miércoles, 24 de julio de 2013

Quiero besarte. 

Y tú estás ahí sentada con tus papeles y tus libros y esos formularios a cumplimentar que siempre te está mandando tu jodido jefe. 

Nah: la vida moderna y los sacrificios implícitos a toda carrera profesional perfecta siempre lo acaban dificultando todo.

Pero yo estoy aquí, sentado en el mismo sofá en el que tú estás sentada en este preciso instante.

Y quiero besarte.

Ahora observo esa forma tan victoriana que tienen tus dedos de pulsar las teclas y me pregunto cuál sería la estrategia más adecuada para lograr mi objetivo.

Puede que bastara con acercarme un poco más a ti.

O por el contrario: quizá debiera alejarme un poco más.

Yo qué sé: por hacerlo rápido.

Pero es que a veces todo es tan pragmático, tan indoloro: como si este cómodo silencio bastara para decirlo todo.

Tu a lo tuyo.

Y yo a lo mío.

Las facturas pendientes, montón de ropa tirada por el suelo, la cocina sin limpiar.

Afuera cantan los pájaros y luce el sol.

De verdad: compartir nuestras vidas siempre ha sido sencillo y hermoso.

No tengo ninguna queja.

Ni tampoco dudas.

Es sólo que quiero besarte.

Y voy a besarte.

Un beso amable, fugaz; en la mano o quizá en la frente, mientras me levanto en plan casual y te pregunto si quieres otro café.

Ya ves: como si hiciera falta una excusa, una acción adicional para acercarme a ti y besarte.

Como si ya me hubiera olvidado de cómo besarte.

Y es triste si lo piensas, mi amor.

Pero no te preocupes: ya vuelvo de la cocina.

Sólo estoy haciéndolo rápido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario