jueves, 30 de octubre de 2014
A ver, no es que los quieran. Es que los dejés querer. Y vaciar el corazón de prudencia. Y llenarlo de valentía. Y reconocerse imperfecto, elegir con ternura las palabras, decorar de forma hermosa el escenario, peinarse con la raya al lado. Y liberarse por fin del lastre del pasado. Y contemplar con benevolencia el futuro. Y ofrecer sin esperar nada a cambio. Y aprender a esperar todo lo demás con paciencia y algún ansiolítico. Y que el otro exista. Y que coincidás en el universo. Ahora sigo. Vayan sacando un cuaderno.
jueves, 2 de octubre de 2014
Existen ciertas personas, acaso caracterizadas por un alma infinitamente delicada y una infancia colmada de caprichos, que encuentran un raro placer deseando, lo que jamás podrán obtener. Dicha dinámica se acentúa con los años, los desengaños y los apetitos dulcemente incumplidos. Quién sabe: puede que todo sea debido a un mecanismo de defensa. O a un déficit de dopamina. O quizá de madurez. O a la certeza de que, cuanto mayor es la posesión del objeto deseado, menos se parece a lo que una vez anhelamos.
Es algo así como cuando te atan a la cama. Y no es sólo su cuerpo el que te envuelve, por así decirlo, cuando se deja caer lentamente a tu lado y sus dedos comienzan a recorrer tus expectativas, las pobres, tan expectantes y temblorosas.
Es su negación.
Son tus putas ganas.
Lo que realmente te arrulla entonces son tus ganas y, por un momento, sientes que el universo no ha de ser otra cosa que esa incipiente eclosión, ese instante detenido, esa culminación que, juguetona y cruel, se pospone una y otra vez ante tus ojos.
Aunque si notas que la cuerdecita se deshace, pum: el universo entero desaparece.
Vuelvo al principio: hay algo decididamente melancólico en prescindir de todo deseo factible. En la incapacidad de sentirte vivo de otro modo. En no querer llegar jamás al final del camino.
Habría que preguntarle a los niños, a los revolucionarios, a los neurólogos que salen por la tele.
O quizás no preguntar a nadie en absoluto.
El suicidio es opcional.
lunes, 29 de septiembre de 2014
Existe cierto tipo de pena de la que no suelen hablar los psicólogos, las revistas especializadas ni los poetas. De hecho, es posible que aún no tenga un nombre. Ni que lo tenga jamás: su naturaleza es demasiado vaga, indeterminada, nebulosa. No pincha como la amargura. Carece de la musicalidad de la nostalgia y tampoco se presta a un tratamiento cinematográfico, como ese desconsuelo beligerante que a veces se apodera de los niños, los cantautores y los moribundos.
Por carecer, hasta carece de lágrimas. En su lugar, prefiere manifestarse con algún suspiro impreciso, con un arrugar la frente, con un quedarse callado cuando todo el mundo está esperando a que digas algo.
Y entonces piensan: este chico no es feliz.
Vaya por Dios: a este chico le pasa alguna cosa.
La reacción posterior depende de una multiplicidad de factores. Quizás te preocupe. Quizás te sientas culpable. Quizás te sude la polla. Pero lo cierto es que, a poco que lo pienses, acabas coincidiendo en lo fundamental: algo te sucede.
Que algo habita en vos desde el día en que naciste. Que algo siempre te impulsa a volver sobre la cara amarga del placer, a problematizar lo sencillo, a probarte el abrigo antes de que muera el verano, a pasar más tiempo del necesario en el baño, a querer mucho a un gato muy antipático, a escuchar canciones larguísimas, que siempre acaban desquiciando a toda la buena gente que te rodea, harta también de tu gato y de la indefinición de tu pena.
Y que sea lo que sea, no tiene la menor intención de marcharse.
Que puede que, en realidad, debiéramos contemplarnos como una compleja combinación de gloria y porquería que necesita de sus propias contradicciones para existir.
