El odio es aburrido. Muy aburrido.
Y vale, lo admito: es necesario realizar un esfuerzo ímprobo para leer la prensa cada día sin dejarse llevar por el odio hacia esta auténtica panda de hijos de puta.
Pero no sé: yo creo que, cuando te entregas al resentimiento y la hostilidad, sencillamente has perdido. Tu discurso se vuelve plano. Tan sólo piensas en encontrar un resquicio en el del enemigo a través del que atacarle. Sientes la necesidad de autoafirmarte constantemente. Entras en su juego. Comienzan entonces las dudas: las disipas con más y más odio.
Resultado: te destrozas el cerebro.
Y encima te aburres mogollón.
Yo abogo, más bien, por tomar distancia, sacudirse el rencor, dar un largo paseo, observar la fotografía al completo y buscar esa tierra de nadie, ese punto a medio camino entre la rebeldía y el sarcasmo alegre y despreocupado.
Mantenerse ahí.
Y drogarse bastante, la verdad.
miércoles, 24 de abril de 2013
Algún día, que espero que no llegue nunca, las protestas se radicalizarán. La gente perderá el miedo, sencillamente porque será lo único que le quede por perder. Y habrá movidones inmensos en las calles, muy similares a los que han tenido lugar en Grecia -de los que, por cierto, una cantidad sorprendentemente grande de la población ni siquiera ha oído hablar. Los políticos saldrán en la tele y condenarán con contundencia estos sucesos. Se tomarán medidas. Habrá más violencia.
Y ese mismo día, puede que ocurra algo más. Un golpe mal dado, una pelota disparada al tumulto, una estampida de gente que trata de huir por un callejón demasiado estrecho. O quizá un policía –"un buen policía", dirá alguien después en la tele con gesto de gran pesar– siga el mismo camino que algunos de sus compañeros de Grecia y acabe rodando por el suelo, ardiendo. Y alguien se preguntará: ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Qué le pasa a la sociedad?
Entonces habrá que recordarle a muchos los cinco millones de parados, las decenas de miles de desahucios, los millones de dólares expoliados por políticos corruptos y, cómo no, la hostia que le pegó un antidisturbios a una ciudadana en la cara por decirle que defendiera sus derechos.
Los políticos están alimentando la esquizofrenia de un sistema que ya se cae a pedazos mientras se dedican a mendigar votos.
Ese día, que espero de corazón que nunca llegue, tiene todas las papeletas para llegar si las cosas siguen discurriendo por este camino. Y lo peor de todo es que alguien liquidará el asunto de un carpetazo afirmando que lo que sucede es que la sociedad está enferma. Muy enferma.
sábado, 20 de abril de 2013
¿Acaso merece la pena todo este esfuerzo, este sufrimiento, este cuidar cada detalle, este sonreír por las mañanas, este preparar ensaladas nutritivas, este recoger después la cocina, este incansable ejercicio de empatía, este derroche de consideración, este infinito deambular por los pasillos de la Universidad, este hacer hueco en el sofá, este perdonar, este admitir, este traicionar a la propia soledad para que al final a uno lo quieran?
Pues yo doy un sonoro golpe en la mesa y exclamo: ni puta idea.
Pues yo doy un sonoro golpe en la mesa y exclamo: ni puta idea.
jueves, 18 de abril de 2013
Yo la quería y, a veces, ella me clavaba el codo en las costillas para asegurarse su parcela del perímetro conyugal. Otras, yo le metía traicioneramente el dedo por el culo para que se apartara de un respingo. La mayor parte de las veces, ella se salía con la suya agarrándome fuerte de la tetilla o plantándome sus pies helados en la espalda. Aunque casi siempre yo me reservaba una estratagema: poner cara de pena y, al rato, arrearle un buen mordisco.
Yo qué sé: éramos felices.
Yo qué sé: éramos felices.
domingo, 14 de abril de 2013
Sigo asombrándome de que el paramilitar noruego haya sido calificado como individuo "mentalmente sano". ¿De verdad no está loco? ¿Ni un mísero trastorno de personalidad, al menos? Joder. Eso significa que cualquiera de nosotros, los Normales, puede hacer cualquier día lo mismo. Que esta vez no hay monstruos, lunáticos ni voces en la noche: sólo alguien enfadado. Nah, al final dirán que está loco, ya veras.
Si se echa la vista atrás, es fácil comprobar cómo los actos más abominables que ha cometido el ser humano han sido siempre relegados al dominio de la locura. Adolf Hitler, por ejemplo, ha recibido tantos diagnósticos a lo largo del pasado siglo que darían para rellenar veinte compendios de Psiquiatría. El llamado “monstruo de Amstetten”, por su parte, acabó encerrado en un manicomio tras reconocerse culpable de los delitos de incesto, violación, secuestro, esclavitud y asesinato de algunos de los miembros de su propia familia. Y muchos de los teenagers norteamericanos que decidieron incluir la asignatura de Armas Automáticas II en su programa de estudios también acabaron pasando por la consulta del terapeuta.
Es fácil pensar que alguien increíblemente hijo de perra –o, al menos, lo suficiente para protagonizar este tipo de noticias- debe de estar necesariamente loco. Tampoco hay que pensar demasiado y, en cualquier caso, ya lo hacen los médicos. Además, no hay lugar para las preguntas incómodas: los porqués acaban diluyéndose en la azarosa mente de un enfermo que no distingue el bien del mal, desestructurada, caótica, inaprensible. ¿Cómo es posible tanta maldad? La sociedad entorna los ojos, menea la cabeza y encoje los hombros. Después, sigue felizmente con su vida puesto que, al fin y al cabo, la autoría del mal corresponde a un loco, alguien que no discurre como el común de los humanos.
¿Quién sabe? Pero lo importante, en estos casos, no es el porqué, sino el quién. Cuando decimos que alguien comete una atrocidad porque está loco también estamos afirmando, indirectamente, que nosotros, Los Normales, jamás podríamos hacer lo mismo. Se trata de un lavado de conciencia colectivo, un ejercicio de exorcismo social similar al que llevaban a cabo nuestros antepasados cuando achacaban sus bajas pasiones a la acción de un dios perverso y caprichoso. La única diferencia es que antes no tenían psiquiatras, sino sacerdotes con rastas y mirada perdida. Pero bueno, son parecidos. Y, al igual que nosotros, ellos utilizaron esta escaramuza intelectual para no enfrentarse a la Gran Pregunta: ¿llegado el caso, podría yo llegar a ser así de hijo de perra? Eso sí que da miedo. Mucho más que la locura.
sábado, 13 de abril de 2013
jueves, 11 de abril de 2013
Es posible que haya llegado el momento de cuestionarlo absolutamente todo. Tanta certeza es un incordio, un aburrimiento, un lastre. Además, la estrategia de cuestionar solamente a los demás se está revelando como un auténtico fiasco. Y es que establece uno la dialéctica precisa para diferenciar a los culpables de los inocentes y la cosa siempre acaba en un tedioso partido de tenis moral que, vale, sirve para vender periódicos, pero nadie puede negar que es un coñazo insufrible. Más que los de verdad, me atrevería a decir.
Así que empecemos, si les parece, por cuestionar lo incuestionable, por cruzar las líneas rojas, por hacernos merecedores de un magnífico linchamiento público. ¿La democracia? Una puta mierda. ¿La libertad, los derechos, la proyección personal como individuo en un contexto de tolerancia social? Que les follen. Fuera, no queremos saber nada de ellos, que se jodan. ¡Aire! Y saquemos una goma gigante de borrar. Y esforcémonos por dejar el lienzo como una patena, limpio de todo, incluso de lo que, vaya, tampoco nos quedó tan mal. Sin piedad, sin remordimientos, sin culpables: sólo por el mero y primario placer de destruirlo todo para comenzar de nuevo.
Vamos bien. Ahora sigamos por el sexo, mismamente. Cómo mola follar, ¿eh? Se siente uno tan bien: a veces incluso parece que pudiera elevarse a base de deliciosos espasmos y tocar el cielo con la punta del último vello púbico. Pues yo digo: asesinemos al sexo, sepultémoslo bajo una tonelada de tierra y, si acaso, dediquémosle un bonito funeral, una sentida elegía. Y luego extendamos los cantos funerarios -los podemos subcontratar para ahorrar costes- al amor, a los sentimientos y a la misericordia.
Y ahora me viene a la cabeza el Papa. Pues joder, cantémosle un virtuoso requiem al Papa sobre un mullido coro de infinitos niños angelicales. Y luego le damos boleto a los niños, y a los profesores de esos niños, y a sus escuelas; dinamitémoslas, directamente y sin pensarlo dos veces, junto con la Universidad, los centros comerciales, las bellas artes, el pescado fresco, la carne roja, el culturismo y toda manifestación humana acabada en ismo: el cubismo, el dadaísmo, el fascismo, el liberalismo, el humanismo, el autismo, el heroísmo y el vulcanismo, por citar tan sólo algunos ejemplos.
En fin, que la consigna es sencilla: lo sabemos todo, así que nada vale ya. Y no es que la cosa funcione mal de todo: yo qué sé, siempre hay días en los que uno sale de casa, coge el autobús y un ligero escalofrío se apodera de su coronilla en signo inequívoco de que el mundo no es un lugar tan horrible. Incluso es bello y entrañable -dependiendo en gran manera del ejemplar de ser humano que te toque en suerte en el asiento de enfrente. A mí hoy me ha tocado una chica que, de triste, parecía guapa. Fíjate.
Pero es que no se trata de arreglar nada. No, no, no: se trata de dejar desnudo al rey, en pelota picada, hasta darnos cuenta de que nosotros también estamos desnudos y no nos habíamos dado cuenta hasta ahora. Y de observarnos frente al espejo -previamente a destruir todos los espejos- y empezar a hacer de nosotros mismos lo que queremos para el mundo. Pasito a pasito, beso a beso, idea tras idea.
Digámoslo de otro modo: una pequeña muerte a cámara lenta, rebobinando la cinta desde el principio. No hacen falta razones: ya hemos acabado con todas las razones. Como cuando éramos niños y, simplemente, le arreábamos un manotazo a la pila de cubiletes para ponerla en pie de nuevo. ¿Se acuerdan de eso?
