevamente, al arrullo de sus brazos, descubra que ciertas cosas que no es necesario comprender.

Que su piel existe y eso es suficiente.

Que de lo verdaderamente valioso no hace falta escribir ningún cuento.

Mi expiación comienza en cuanto consiga salir de este puto baño, a través de cuya puerta ya comienzo a sentir la impaciencia del resto de clientes.

Por favor, deseáme suerte.

Con ella, claro.

Pero también con el cuento.