Y que si es sólo nuestro, podemos llamarlo como queramos.
Así tampoco se marchará, supongo.
Pero de verdad: busquémosle un nombre bonito a esta mierda.
Por carecer, hasta carece de lágrimas. En su lugar, prefiere manifestarse con algún suspiro impreciso, con un arrugar la frente, con un quedarse callado cuando todo el mundo está esperando a que digas algo.
Y entonces piensan: este chico no es feliz.
Vaya por Dios: a este chico le pasa alguna cosa.
La reacción posterior depende de una multiplicidad de factores. Quizás te preocupe. Quizás te sientas culpable. Quizás te sude la polla. Pero lo cierto es que, a poco que lo pienses, acabas coincidiendo en lo fundamental: algo te sucede.
Que algo habita en vos desde el día en que naciste. Que algo siempre te impulsa a volver sobre la cara amarga del placer, a problematizar lo sencillo, a probarte el abrigo antes de que muera el verano, a pasar más tiempo del necesario en el baño, a querer mucho a un gato muy antipático, a escuchar canciones larguísimas, que siempre acaban desquiciando a toda la buena gente que te rodea, harta también de tu gato y de la indefinición de tu pena.
Y que sea lo que sea, no tiene la menor intención de marcharse.
Que puede que, en realidad, debiéramos contemplarnos como una compleja combinación de gloria y porquería que necesita de sus propias contradicciones para existir.
Y que si es sólo nuestro, podemos llamarlo como queramos.
Así tampoco se marchará, supongo.
Pero de verdad: busquémosle un nombre bonito a esta mierda.
miércoles, 2 de julio de 2014
No termino de acostumbrarme a que me digan 'tu mujer'. No la he comprado, no la guardo en una jaula. Ambos deambulamos libremente por la casa, cada uno a sus cosas; si bien es cierto que a veces nos cruzamos y yo la acorralo contra el quicio de la puerta y le digo: eres mía.
El posterior intercambio de adjetivos posesivos puede prolongarse durante varios minutos. O varios días. Pero al final, uno de los dos -generalmente ella, porque yo fui el hijo consentido de la familia y tengo una desmedida necesidad de posesión- se escurre como un gato maleado y corre a refugiarse en la otra punta del salón.
Una lectura, un mirar por la ventana, un estoy pero no estoy.
Y entonces yo me quedo observando ese huesecillo victoriano que se le dibuja sutilmente bajo el pelo recogido y me siento dichoso de haberlo poseído alguna vez. Y me da por pensar que lo que nos hace estar realmente enamorados no es tener a alguien entre las manos.
No, no, para nada: es sentirlo como un pajarillo que, en cualquier momento, podría echar a volar.
Y es por eso que no me acostumbro a que me digan 'tu mujer'. No quiero poseerla enteramente: prefiero pensar que, cualquier día, igual abro la puerta y descubro que se ha largado para siempre.
Eso me aterra.
Pero también me hace sentir bien. De un modo extraño, lo confieso.
Pero me hace sentir bien, jodidamente bien.
De verdad: ojalá la mujer con la que vivo nunca sea mía.
Aunque lo sea.
El posterior intercambio de adjetivos posesivos puede prolongarse durante varios minutos. O varios días. Pero al final, uno de los dos -generalmente ella, porque yo fui el hijo consentido de la familia y tengo una desmedida necesidad de posesión- se escurre como un gato maleado y corre a refugiarse en la otra punta del salón.
Una lectura, un mirar por la ventana, un estoy pero no estoy.
Y entonces yo me quedo observando ese huesecillo victoriano que se le dibuja sutilmente bajo el pelo recogido y me siento dichoso de haberlo poseído alguna vez. Y me da por pensar que lo que nos hace estar realmente enamorados no es tener a alguien entre las manos.