Entonces sólo podíamos ir a mejor.
El último que apague la luz, por favor.
miércoles, 10 de abril de 2013
Ni la de los Cien Años. Ni la de Vietnam. Ni siquiera la de las audiencias televisivas. Con mucha diferencia, la guerra más cruenta que puede sufrir el hombre medio emparejado es la que libra todas las noches para mantener su lado de la cama.
No todos sobreviven, la verdad sea dicha. Y para acometer esta batalla con ciertas garantías de victoria, nada mejor que seguir los consejos de este manual de campaña que les facilito, oh pobres pepitos míos.
1. Un buen despliegue inicial es fundamental. Los oficiales curtidos en mil y una refriegas nocturnas saben que la mejor postura siempre pasa por colocarse de lado y en diagonal. Para ello, la táctica de elección es la de acurrucar la cara amorosamente en el hombro del enemigo, justo al comienzo de la contienda. ¿Resultado? Ocuparás casi todo el campo de batalla desde el principio y a tu enemigo le costará maniobrar. Ésta es una táctica ganadora y fundamental en toda batalla por el Lo Monaco que se precie.
2. Continúa desplegando bien tu ejército. Observa tu cuerpo. Analízalo. ¿Eres alto? Aprovecha la zona de la retaguardia: las rodillas y los pies son tus mejores armas. ¿Te sobran unos kilitos? Juega entonces con el factor intimidación. Tu enemigo se cuidará mucho de interponerse ante tus bamboleos involuntarios (o eso cree que son). Los delgados cuentan con la siempre efectiva táctica de la sanguijuela: deslizarse sobre las sábanas por cada hueco que encuentren y utilizar sus afiladas articulaciones a modo de ametralladora. Incluso los pequeñitos pueden sacar partido, pues se repliegan con facilidad en el borde y pueden planear su siguiente estrategia con tranquilidad, al son de los ronquidos de un enemigo demasiado confiado.
3. No des nunca una plaza por perdida. Sin duda, la guerra que se libra por las noches por cada palmo del viscolelástico es una guerra de desgaste. Si, por ejemplo, tu brazo ya apenas resiste sobre la pequeña porción de colchón que queda junto a tu costado derecho e, inesperadamente, recibes una nueva embestida de ese codo punzante, intenta contraatacar con la estrategia más sucia que se te ocurra. Elevar el brazo –como dando a entender que te aceptas sumisamente tu derrota- a la altura de tu frente y dejarlo caer distraídamente sobre la cabeza del enemigo puede hacerle retroceder. Un inocente tirón del edredón hacia arriba con el ánimo de arroparse no suele levantar sospechas, y te permite colocar, con un hábil movimiento ondulante, una mullida y preciosa barrera que te protegerá de ataques futuros (requiere práctica). En cualquier caso, nunca dejes de luchar. Utiliza todos los medios a tu alcance, pelea por cada palmo de terreno. ¿Alguna vez has oído hablar de la guerra de trincheras? Pues esto es lo mismo, pero en blanco satén.
4. Mención aparte merecen las múltiples jugarretas de las que el combatiente puede ser objeto durante toda la noche. “¿Me traes agua?”, “Abajo se oye un ruido”, “¿Has echado la llave?” o “Abre la puerta al gato, cariño” son algunas de las más comunes, pero hay muchas más. Todas ellas persiguen lo mismo: arrebatarte tu lado de la cama en el breve lapso de tiempo en el que tú, noble guerrero, llevas a cabo las tareas encomendadas. Con frecuencia, volverás con, digamos, el puñetero cargadorcito del móvil –olvidado en el salón, ¡ja!- y te encontrarás con que ella se ha despanzurrado en tu lado de la cama, se habrá dormido y tendrás que enchufar tú el móvil a tientas. Y encima harás ruido y recibirás una severa amonestación –pues, desde la Convención de Ginebra, el ruido se considera un arma aún peor que las bombas de racimo en la guerra de las camas de uno treinta y cinco.
5. Si todo lo anterior falla, recurre a la siguiente táctica. Independientemente del punto de la batalla en el que te encuentres, deslízate suavemente bajo las sábanas. Bájale las bragas, lentamente o de un indolente tirón (esto ya depende: conoce a tu enemigo). Comienza a darle pequeños besos –como aleteos- en los muslos y, al cabo de un instante, métele la lengua cual misil en el coño. Empléate a fondo. Si compruebas al poco tiempo que ella se incorpora y acude a tu lado de la cama con los ojos entornados, es que has maniobrado bien. Haz el amor. Agarrados fuerte de las manos, encharca el campo de batalla de sudor. Cierra los ojos y grita mucho. Toma aliento entre sonoros besos y eufóricos planes para el futuro, como el de comprar una cama más grande. Reí. Abrazasense. Dile que la quieres y ella te confesará –je- que sigues follando muy bien. Se levantará para ir al baño y te dirá que enseguida vuelve contigo. Mira de reojo hacia la puerta, que arroja un hilillo de luz. Date prisa y acurrúcate de lado y en diagonal.
lunes, 8 de abril de 2013
Bueno, hoy les voy a contar la triste historia de alguien que un buen día se enamoró.
