lunes, 14 de diciembre de 2015

He estado echando cuentas y creo estar en disposición de afirmar que, mucho antes de conocerte, yo ya te quería.

Y sí: ya sé que no soy el primero que dice esto, que es posible encontrar conjeturas similares en las dedicatorias de las novelas, en las carpetas de los trabajos universitarios, en los estribillos en sol menor de cualquier cantautor hijo de puta.

Pero bueno, yo no soy cualquier habla mierda: tengo pruebas científicas.

Porque si observás muy, muy atentamente las principales obras maestras del Barroco, coincidirás conmigo en que, allá por el 1683 yo ya te amaba con toda la magnitud de los claroscuros y las poses afectadas de los santos.

Año más, año menos: hago lo que puedo.

Pero es que también es evidente que, en la Edad Media, yo te deseaba ya con la sumisión del caballero para con su dueña; y que en la época de las mastabas y la movida cuneiforme, también te adoraba como a una diosa fértil; y que incluso en el Paleolítico, cuando aún no había hipotecas multidivisa y la cosa se apañaba con unos cuantos árboles frondosos y tan antiguos como la tierra, yo ya quería llevarte al huerto.

Y eso que aún no había huertos.

Imagináte.

Y bueno: ahora que en la secundaria y documentales de TV he aprendido sobre física cuántica y astronomía sospecho que, allá por el Big-Bang, yo ya bebía los vientos por vos.

De hecho, intuyo que la partícula extremadamente densa y explosiva que fue el origen de todo, no fue una partícula cualquiera: éramos nosotros.

Folleteando, arañándonos, ardiendo a eones de distancia.

Pero claro: no nos conocíamos porque aún no había nada por conocer.

El caso es que tengo todos los datos, todas las intuiciones: tan sólo me falta completar unos esquemas y rellenar unas gráficas. Pero vamos: he decidido escribirte esto porque quería adelantarte los resultados de mi investigación.

Lo único que me jode es no poder conocer de igual forma el futuro: eso sólo lo pueden hacer los dioses.

Y yo tan sólo soy un loco.

Porque te confesaré algo: con todo, a veces me pregunto si seremos capaces de querernos mañana.

Y no obtengo ninguna respuesta empíricamente válida.

En realidad, no encuentro respuesta alguna.

Y eso me mata.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Aunque yo hoy lo que quiero es estar muy pegadito a vos.

Que nuestros pies se acaricien, que nuestros brazos se enreden, que tu piel y la mía se toquen en cada centímetro hasta que obtengamos la evidencia empírica e incuestionable de que, en fin: ya es imposible estar más pegaditos.

Y partir de ahí, tratar de apretujarnos aún más, desafiando las leyes de la física, la mesura y esos manuales de montaje conceptuales que dan los cabrones de cada aparato electrónico. Porque si todo se derrumba, da igual: nos hundiremos sobre los restos de la cama como si fueran arenas movedizas.

Pero seguiremos pegaditos, que es lo único que yo quiero.

Y bueno: ya sé que la ajetreada vida moderna y nuestra extraña tendencia a los desencuentros -y eso que, en esta vida, nos encontramos todo el tiempo- siempre lo acaban dificultando todo.

Pero en fin, seré sincero: si accedés por pena, en realidad no me importa demasiado. Si lo hacés, en cambio, para satisfacer tus propias e irrefrenables necesidades epidérmicas, pues bueno, mucho mejor, claro: a dónde va a parar.

Aunque si al final consientes -sólo es otro ejemplo- porque temes secretamente que yo sea un loco peligroso con una motosierra escondida en alguna parte, pues tampoco pasaría nada.

Si es que a mí me da todo igual con tal de poder estar muy pegadito a vos, mi amor.

Y follarte, follarte hasta hacerte gritar. Follarte con mimo, saliva y sangre. Follarte hasta que, al fin, nos despeguemos con violencia y caigamos cada uno sobre nuestro respectivo lado del colchón, temblorosos y jadeantes.

Luego ya si eso abrimos para ventilar.