No, no, para nada: es sentirlo como un pajarillo que, en cualquier momento, podría echar a volar.
Y es por eso que no me acostumbro a que me digan 'tu mujer'. No quiero poseerla enteramente: prefiero pensar que, cualquier día, igual abro la puerta y descubro que se ha largado para siempre.
Eso me aterra.
Pero también me hace sentir bien. De un modo extraño, lo confieso.
Pero me hace sentir bien, jodidamente bien.
De verdad: ojalá la mujer con la que vivo nunca sea mía.
Aunque lo sea.
jueves, 12 de junio de 2014
Escribo porque me sale de los huevos. Escribo para reivindicar la dignidad de las cosas pequeñas, acaso demasiado frágiles para resistir la luz de sol. Escribo para optimizar mis posibilidades de reproducirme, para convertirme en alguien hermoso, para compensar esta necesidad de atusarme el pelo y abrocharme el abrigo todo el tiempo. Escribo por las razones más prosaicas: porque estoy resfriado, porque el baño está ocupado, porque se ha terminado el pan bimbo. Escribo porque nada nos salvará -sino escribir- de esta terrible vacuidad. Escribo para que me quiera, para aprender a quererla mejor, para que al menos me quede una buena historia que contar si algún día ella deja de quererme. Escribo porque me la pone dura. Escribo porque es lo único que sé hacer. Escribo porque de alguna manera hay que sobrellevar el ser pobre.
Tengan consideración: es muy duro todo esto.
Tengan consideración: es muy duro todo esto.
jueves, 5 de junio de 2014
He decidido que, a partir de ahora, voy a vivir como si nadie me hubiera hecho daño. Será difícil, pero quiero intentarlo: todo consiste en levantarme cada mañana y contemplar el mundo como si lo viera por primera vez.
Y al rato desayunar descalzo, saludar a los vecinos, leer el periódico como quien hojea un libro ilustrado. Y salir a la calle con la alegre convicción de que todo está aún por escribir. La de la frutería, la pareja de mormones, el agente de transito que, en su celo, comprueba dos veces cada ticket de aparcamiento antes de irse a tomar café. Porque es que ya no existe el miedo. Ni la duda. Todos ellos albergan un tesoro raro y precioso, una esperanza incierta, una enseñanza que depositar suavemente entre mis manos.
Y así seguiré caminando, ligero y ocioso, con la firme convicción de dejarme llevar por todo lo que me salga al paso, de saborear con ganas ese caramelo que me regala un desconocido, de ignorar sistemáticamente las señales de tráfico.
Así, así es como quiero vivir a partir de ahora: como un niño de pelo revuelto y ojos transparentes al que nunca nadie hubiera hecho daño.
Y bueno: tan sólo quiero pedirte perdón por todo el que te voy a hacer a ti.
Y al rato desayunar descalzo, saludar a los vecinos, leer el periódico como quien hojea un libro ilustrado. Y salir a la calle con la alegre convicción de que todo está aún por escribir. La de la frutería, la pareja de mormones, el agente de transito que, en su celo, comprueba dos veces cada ticket de aparcamiento antes de irse a tomar café. Porque es que ya no existe el miedo. Ni la duda. Todos ellos albergan un tesoro raro y precioso, una esperanza incierta, una enseñanza que depositar suavemente entre mis manos.
Y así seguiré caminando, ligero y ocioso, con la firme convicción de dejarme llevar por todo lo que me salga al paso, de saborear con ganas ese caramelo que me regala un desconocido, de ignorar sistemáticamente las señales de tráfico.
Así, así es como quiero vivir a partir de ahora: como un niño de pelo revuelto y ojos transparentes al que nunca nadie hubiera hecho daño.
Y bueno: tan sólo quiero pedirte perdón por todo el que te voy a hacer a ti.
martes, 6 de mayo de 2014
Por favor, ténganlo claro: los que hacemos esto somos malas personas.