Y fue lo más maravilloso que le pasó en la vida: una auténtica tormenta de neurotransmisores se apoderó de su cerebro y de todo lo demás, traspasándole por completo.
Rendido ante la belleza de aquélla a quien amaba, aprendió poco a poco a encontrar la hermosura inherente a infinidad de detalles que hasta entonces había pasado por alto: el canto de los pajaritos, el amanecer, que es siempre blanco y terrible; e incluso de la calculada poética de los anuncios navideños de Movistar.
Cómo lloraba viendo los anuncios de Movistar, cómo lloraba.
Y le susurraba a su amada, exhausto, rendido, nadando en su interior: te amo, te amo porque dentro de ti está todo lo que es posible amar. Y ella lo tomaba muy suavemente del rostro y lo atraía hacia sí; y él se sentía pleno, completo, estremecido, "agradecido a Dios" y a la vida.
Porque el caso es que, aunque nunca había estado muy interesado en cuestiones religiosas, pronto llegó a la conclusión de que Dios sólo podía ser eso: los dedos de su amante, a un milímetro de su boca, unidos a ella por un hilillo de saliva, casi invisible.
Sí, "Dios" sólo puede estar aquí, pensaba.
Y me da igual lo que ponga en ese libro suyo.
Pero pronto llegó la rutina: esos besos de medio lado, apresurados; esos desayunos en silencio, como si ya se hubieran acabado las palabras; esos polvos un poco mecánicos, gimnásticos, feotes; ese estoy aquí pero no estoy, esos reproches, ese déjame en paz; ese quedarse dormido viendo el Telediario y despertar de pronto en plena noche, despanzurrado en el sofá, con la única compañía de una manta.
De modo que, siguiendo los consejos de los poetas y los neurólogos que salen por la tele asegurando que, desde un punto de vista científico, toda tormenta de neurotransmisores tiene fecha de caducidad, concluyó que aquel amor ya se había desvanecido.
Y decidió marcharse. Decidió marcharse para siempre.
No sin causarle un gran quebranto a su amada, claro: al fin y al cabo, ella lo quería.
Y nada: me encontré con aquel hombre hace poco. Había cambiado mucho: estaba más delgado, algo calvo y caminaba muy despacio, encorvado, como si portara sobre su espalda todo el peso del mundo.
Le pregunté: ¿por qué no buscas otra mujer de la que enamorarte?
Y entonces él me contestó, apenas con un hilillo de voz: lo que yo busco ahora es alguien que me eche una manta cuando me quede dormido viendo el Telediario.
Y créeme, me dijo: no es fácil.
Nada fácil.
Rendido ante la belleza de aquélla a quien amaba, aprendió poco a poco a encontrar la hermosura inherente a infinidad de detalles que hasta entonces había pasado por alto: el canto de los pajaritos, el amanecer, que es siempre blanco y terrible; e incluso de la calculada poética de los anuncios navideños de Movistar.
Cómo lloraba viendo los anuncios de Movistar, cómo lloraba.
Y le susurraba a su amada, exhausto, rendido, nadando en su interior: te amo, te amo porque dentro de ti está todo lo que es posible amar. Y ella lo tomaba muy suavemente del rostro y lo atraía hacia sí; y él se sentía pleno, completo, estremecido, "agradecido a Dios" y a la vida.
Porque el caso es que, aunque nunca había estado muy interesado en cuestiones religiosas, pronto llegó a la conclusión de que Dios sólo podía ser eso: los dedos de su amante, a un milímetro de su boca, unidos a ella por un hilillo de saliva, casi invisible.
Sí, "Dios" sólo puede estar aquí, pensaba.
Y me da igual lo que ponga en ese libro suyo.
Pero pronto llegó la rutina: esos besos de medio lado, apresurados; esos desayunos en silencio, como si ya se hubieran acabado las palabras; esos polvos un poco mecánicos, gimnásticos, feotes; ese estoy aquí pero no estoy, esos reproches, ese déjame en paz; ese quedarse dormido viendo el Telediario y despertar de pronto en plena noche, despanzurrado en el sofá, con la única compañía de una manta.
De modo que, siguiendo los consejos de los poetas y los neurólogos que salen por la tele asegurando que, desde un punto de vista científico, toda tormenta de neurotransmisores tiene fecha de caducidad, concluyó que aquel amor ya se había desvanecido.
Y decidió marcharse. Decidió marcharse para siempre.
No sin causarle un gran quebranto a su amada, claro: al fin y al cabo, ella lo quería.
Y nada: me encontré con aquel hombre hace poco. Había cambiado mucho: estaba más delgado, algo calvo y caminaba muy despacio, encorvado, como si portara sobre su espalda todo el peso del mundo.
Le pregunté: ¿por qué no buscas otra mujer de la que enamorarte?
Y entonces él me contestó, apenas con un hilillo de voz: lo que yo busco ahora es alguien que me eche una manta cuando me quede dormido viendo el Telediario.
