Estaba pensando que enamorarse no es tanto un proceso delimitado como un aprendizaje continuo. Enamorarse es aprender a amar a la persona amada. Hasta el final. O hasta que uno decida poner fin al asunto y entonces toca desaprender todo lo amado.
Existen tantas formas de enamorarse como personas a las que amar. Los hay que se especializan y hacen la carrera, el master y el doctorado en un único y preciado amor. Otros, por el contrario, conciben la cuestión con ánimo despreocupado, curioso, diletante. Y aprenden una y otra vez, como si persiguieran, con el tiempo, una suerte de síntesis amorosa de todo lo desaprendido.
Frente a nuestra irresistible tendencia a aprender y desaprender -y los disgutos que acarrea- sólo es posible el escepticismo militante. El escepticismo es sano, siempre que no devenga en amargura. La clave, creo yo, es entregarse entonces a la hercúlea tarea de aprenderse a uno mismo. Milenios de soledad no bastan: es necesario salir de nuestro cuerpo, nuestra piel y nuestros huesos y observarse con una mezcla de objetividad y ternura.
Dibujar esquemas y organigramas.
Desaprender lo que haga falta.
Y aprender a enamorarse de quien, para bien o para mal, siempre estará ahí por cuestiones físicas, metafísicas y porque no hay más huevos: nosotros mismos.
Mi amor: ¿acaso no habra sido ése nuestro error? Te propongo lo siguiente: vos y yo nos desaprendemos el uno al otro por un tiempo y empezamos de nuevo la casa por los cimientos. Y el que aprenda primero a quererse a sí mismo puede emplear el tiempo restante en ayudar al otro.
Un poco como en el colegio, sólo que sin profesores pesados, sin pupítres, sin el compañero de atrás sorbiendo con delectación los mocos.
De verdad: seríamos tan felices si finalmente pudiéramos poner en común lo aprendido.
Tumbaditos en la cama: toda salpicada de apuntes, rotuladores, besos, boletines de calificaciones, manchas de tinta y -por fin- sinceridad.