Porque vale, podemos tener nuestros puntillos. Un fondo amable y cordial. Un extraordinario amor por los detalles. La inquebrantable voluntad de que nuestra vida sea más bella. Un paseo por el parque, una lluvia de verano, confidencias al abrigo de un portal o de esa cafetería tan bonita que hay subiendo la callecita y que tiene fotos de actores en blanco y negro y un piano.
Y uno siempre piensa: jo, este sabe escuchar.
O bien: hay que ver qué acierto tiene eligiendo cafeterías.
Pero es que ése es precisamente nuestro trabajo: escuchar y elegir. Por ejemplo: escuchar una miríada de comentarios ajenos y elegir el que mejor combine con una tarde de amor o un desencuentro.
Y claro, siempre nos queda bien. Muy bien, en realidad. No es por nada. Son ya muchos años de estadísticas, entrevistas personales, campamentos de verano.
Y cuando nos reconocen la valía, esbozamos media sonrisa. Después, agachamos con humildad la cabeza y decimos: gracias.
Pero hasta eso se lo hemos robado a alguien.
Alguien que nos dio las gracias una vez.
Otra mariposa pinchada en un alfiler.
De verdad: no concibo oficio más triste que éste. De acuerdo, las flores son exuberantes. El esfuerzo, sincero. Pero detrás no hay nada. Si acaso, un seleccionado puñadito de cadáveres.
Y cuando se cierra el telón, cuando se descubre la farsa y el viento se lleva todas las palabras, quizá observes un intento de honestidad en nuestro gesto.
Un reconocer, un admitir, un encarar la verdad con valentía y porte adulto:
-Sí, soy una mala persona -dije yo.
Y me largué con las manos en los bolsillos, el semblante avergonzado. Me puse el pijama y me lamí el orgullo frente al televisor.
Al rato, ya pensaba en cómo escribir sobre todo ello.
Porque si la historia es hermosa, la matanza es lo de menos.
Y ese convencimiento es el que nos convierte en verdaderos hijos de puta.
Tampoco quiero justificarme.
Pero ojalá estas flores merezcan la pena.
Porque vale, podemos tener nuestros puntillos. Un fondo amable y cordial. Un extraordinario amor por los detalles. La inquebrantable voluntad de que nuestra vida sea más bella. Un paseo por el parque, una lluvia de verano, confidencias al abrigo de un portal o de esa cafetería tan bonita que hay subiendo la callecita y que tiene fotos de actores en blanco y negro y un piano.
Y uno siempre piensa: jo, este sabe escuchar.
O bien: hay que ver qué acierto tiene eligiendo cafeterías.
Pero es que ése es precisamente nuestro trabajo: escuchar y elegir. Por ejemplo: escuchar una miríada de comentarios ajenos y elegir el que mejor combine con una tarde de amor o un desencuentro.
Y claro, siempre nos queda bien. Muy bien, en realidad. No es por nada. Son ya muchos años de estadísticas, entrevistas personales, campamentos de verano.
Y cuando nos reconocen la valía, esbozamos media sonrisa. Después, agachamos con humildad la cabeza y decimos: gracias.
Pero hasta eso se lo hemos robado a alguien.
Alguien que nos dio las gracias una vez.
Otra mariposa pinchada en un alfiler.
De verdad: no concibo oficio más triste que éste. De acuerdo, las flores son exuberantes. El esfuerzo, sincero. Pero detrás no hay nada. Si acaso, un seleccionado puñadito de cadáveres.
Y cuando se cierra el telón, cuando se descubre la farsa y el viento se lleva todas las palabras, quizá observes un intento de honestidad en nuestro gesto.
Un reconocer, un admitir, un encarar la verdad con valentía y porte adulto:
-Sí, soy una mala persona -dije yo.
Y me largué con las manos en los bolsillos, el semblante avergonzado. Me puse el pijama y me lamí el orgullo frente al televisor.