Y créeme, me dijo: no es fácil.
Nada fácil.
Hoy quiero levantar bien alto el puño y gritar a los cielos: ¿cuándo, oh "Dios mío", me liberarás de estas infinitas ganas de follar? Porque esto es ya insufrible, desquiciante: un obsceno derroche de serotonina que siempre acaba por conducirme a la más terrible desesperación.Aunque bueno: a veces también a follar.
Pero en fin: ¿cuándo me aliviarás de esta losa, de esta enferma imaginación que me impide, por ejemplo, iniciar una interacción casual con la chica del estanco sin visualizarla, instantáneamente, a cuatro patas con una de esas bolas rojas en la boca? ¿Cuándo podré ir a comprarme unas bambas sin mirar de reojo la sección de bodas y bautizos sin fantasear con el roce de esos afilados tacones en la punta de mi polla? ¿Cuándo podré pasear tranquilamente por la calle sin elucubrar acerca del encaje que sin duda cubre las tetitas de todas y cada una de las señoritas del Barrio?
Erguidas, punzantes: casi como un eslogan.
Porque ésa es otra: ¿por qué hay tanta belleza en este mundo? Y adicionalmente: ¿por qué ese insaciable apetito por horadarla, herirla, ensuciarla, hacerla mía para confinarla en una vitrina y poder romper el cristal a voluntad? ¿Por qué me hiciste tan jodidamente pervertido en un mundo en el que debo mantener constantemente la compostura a riesgo de intervención inmediata de algún manicomio?
Tan sólo encuentro un consuelo: que mi enloquecido deseo, al menos, constituye un valor en sí mismo, un precioso tesoro, una irreemplazable y poderosa fuente de energía vital.
Y bueno: que al fin y al cabo todos estamos igual.
domingo, 7 de abril de 2013

Yo hoy lo que quiero es estar muy pegadito a ti.
Que nuestros pies se acaricien, que nuestros brazos se enreden, que tu piel y la mía se toquen en cada centímetro hasta que obtengamos la evidencia empírica e incuestionable de que, en fin:ya es imposible estar más pegaditos.
Y partir de ahí, tratar de apretujarnos aún más, desafiando las leyes de la física, la mesa y esos manuales de montaje conceptuales que dan los cabrones del del centro comercial. Porque si todo se derrumba, da lo mismo: nos hundiremos sobre los restos de la cama como si fueran arenas movedizas.
Pero seguiremos pegaditos, que es lo único que yo quiero.
Y vale: ya sé que la ajetreada vida moderna y nuestra extraña tendencia a los desencuentros siempre lo acaban dificultando todo.
Pero en fin, seré sincero: si accedes por pena, en reaidad no me importa demasiado. Si lo haces, en cambio, para satisfacer tus propias e irrefrenables necesidades epidérmicas, pues bueno, mucho mejor, claro: a dónde va a parar.
Aunque si al final consientes -sólo es otro ejemplo- porque temes secretamente que yo sea un loco peligroso con una motosierra escondida en alguna parte, pues tampoco pasaría nada.
Si es que a mí me da todo igual con tal de poder estar muy pegadito a ti, mi vida.
Y follarte, follarte hasta hacerte gritar. Follarte con mimo, saliva y sangre. Follarte hasta que, al fin, nos despeguemos con violencia y caigamos cada uno sobre nuestro respectivo lado del colchón, temblorosos y jadeantes.
Luego ya si eso abrimos para ventilar.
viernes, 5 de abril de 2013
Toda la puta vida buscando gente sin nada que perder. En la salida del colegio, en los afters, en los parques públicos, que ya florecen tras su largo letargo invernal.
Pero no siempre es fácil.
Ciertamente, hay algunos signos que suelen ser definitorios: el andar cabizbajo, encorvado, como si portaran sobre sí una carga pesada y secreta, constituye un buen ejemplo. Pero hay que andarse con ojo: podría tratarse de una carga letal, una mina explosiva, un collar de cemento.
En cualquier caso, existen otros indicios que deberían ponernos sobre la pista: las manos inquietas, el pelo revuelto y ese modo de rasgar con decisión la carne y decir: toma.
Pero no nos engañemos: los consejos maternos y esos afilados mecanismos de defensa que levanta a nuestro alrededor la vida moderna lo dificultan todo.
Y es por ello que cada vez resulta más complicado encontrar gente sin nada que perder, honestamente expuesta a la influencia ajena, que se deje echar cosas en la bebida, que vaya por ahí con el alma en carne viva, alegremente despreocupada por su bienestar emocional y los avisos climatológicos.
Quizás es que todos hayamos perdido ya demasiado.
Pero queda el consuelo -supongo- de seguir merodeando por las calles, las avenidas, los museos y los baños públicos, a la espera de que, entre tanto álbum familiar, tanta carrera profesional, tanta imagen de éxito quizás quede alguien que ya no tenga nada.
Y que aun así, esté dispuesto a dártelo.
Aconsejo emprender la búsqueda algo cabizbajo.
Por si acaso.
Pero no siempre es fácil.
