martes, 3 de noviembre de 2015

Te dicen que madurés. Te lo dicen a todas horas y por todos los medios posibles. Te lo dicen en la tele. Te lo dicen los libros: tan polvorientos, tan sabios. Te lo dicen en tu casa delante de un amargo plato de gallo pinto con queso que parece que no se termina nunca. Te lo dicen en la escuela. Luego te lo vuelven a decir en la universidad, fundamentado, esta vez, en algún sistema filosófico de valores y creencias que goza de gran veneración por parte de innumerables sabios en sus áreas de conocimiento y que también viene a decir: madura de una puta vez.
Te dicen que la vida no es como en las películas. Que todo tiene un principio y un final. Te dicen que uno debe aprender a resignarse, a vivir con lo que tiene, a no desear precisamente aquello que está comenzando a acariciar con la punta de los dedos. Te dicen que hay que aprovechar la oportunidad sólo porque alguien —muy maduro— te la está ofreciendo y no debes defraudarle.
Te dicen que el tiempo corre, que se escapa el bus, que se te pasa el arroz. Te dicen que, hombre, ya está bien, que cada cosa tiene su edad. Te invitan así a entender la vida como una serie de compartimentos independientes y estancos: aquí el trabajo, aquí la familia, aquí una controlada dosis de frenesí en forma de cócteles con aceitunita y luces de colores.
Te encierran en una cárcel de tiempo, en un ritual interminable de relaciones sociales, en un apartamento-exposición de cincuenta metros cuadrados de concreto armado. ¿Feliz? Bueno, a veces. A fin de cuentas, ¿quién puede asegurar que es feliz del todo? Y siempre con esa sensación, esa sospecha punzante de que tu verdadera vida pasa ante tus ojos mientras vos te dedicás a sonreír cordialmente al público.
Y digo yo, ¿para qué vivimos? ¿De verdad alguien piensa que podemos hacernos merecedores de esta frágil y diminuta porción de tiempo que nos ha sido dada si no la utilizamos para follarnos la vida de cabo a rabo, para pasarnos por la piedra todo lo establecido y poner el mundo del revés?
Madurar: que le follen.
Pocos enigmas tan indescifrables como la persona junto a la que comés, dormís, paseás, jadeás y, en general, compartís toda tu puta vida.
Porque mirá: surge el amor. Y entonces pensás que es cosa de irse conociendo. Pero no: al poco te das cuenta de que en realidad se trata de desconocerse.
Hasta el final.
Y después vuelta a empezar.
Y en el fondo uno sospecha que no hay una meta, un sentido, un lugar al que llegar. Pero por el camino encontrás cosas.
Extravagantes, divertidas, hermosas.
Y quizá de hallazgos se alimente el amor.
Pero lo mejor es que te encuentren. Ojalá te encuentren. Porque todos sabemos la verdadera razón por la que uno decide esconderse.