Al rato, ya pensaba en cómo escribir sobre todo ello.
Porque si la historia es hermosa, la matanza es lo de menos.
Y ese convencimiento es el que nos convierte en verdaderos hijos de puta.
Tampoco quiero justificarme.
Pero ojalá estas flores merezcan la pena.
lunes, 28 de abril de 2014
Yo tenía una amiga rara que era más guapa que todas ustedes juntas.
Mi amiga tenía los ojos azul cielo, se hacía de un peinado sencillo, se bamboleaba lentamente cuando cantaba el estribillo de Champagne Supernova, me mandaba mensajes a todas horas, tenía un fondo noble y unas tetas gigantescas.
Ay: qué bonita era mi amiga rara.
Y no es que uno se hubiera pasado toda la vida deseando meterle el pene en su boca. Pero corrían días de sol y viento, habíamos pasado los exámenes satisfactoriamente -ella algo peor que yo- y nos arrastraba una suerte de fuerza despreocupada y hermosa. No teníamos compromisos significativos. Tampoco quedaban ya demasiados bares abiertos.
Y ella tenía muchas ganas de ponerme el último disco de Aphex Twin.
De modo que decidimos ir a su casa, sentarnos en su cama y aguardar, mientras ambos agitábamos la cabeza al compás de aquellos ruiditos, hasta que sucediera algo.
Y al día siguiente, nos levantamos frescos y energéticos. Preparamos dos buenos desayunos. Nos dimos un abrazo sentido. Ella saludó con desdén a su hermano, que asomó con aire perplejo la cabeza desde su cuarto.
La verdad: yo estaba algo avergonzado. Pero entonces ella sonrió, me miró largamente con aquellos ojos tan enormes y benevolentes. Después, trajo el disco y me lo dejó en préstamo.
-Este no lo pierdas -dijo.
-Procuraré no hacerlo -contesté yo.
Y nos dimos un besito.
Tiene mala fama eso de jugar con los sentimientos de la gente. Te acaban echando la bronca, acusándote de manipulador y colgándote en una horca imaginaria mientras te dicen adiós con un pañuelo empapado de despecho y mocos.
Pero yo siempre he pensado que, bueno, no siempre hay malicia en nuestra frivolidad. Se parece un poco a escribir: lo importante es que quede compensado y elegante. Elegir bien los puntos de giro y los adjetivos. Que el desenlace pinche como una navaja y que todo lo que lo preceda alumbre como un suave candil.
Saltarse las normas, desprenderse de la culpa, escapar de esta mierda de mundo, vestir con esmero y ternura tus propias mentiras.
Y así fue cómo yo me entregué a Natalie. Por ejemplo: yo sabía que, en definitiva, ella me estaba comenzando a querer. Y ella sabía que yo lo sabía y que, acaso, jamás podría quererle de la misma manera. Pero comprábamos dos frappuccinos, nos sentábamos en un parque y dejábamos caer la cabeza del uno suavemente contra la del otro.
Entonces, ella decía:
-Me encanta la forma de tu dedo pulgar.
Y yo susurraba:
-Vámonos a tu casa.
Y nada, hacíamos lo que podíamos. Yo siempre me sentía algo violado: pero me encantaba dejarme caer sobre su pecho, que era extraordinariamente suave y blanco. Y deslizar juguetonamente los dedos por su vientre hasta agarrarle el clítoris, que era perfecto.
Ella se estremecía, jadeaba, me agarraba del culo. Yo me sentía como un anhelado objeto de deseo, un hombre precioso y extraterrestre, uno muy loco.
Dios mío: yo tenía tantos complejos con dieciocho años.
Y mi amiga rara me los quitó de dos polvazos.
Ay: qué bonita era.
Lo cierto es que así se fueron sucediendo muchos días de sol y viento. Y guardo muchos recuerdos extravagantes y alegres. Y también su mirada, esa mirada tan inocente y pura que acariciaba la mía como un mágico bálsamo.