Ciertamente, hay algunos signos que suelen ser definitorios: el andar cabizbajo, encorvado, como si portaran sobre sí una carga pesada y secreta, constituye un buen ejemplo. Pero hay que andarse con ojo: podría tratarse de una carga letal, una mina explosiva, un collar de cemento.
En cualquier caso, existen otros indicios que deberían ponernos sobre la pista: las manos inquietas, el pelo revuelto y ese modo de rasgar con decisión la carne y decir: toma.
Pero no nos engañemos: los consejos maternos y esos afilados mecanismos de defensa que levanta a nuestro alrededor la vida moderna lo dificultan todo.
Y es por ello que cada vez resulta más complicado encontrar gente sin nada que perder, honestamente expuesta a la influencia ajena, que se deje echar cosas en la bebida, que vaya por ahí con el alma en carne viva, alegremente despreocupada por su bienestar emocional y los avisos climatológicos.
Quizás es que todos hayamos perdido ya demasiado.
Pero queda el consuelo -supongo- de seguir merodeando por las calles, las avenidas, los museos y los baños públicos, a la espera de que, entre tanto álbum familiar, tanta carrera profesional, tanta imagen de éxito quizás quede alguien que ya no tenga nada.
Y que aun así, esté dispuesto a dártelo.
Aconsejo emprender la búsqueda algo cabizbajo.
Por si acaso.
A veces me escribís contándome tus pequeños dramas urbanos, tus desencuentros bajo la lluvia, tus eternos dilemas frente a una taza de café que siempre se queda frío, el muy hijo puta.
Y te quedas esperando una respuesta.
Pero qué quieres que te diga: sólo soy un chico de barrio. Fui a con colegio concertado. Escribo con una manta de ganchillo sobre las piernas. Carezco por completo de formación especializada.
Y para qué engañarte: yo no tengo ninguna respuesta.
Pero sí te diré algo: esta mañana, cuando salía de casa, me dio por mirar al cielo y pude observar, de pronto, cómo una solitaria gotita de agua ni helada ni caliente caía en lentas espirales hasta posarse justo en la punta de mi nariz.
Sobresaltado, corrí hacia casa y me senté frente al ordenador para hacer una exhaustiva búsqueda bibliográfica. Y sí: existe un gran consenso entre los expertos a la hora de apuntar que, en ocasiones, los cuerpos fríos chocan irremediablemente contra los cuerpos calientes; que existen sustancias muy antiguas -más que el mundo- con predilección por los encuentros; y otras de idénticas características -en apariencia- que optan fieramente por la soledad.
Pero más allá de eso, sólo hay conjeturas. Quizá todo responda a un plan maestro -dicen los expertos-, a un orden racional, armonioso y listo para ser confinado en una cuadrícula de colores e ilustrar un libro de texto.
Pero hasta ahora, nada.
Y la verdad: me alegro un montón. Porque -te digo- carezco de formación especializada y la ausencia de respuestas es siempre una buena excusa para utilizar la imaginación.
Porque digo yo: ¿y si al final no hubiera absolutamente nada que explicar? ¿Y si resulta que no somos otra cosa que insignificantes reacciones químicas que vagan por el éter y, de vez en cuando, coinciden, se alejan, aflojan el paso, se olisquean un rato el culo, se repelen, se atraen, chisporrotean y colisionan para, finalmente, acabar estallando en mil pedazos?
Más allá de toda ciencia y moral. Sin motivos. Sin catarsis. Sin moraleja. Sin preguntas. Ni tampoco respuestas.
Vaya: eso sí que sería hermoso.
Imaginalo, imaginalo por un momento.
Me asomo ahora a la ventana y observo cómo una multitud de expertos se ha congregado ahí afuera, desesperados, enloquecidos, esperando a que el azar les proporcione la posibilidad de explicar que no hay azar posible.
En fin, te dejo.
Creo que voy a bajarles un chubasquero.
Y te quedas esperando una respuesta.
Pero qué quieres que te diga: sólo soy un chico de barrio. Fui a con colegio concertado. Escribo con una manta de ganchillo sobre las piernas. Carezco por completo de formación especializada.
Y para qué engañarte: yo no tengo ninguna respuesta.
Pero sí te diré algo: esta mañana, cuando salía de casa, me dio por mirar al cielo y pude observar, de pronto, cómo una solitaria gotita de agua ni helada ni caliente caía en lentas espirales hasta posarse justo en la punta de mi nariz.
Sobresaltado, corrí hacia casa y me senté frente al ordenador para hacer una exhaustiva búsqueda bibliográfica. Y sí: existe un gran consenso entre los expertos a la hora de apuntar que, en ocasiones, los cuerpos fríos chocan irremediablemente contra los cuerpos calientes; que existen sustancias muy antiguas -más que el mundo- con predilección por los encuentros; y otras de idénticas características -en apariencia- que optan fieramente por la soledad.
Pero más allá de eso, sólo hay conjeturas. Quizá todo responda a un plan maestro -dicen los expertos-, a un orden racional, armonioso y listo para ser confinado en una cuadrícula de colores e ilustrar un libro de texto.
Pero hasta ahora, nada.
