martes, 19 de septiembre de 2017

No sé si les conté alguna vez que cada noche me tomo mínimo cuatro cervezas, cervezas previamente compradas en cualquier supermercado o cantina. Y que si algún día no tengo porque se me olvidó comprar, me enojo.

Mucho, mucho la verdad.

Y bueno, esta noche el asunto se me salió de las manos. Resulta que voy a ver un partido de football americano, me puse ropa muy cómoda, arreglé el sofá y, al abrir el refrigerador, el destino me hizo una jugada muy cruel y despiadada; sólo quedaba una cerveza.

Y encima estaba caliente.

La verdad: enfurecí inmediatamente. Una tormenta de sed, resentimiento y neurotransmisores se apoderó de mi cerebro y lanzó el sofá contra la centro de entretenimiento. Me sentía fuera de mí. Intentaba respirar, reflexionar, seguir los cinco pasos esos del duelo y la aceptación. Pero ni verga, ya había perdido por completo el control de la película.

Salí como un rayo de mi casa y toqué la puerta de la vecina, jadeante. Tuve que insistir bastante, pero al rato apareció y me miró desconcertada desde el porche:

-¿Le puedo ayudar en algo?
-Hola. Buenas noches. Yo la verdad es que venía a preguntarle si usted tiene tres cervezas.

Se encogió de hombros, enojada.

-¿Cómo? Acaso tengo cantina. ¿Se puede saber qué jod

Ni tiempo le dí de terminar. Con un felino y furioso movimiento, me coloqué detrás de ella, saqué un cuchillo (de esos que cortan jamón) y se lo puse en el cuello.

-Escuche -le dije. Yo en realidad sólo quería tres cervezas. Me tomo cuatro cervezas todas las noches. Tengo una, sólo necesito tres más. Si están calientes, da igual. ¿Comprende? Tres cervezas. Para terminar mi noche.

La pobre me miró con estupefacción y, al instante, se desmayó en mis brazos. Yo apenas podía pensar con claridad, pero decidí que la mejor idea era arrastrar su cuerpo por toda la calle y llevarla a mi casa. Tal vez, cuando se recompusiera, podría explicárselo mejor. Al fin y al cabo, yo estaba consumido por la ira y la desesperación. Más tarde, pensé. Más tarde se lo explicaré otra vez.

-Oiga, ¿se puede saber qué está haciendo con esa mujer?

Me giré: era un hombre que salía en ese mismo instante a pasear el perro, imagino. Iba vestido con un suéter polar y una gorra de los Yankees. A pesar del frío, llevaba pantalón corto, calcetines blancos y unas chinelas.

Yo dije: bueno, a éste lo mato directamente y ya está.

De modo que, con un certero golpe de mi cuchillo (ése del jamón que les conté), le saqué las tripas al hombre.

El perro me miró bien raro, pero le di un par de golpes en la cabeza y le dije: andá, ahora sos libre, volvé a la naturaleza.

Y bueno, se puso muy contento.

Tardé un buen rato en llegar a casa. Mis energías comenzaban a cuadrear. Abrí la puerta como pude y metí dentro a la vecina y al hombre. Pesaban demasiado, así que acabé lanzándolos sobre una alfombra.

-Amor, ¿qué es todo eso?

Era mi mujer.

-Mi amor -le repliqué-, ¿vos sabés si quedan otras tres cervezas?
-No, te las bebiste todas anoche. Y seguro olvidaste comprar.
-¿Pero vos no tenés ahí algunas de reserva, no sé, en ése montón de cosas que siempre guardás?
-La verdad, no sé.

Bostezó y se agarró un poco el pelo.

-Por otra parte -continuó- el televisor está ardiendo porque le tiraste el sofá. Hay helicópteros sobrevolando la casa y no sé quiénes son ni qué hacen en mi sala esas dos personas. ¿Te podés encargar de todo esto mientras yo cambio a la niña?

Me sentí jodidamente acorralado. Corrí hacia la cocina y, con la luz apagada atiné a refugiarme justo bajo al armario de los platitos de colores. Fue entonces cuando me vine abajo.

