Te dicen que madures. Te lo dicen a todas horas y por todos los medios posibles. Te lo dicen en la tele. Te lo dicen los libros: tan polvorientos, tan sabios. Te lo dicen en tu casa. Te lo dicen en la escuela. Luego te lo vuelven a decir en la universidad, fundamentado, esta vez, en algún sistema filosófico de valores y creencias que goza de gran veneración por parte de innumerables sabios en sus áreas de conocimiento y que también viene a decir: madura de una puta vez, chaval.
Te dicen que la vida no es como en las películas. Que todo tiene un principio y un final. Te dicen que uno debe aprender a resignarse, a vivir con lo que tiene, a no desear precisamente aquello que está comenzando a acariciar con la punta de los dedos. Te dicen que hay que aprovechar la oportunidad sólo porque alguien (muy maduro) te la está ofreciendo y no debes hacerle enfadar.
Te dicen que el tiempo corre, que se escapa el tren, que se te pasa el arroz. Te dicen que, hombre, ya está bien, que cada cosa tiene su edad. Te invitan así a entender la vida como una serie de compartimentos independientes y estancos: aquí el trabajo, aquí la familia, aquí una controlada dosis de frenesí en forma de cócteles con aceitunita y luces de colores.
Te encierran en una cárcel de tiempo, en un ritual interminable de relaciones sociales, siempre atento, siempre responsable. ¿Feliz? Bueno, a veces. A fin de cuentas, ¿quién puede asegurar que es feliz del todo? Y siempre con esa sensación, esa sospecha punzante de que tu verdadera vida pasa ante tus ojos mientras tú te dedicas a sonreír cordialmente al público.
Y digo yo, ¿para qué vivimos? ¿De verdad alguien piensa que podemos hacernos merecedores de esta frágil y diminuta porción de tiempo que nos ha sido dada si no la utilizamos para follarnos la vida de cabo a rabo, para pasarnos por la piedra todo lo establecido y poner el mundo del revés?
Madurar: que se jodan.
Yo lo que quiero es salir a bailar. (?)
jueves, 31 de enero de 2013
No entiendo toda esta movida de la educación. No comprendo todo este asunto de los castigos y las consecuencias, como tampoco llego a comprender que sea extraordinariamente positivo que nos reconozcan todo el tiempo las cosas que hacemos bien.
La verdad: me parece un montón de mierda.
Tampoco me cabe en la cabeza que lo que sirve para uno tenga que servir para cualquiera, que nos pongan en fila india, que después nos hagan sentarnos a todos a la vez, que vengamos al mundo con manual de instrucciones; y que salirse un pelo del procedimiento aconsejado tan sólo pueda dar lugar a adolescentes violentos que se pierden en una espiral de sexo y drogas.
Por otra parte, me gustaría refutar a Skinner y su ampliamente aceptada teoría del aprendizaje. Con una motosierra. (*) Me gustaría volar por los aires las asignaturas, los recreos y las actividades extraescolares. Nunca llegaré a entender que el infinito potencial de todo ser humano tenga que ser inmediatamente acotado con horarios y tests de inteligencia. Tú verbal, tú matemática. Y la de la última fila con gesto lánguido y pelo revuelto, hale: a hacer manualidades.
Y rapidito, que luego toca jugar.
Y bueno, lo reconozco: esto es mejor que el analfabetismo. Pero lo menos malo no tiene por qué ser esencialmente bueno. Y me gustaría, me gustaría tanto que nos paráramos a pensar si esto que estamos haciendo es lo mejor que podemos hacer, si de verdad merece la pena hacer infeliz a un montón de gente a cambio de cuatro genios, cuatro trepidantes historias de éxito en televisión.
Y sobre si realmente debemos seguir aplicando los consejos de Super Nanny.
No sé, que lo llamen instrucción. Que lo llamen adiestramiento. Que lo llamen terapia congnitivo-conductual. En fin: que lo llamen como quieran.
Pero que no lo llamen educación.
Porque la educación, sencillamente, no debería ser todo esto.
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(*) Lo sé. Déjenme a solas con mis contradicciones.
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