Y la verdad: me alegro un montón. Porque -te digo- carezco de formación especializada y la ausencia de respuestas es siempre una buena excusa para utilizar la imaginación.
Porque digo yo: ¿y si al final no hubiera absolutamente nada que explicar? ¿Y si resulta que no somos otra cosa que insignificantes reacciones químicas que vagan por el éter y, de vez en cuando, coinciden, se alejan, aflojan el paso, se olisquean un rato el culo, se repelen, se atraen, chisporrotean y colisionan para, finalmente, acabar estallando en mil pedazos?
Más allá de toda ciencia y moral. Sin motivos. Sin catarsis. Sin moraleja. Sin preguntas. Ni tampoco respuestas.
Vaya: eso sí que sería hermoso.
Imaginalo, imaginalo por un momento.
Me asomo ahora a la ventana y observo cómo una multitud de expertos se ha congregado ahí afuera, desesperados, enloquecidos, esperando a que el azar les proporcione la posibilidad de explicar que no hay azar posible.
En fin, te dejo.
Creo que voy a bajarles un chubasquero.
Y bueno, respecto a la tristeza, lo primero que hay que decir es que es una auténtica zorra hija de la gran puta.
Pero también es cierto que, en fin, uno acaba ponderando la situación y quitándole hierro a ese asunto de estar triste. Será cosa de los neurotransmisores, piensas. Y te hinchas a comer plátanos. O bien: sólo es otro ciclo, el eterno retorno de lo mismo, la traicionera dualidad humana, esa amapola negra que guardas en tu interior y nunca termina de marchitarse; el Ello, el Yo, el Superyó: historias profundas y complejas.
Y nada: te vas a la nevera y también coges un plátano.
Más tarde, vuelves a recapacitar sobre tu tristeza y caes en la cuenta de que, caray, al fin y al cabo es tu tristeza, sólo tuya, completamente distinta a la de todos los demás.
Y hay que reconocer que ese pensamiento siempre le sienta bien al ego: es un must de la supervivencia emocional.
Así que, poco a poco, te animas a conocer un poco mejor tu tristeza: sus pequeñas idiosincrasias, sus idas y venidas, el detalle completo de sus horarios de trabajo y descanso, la ropa que le sienta bien y la que le queda rematadamente mal, sus gestos, su particular forma de hablar, la droga que más le enrolla, sus grupos musicales, sus escritores de referencia, su color preferido, que es -digamos- el malva.
Y el día menos pensado, quizá sentado en el sofá mientras ves el Telediario, decides dar el paso definitivo: te deslizas suavemente hacia tu pena, la miras con gesto conciliador y, bueno: acabas dando la mano mientras el presentador inicia el repaso de los estrenos cinematográficos.
En definitiva: es posible cogerle cariño a la tristeza.
Y ésa es la movida.
Por eso es tan jodidamente puta la tristeza.
Pero también es cierto que, en fin, uno acaba ponderando la situación y quitándole hierro a ese asunto de estar triste. Será cosa de los neurotransmisores, piensas. Y te hinchas a comer plátanos. O bien: sólo es otro ciclo, el eterno retorno de lo mismo, la traicionera dualidad humana, esa amapola negra que guardas en tu interior y nunca termina de marchitarse; el Ello, el Yo, el Superyó: historias profundas y complejas.
Y nada: te vas a la nevera y también coges un plátano.
Más tarde, vuelves a recapacitar sobre tu tristeza y caes en la cuenta de que, caray, al fin y al cabo es tu tristeza, sólo tuya, completamente distinta a la de todos los demás.
Y hay que reconocer que ese pensamiento siempre le sienta bien al ego: es un must de la supervivencia emocional.
Así que, poco a poco, te animas a conocer un poco mejor tu tristeza: sus pequeñas idiosincrasias, sus idas y venidas, el detalle completo de sus horarios de trabajo y descanso, la ropa que le sienta bien y la que le queda rematadamente mal, sus gestos, su particular forma de hablar, la droga que más le enrolla, sus grupos musicales, sus escritores de referencia, su color preferido, que es -digamos- el malva.
Y el día menos pensado, quizá sentado en el sofá mientras ves el Telediario, decides dar el paso definitivo: te deslizas suavemente hacia tu pena, la miras con gesto conciliador y, bueno: acabas dando la mano mientras el presentador inicia el repaso de los estrenos cinematográficos.
En definitiva: es posible cogerle cariño a la tristeza.
Y ésa es la movida.
Por eso es tan jodidamente puta la tristeza.
A veces pienso que debería ejercitar mi tolerancia al caos, la incertidumbre, la enfermedad, la muerte, los cambios climatológicos, las alturas, los animales amenazantes, los silencios incómodos, el paso del tiempo, la demora de los autobuses, los desencuentros, mi ignorancia, joder, debería aceptar mi propia ignorancia de una puta vez.
Pero bah: a lo mejor así mola más.
Pero bah: a lo mejor así mola más.
miércoles, 3 de abril de 2013
No sé, quizá deberíamos replantearnos toda la problemática y comenzar a asistir a esta hecatombe con otra actitud: abstraernos por completo y contemplar la belleza de una civilización que se derrumba.