La situación y toda su gravedad comenzaban a aplastarme como una losa. Los helicópteros tronaban sobre mí. Podía escuchar los ladridos de los perros y las sirenas de policía alrededor de la casa. La vecina parecía volver en sí pero, como tampoco me pareció que dispusiéramos de un contexto propicio para retomar la conversación, le di con una olla de presión en la cabeza.

Pero subí, subí escaleras arriba, hasta la azotea. Allí pude contemplar toda la escena al completo: era tremenda. Los focos me deslumbraban desde el cielo. Las camionetas de antimotines rodeaban toda la manzana y unos tipos con boina y ametrelladora extendían una cinta de plástico alrededor del perímetro de mi casa. Pude ver varios francotiradores apostados en los adosados colindantes y vislumbrar, a los pocos segundos, un puntero láser en mi frente.

Justo bajo la azotea, un hombre con lentes y corbata portaba un megáfono. Me miró con un extraño gesto, entre el enojo y la conciliación.

-Escuche -dijo-, lo tenemos rodeado. No haga nada de lo que pueda arrepentirse. Todo puede empeorar aún más, créame. Repito: le tenemos rodeado y no podrá escapar.
-¡Me importa una mierda! -contesté.

El hombre le dio unos golpes al megáfono, que emitíó una especie de zumbido electroestático.

-¿Qué es lo que quiere? -dijo.

Y allí, en lo alto, rodeado por la policía y el ejército, diseccionado por la mirada hostil de todo el vecindario que había salido en bata para ver qué sucedía, tomé aire por un segundo y decidí jugarme el todo por el todo:

-¡QUIERO TRES CERVEZAS!

Se produjo un gran silencio.

-¡Yo tengo algunas en casa! -dijo alguien de pronto.
-¡Y yo! -gritó otro.
-¡A mí también me quedan algunas, aunque quizá le tenga que dar unas calientes! ¿No le importa? Yo es que las odio, jamás me tomo una caliente, pero bueno, ¡usted dirá!

Creo que entonces sonreí. También sentí un vago deseo de abrazar a todo el mundo. Quizá no esté todo perdido, pensé. Quizá aún pueda salvarme.

Quizá alguien pueda todavía salvarnos a todos.

Pero fue entonces cuando me dispararon. Me dispararon con todo lo que tenían. Lanzaron sobre mí sus helicópteros y sus perros. Me descuartizaron. Me hicieron trizas. Caí. Caí durante largo tiempo hasta que, finalmente, aterricé sobre el capó del Toyota Corolla negro de la vecina. Muerto.

Es que la pobre solía estacionar el carro muy mal.

Y bueno, ahora les estoy escribiendo desde el más allá.

Sí, ya sé: quieren que les cuente ahora cómo es todo esto, qué hay después de la muerte. Pero prefiero no puedo hacerlo: se llevarían un disgusto tremendo.

Aunque tampoco es que me traten mal. Aquí hay bastantes distracciones, por otra parte. También un programa completo de formación continua. E incluso un bufé libre que flota en el éter y está siempre a disposición de todos los usuarios.

¿Saben qué es lo más bonito?

Que, bueno, aquí hay cervezas.

Pero nada más.

Absolutamente nada más.

lunes, 4 de septiembre de 2017

La contemplé por un segundo en su erguida, orgullosa y acorazada fragilidad. Su pecho se agitaba y aguardaba una respuesta. La certeza crecía inexorable en mi corazón: no nos amábamos. Lo nuestro sólo era una mimada y bonita relación tóxica, un idilio por dependencia, una de esas proyecciones autodestructivas que pasan una sola vez en la vida. Pero no era amor. El amor debía de ser otra cosa: un sentimiento equitativo, una serena certeza del otro, follar de un modo más empático y gimnástico, tenerse en cuenta, reducir la ansiedad, acompañarse de la mano a las citas médicas. Y no aquel interminable juego de espejos e ilusiones, adivinanza y psicología inversa, esconderse y desearse, la dolorosa erótica del desplante que impregnaba cada idiosincrasia de nuestra relación. No, aquello no podía ser amor.
      Entonces yo dije:
          -Te quiero.