Y que siempre me decía: tranquilo, todo está bien.
Pero en fin: aquel verano, conocí a alguien. Ella era mentirosa, ciclotímica, anoréxica y puta.
Qué quieren que les diga: a ella sí la quise enseguida.
Y mecido por la misma y despreocupada fuerza que me llevó a los brazos de Natalie, pasé de su culo de un día para otro, cambié de teléfono y jamás la volví a ver.
Y bueno: al poco tiempo, supe que se había suicidado.
Supongo que debería explicar cómo me sentí entonces, qué clase de monstruo vi reflejado en el espejo, de qué manera comencé a contemplar a las personas a partir de de ese preciso instante. Pero eso es otra historia.
Porque lo que yo en realidad quería decir es que aún guardo aquel disco que me prestó mi amiga rara.
Y que me gustaría prestárselos para que lo escuchen.
Verán: no es lo típico de Aphex Twin. Ella lo compró muy caro en una tienda de Managua y estaba lleno de caras b, de delicados arreglos, de frágiles pianos, de chisporroteos, de luciérnagas, de estrellas.
No sé, es muy, muy bonito.
Por lo que a mí respecta, contarles esta historia con los adjetivos adecuados es lo único bonito que puedo ofrecer de mí mismo.
La verdad: no la volveré a contar nunca jamás.
Mi amiga tenía los ojos azul cielo, se hacía de un peinado sencillo, se bamboleaba lentamente cuando cantaba el estribillo de Champagne Supernova, me mandaba mensajes a todas horas, tenía un fondo noble y unas tetas gigantescas.
Ay: qué bonita era mi amiga rara.
Y no es que uno se hubiera pasado toda la vida deseando meterle el pene en su boca. Pero corrían días de sol y viento, habíamos pasado los exámenes satisfactoriamente -ella algo peor que yo- y nos arrastraba una suerte de fuerza despreocupada y hermosa. No teníamos compromisos significativos. Tampoco quedaban ya demasiados bares abiertos.
Y ella tenía muchas ganas de ponerme el último disco de Aphex Twin.
De modo que decidimos ir a su casa, sentarnos en su cama y aguardar, mientras ambos agitábamos la cabeza al compás de aquellos ruiditos, hasta que sucediera algo.
Y al día siguiente, nos levantamos frescos y energéticos. Preparamos dos buenos desayunos. Nos dimos un abrazo sentido. Ella saludó con desdén a su hermano, que asomó con aire perplejo la cabeza desde su cuarto.
La verdad: yo estaba algo avergonzado. Pero entonces ella sonrió, me miró largamente con aquellos ojos tan enormes y benevolentes. Después, trajo el disco y me lo dejó en préstamo.
-Este no lo pierdas -dijo.
-Procuraré no hacerlo -contesté yo.
Y nos dimos un besito.
Tiene mala fama eso de jugar con los sentimientos de la gente. Te acaban echando la bronca, acusándote de manipulador y colgándote en una horca imaginaria mientras te dicen adiós con un pañuelo empapado de despecho y mocos.
Pero yo siempre he pensado que, bueno, no siempre hay malicia en nuestra frivolidad. Se parece un poco a escribir: lo importante es que quede compensado y elegante. Elegir bien los puntos de giro y los adjetivos. Que el desenlace pinche como una navaja y que todo lo que lo preceda alumbre como un suave candil.
Saltarse las normas, desprenderse de la culpa, escapar de esta mierda de mundo, vestir con esmero y ternura tus propias mentiras.
Y así fue cómo yo me entregué a Natalie. Por ejemplo: yo sabía que, en definitiva, ella me estaba comenzando a querer. Y ella sabía que yo lo sabía y que, acaso, jamás podría quererle de la misma manera. Pero comprábamos dos frappuccinos, nos sentábamos en un parque y dejábamos caer la cabeza del uno suavemente contra la del otro.