Porque es que eso es precisamente lo que sucede: el mundo tal y como lo conocíamos está dejando de existir. Lo formulan los filósofos, lo proclaman los poetas, se desprende de toda conversación casual frente a la barra del bar o en la cola de la panadería: la tierra se abre bajo nuestros pies y nadie adivina todavía la profundidad del abismo.
Pero no debería haber ningún sentimiento trágico en ello. Al fin y al cabo, no todo son malas noticias: seguirá habiendo amaneceres, bulevares y parques públicos; aviones que crucen el cielo y algún banquito alejado del estrépito urbano en el que sentarse y dejar pasar la tarde.
O eso espero.
Porque, en fin: yo no sé cómo será el mundo que está por venir. Ojalá que más hermoso, virtuoso y justo. Sí, eso sería genial y además confirmaría algo en lo que hemos creído siempre: que el ser humano tiende -con algún eventual y sonado tropiezo- a ir siempre a mejor.
Pero quién sabe: quizá eso tampoco sirva ya.
Abro el periódico y sólo veo señores y señoras muy mayores aferrados a un papelito con su discurso impreso, cuajado de grandes y esplendorosas palabras en las que ellos mismos hace mucho tiempo que dejaron de creer: son como niños malcriados peleándose por un juguete roto.
Y sí, también personas que no se doblegan, sino que se alzan con la frente bien alta y siguen en pie de lucha. Al menos, por su propia supervivencia, que ya es bastante.
Pero más allá de eso, ¿contra quién hay que luchar? ¿Cómo podemos distinguir ya lo bueno de lo malo en esta inmensa maraña de culpabilidades mutuas que hemos tejido hasta perder de vista el cabo del ovillo? Se alzan las manos, se escriben columnas incendiarias, se publican libros a razón de un nuevo mesías cada tres semanas. Y sin embargo, aquí seguimos: perdidos, enfrentados, desesperados, sedientos de respuestas.
Que no llegan.
Así que no sé: abogo por el humilde recurso de calarse el abrigo y sentarse a ver cómo termina todo. En un banco, por ejemplo, al estilo de los jubilados que observan, con gesto impasible y pitillo en mano, los progresos del martillo neumático. Eso sí, aconsejo elegir un banco bien orientado, al abrigo del viento y con espacio para al menos dos plazas: de algo habrá que charlar mientras tanto.
Porque ésa es otra: sabe cuánto tardará aún este mundo en petar definitivamente, en estallar de una puta vez en mil pedazos.
La incertidumbre: eso, eso es lo que nos está matando.
Porque es que eso es precisamente lo que sucede: el mundo tal y como lo conocíamos está dejando de existir. Lo formulan los filósofos, lo proclaman los poetas, se desprende de toda conversación casual frente a la barra del bar o en la cola de la panadería: la tierra se abre bajo nuestros pies y nadie adivina todavía la profundidad del abismo.
Pero no debería haber ningún sentimiento trágico en ello. Al fin y al cabo, no todo son malas noticias: seguirá habiendo amaneceres, bulevares y parques públicos; aviones que crucen el cielo y algún banquito alejado del estrépito urbano en el que sentarse y dejar pasar la tarde.
O eso espero.
Porque, en fin: yo no sé cómo será el mundo que está por venir. Ojalá que más hermoso, virtuoso y justo. Sí, eso sería genial y además confirmaría algo en lo que hemos creído siempre: que el ser humano tiende -con algún eventual y sonado tropiezo- a ir siempre a mejor.
Pero quién sabe: quizá eso tampoco sirva ya.
Abro el periódico y sólo veo señores y señoras muy mayores aferrados a un papelito con su discurso impreso, cuajado de grandes y esplendorosas palabras en las que ellos mismos hace mucho tiempo que dejaron de creer: son como niños malcriados peleándose por un juguete roto.
Y sí, también personas que no se doblegan, sino que se alzan con la frente bien alta y siguen en pie de lucha. Al menos, por su propia supervivencia, que ya es bastante.
Pero más allá de eso, ¿contra quién hay que luchar? ¿Cómo podemos distinguir ya lo bueno de lo malo en esta inmensa maraña de culpabilidades mutuas que hemos tejido hasta perder de vista el cabo del ovillo? Se alzan las manos, se escriben columnas incendiarias, se publican libros a razón de un nuevo mesías cada tres semanas. Y sin embargo, aquí seguimos: perdidos, enfrentados, desesperados, sedientos de respuestas.
Que no llegan.
Así que no sé: abogo por el humilde recurso de calarse el abrigo y sentarse a ver cómo termina todo. En un banco, por ejemplo, al estilo de los jubilados que observan, con gesto impasible y pitillo en mano, los progresos del martillo neumático. Eso sí, aconsejo elegir un banco bien orientado, al abrigo del viento y con espacio para al menos dos plazas: de algo habrá que charlar mientras tanto.
Porque ésa es otra: sabe cuánto tardará aún este mundo en petar definitivamente, en estallar de una puta vez en mil pedazos.
La incertidumbre: eso, eso es lo que nos está matando.
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