Entonces, ella decía:
-Me encanta la forma de tu dedo pulgar.
Y yo susurraba:
-Vámonos a tu casa.
Y nada, hacíamos lo que podíamos. Yo siempre me sentía algo violado: pero me encantaba dejarme caer sobre su pecho, que era extraordinariamente suave y blanco. Y deslizar juguetonamente los dedos por su vientre hasta agarrarle el clítoris, que era perfecto.
Ella se estremecía, jadeaba, me agarraba del culo. Yo me sentía como un anhelado objeto de deseo, un hombre precioso y extraterrestre, uno muy loco.
Dios mío: yo tenía tantos complejos con dieciocho años.
Y mi amiga rara me los quitó de dos polvazos.
Ay: qué bonita era.
Lo cierto es que así se fueron sucediendo muchos días de sol y viento. Y guardo muchos recuerdos extravagantes y alegres. Y también su mirada, esa mirada tan inocente y pura que acariciaba la mía como un mágico bálsamo.
Y que siempre me decía: tranquilo, todo está bien.
Pero en fin: aquel verano, conocí a alguien. Ella era mentirosa, ciclotímica, anoréxica y puta.
Qué quieren que les diga: a ella sí la quise enseguida.
Y mecido por la misma y despreocupada fuerza que me llevó a los brazos de Natalie, pasé de su culo de un día para otro, cambié de teléfono y jamás la volví a ver.
Y bueno: al poco tiempo, supe que se había suicidado.
Supongo que debería explicar cómo me sentí entonces, qué clase de monstruo vi reflejado en el espejo, de qué manera comencé a contemplar a las personas a partir de de ese preciso instante. Pero eso es otra historia.
Porque lo que yo en realidad quería decir es que aún guardo aquel disco que me prestó mi amiga rara.
Y que me gustaría prestárselos para que lo escuchen.
Verán: no es lo típico de Aphex Twin. Ella lo compró muy caro en una tienda de Managua y estaba lleno de caras b, de delicados arreglos, de frágiles pianos, de chisporroteos, de luciérnagas, de estrellas.
No sé, es muy, muy bonito.
Por lo que a mí respecta, contarles esta historia con los adjetivos adecuados es lo único bonito que puedo ofrecer de mí mismo.
La verdad: no la volveré a contar nunca jamás.
jueves, 24 de abril de 2014
Yo tenía un recuerdo.
Mi recuerdo estaba hecho -o eso dicen de los recuerdos- a base de una combinación precisa de descargas eléctricas y lipoproteinas. Pero también de sol, viento, largas tardes de dibujos animados y preguntas ociosas.
Rollo: ¿por qué nunca dejan ganar al malo?
Aunque sólo sea un poquito.
O también: ¿por qué yo soy este niño y no cualquier otro?
La verdad, no sé qué decir. Intenté preservarlo. Intenté cuidar de este recuerdo -que también estaba hecho de amor, inmensidad y pan con chocolate- durante largo, largo tiempo.
Lo resguardé del frío y de la lluvia, en una caja de zapatos.
Para que estirase las piernas, lo llevaba de paseo al parque.
Y con el fin de protegerlo del polvo, la madurez y los arañazos, le pasaba cada día un paño.
El caso es que supongo que debería sentirme afortunado: en este preciso instante, deben de estar muriendo incontables recuerdos.
Y lo cierto es que el mío me acompañó en multitud de ocasiones:
La primera vez que me drogué.
El día de la comunión, que cayó en mayo.
Cuando planeaba, con mucha incertidumbre y estrategia, mi primer gran beso.
Cuando no conseguía entender absolutamente nada.
Cuando me explicaron que debía llenar mi vida de sensatez y vaciarla de inocencia.
Pero entonces me sentaba frente al armario de los zapatos y siempre volvía a ti: cálido e infinito, como esas tardes de verano en el que el mundo todavía podía ser cualquier cosa.
Esa sensación de que aún podías cagarla todas las veces que quisieras: simplemente eso.
No sé: yo tenía un recuerdo.
Pero de tanto cuidarlo se me murió.
Pobre recuerdo mío, con lo bonito que tú eras.
Mi recuerdo estaba hecho -o eso dicen de los recuerdos- a base de una combinación precisa de descargas eléctricas y lipoproteinas. Pero también de sol, viento, largas tardes de dibujos animados y preguntas ociosas.
Rollo: ¿por qué nunca dejan ganar al malo?
Aunque sólo sea un poquito.
O también: ¿por qué yo soy este niño y no cualquier otro?
La verdad, no sé qué decir. Intenté preservarlo. Intenté cuidar de este recuerdo -que también estaba hecho de amor, inmensidad y pan con chocolate- durante largo, largo tiempo.
Lo resguardé del frío y de la lluvia, en una caja de zapatos.
Para que estirase las piernas, lo llevaba de paseo al parque.
Y con el fin de protegerlo del polvo, la madurez y los arañazos, le pasaba cada día un paño.
El caso es que supongo que debería sentirme afortunado: en este preciso instante, deben de estar muriendo incontables recuerdos.
Y lo cierto es que el mío me acompañó en multitud de ocasiones:
La primera vez que me drogué.
El día de la comunión, que cayó en mayo.
Cuando planeaba, con mucha incertidumbre y estrategia, mi primer gran beso.
Cuando no conseguía entender absolutamente nada.
Cuando me explicaron que debía llenar mi vida de sensatez y vaciarla de inocencia.
Pero entonces me sentaba frente al armario de los zapatos y siempre volvía a ti: cálido e infinito, como esas tardes de verano en el que el mundo todavía podía ser cualquier cosa.
Esa sensación de que aún podías cagarla todas las veces que quisieras: simplemente eso.
No sé: yo tenía un recuerdo.
Pero de tanto cuidarlo se me murió.
Pobre recuerdo mío, con lo bonito que tú eras.
martes, 21 de enero de 2014
lunes, 20 de enero de 2014
A la atención de los que se pasan el día haciendo juicios sobre lo bueno, lo malo y el correcto equilibrio de las cosas; de quienes tienen clarísimo qué es el arte, quién puede escribir y quién no, a quién le ha sido dado bailar antes los ojos del mundo entero o, por el contrario, debería conformarse con menear un poquito la cabeza los viernes en su cuarto; de los que dejan caer sus juicios como una losa de mármol y después se van silbando; de los que te sugieren que no lo intentes, que no merece la pena, que ya lo ha hecho otro antes; de los que se limpian las gafas con una gamuza y no paran hasta encontrar esa errata, ese titubeo, esa mala pincelada en un día de debilidad; de los garantes de todo lo valioso, lo bello, lo virtuoso: no sé, tóquenme los huevos.
martes, 14 de enero de 2014
La otra noche, mi padre me sacó al jardín y dijo señalando las ventanas del bloque: ése, ése, ése y ése se han muerto. Y ése también.
Lo cierto es que se trata del típico pueblo de extrarradio que surgió a golpe de desarrollismo y cuyos habitantes tradicionales poco a poco van cediendo paso a otros que no son ellos.
Y bueno: sé que nada dura para siempre, que la vida está viva, que es el natural devenir de las cosas, que todo es un eterno retorno de lo mismo.
Pero jo: qué pena tiene que dar quedarse solo.
Lo cierto es que se trata del típico pueblo de extrarradio que surgió a golpe de desarrollismo y cuyos habitantes tradicionales poco a poco van cediendo paso a otros que no son ellos.
Y bueno: sé que nada dura para siempre, que la vida está viva, que es el natural devenir de las cosas, que todo es un eterno retorno de lo mismo.
Pero jo: qué pena tiene que dar quedarse solo.
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