martes, 29 de octubre de 2013

Se colocará frente a ti y dirá algo. 

Por ejemplo: galleta. 

O bien: dragón de colores. 

Y tú te sentirás, al principio, bastante confundido: no es sencillo penetrar en la extraordinaria capacidad de síntesis de un niño de dos o cuatro años.

Entonces le preguntarás: ¿quieres jugar con el dragón?

O quizás: ¿quieres otra galleta?

Pero su ceño fruncido te revelará, al instante, que no era eso lo que quería decir, que debes esforzarte más, que quizás deberías recordar aquel tiempo en que una sola palabra era un mundo y en el que, por algún hermoso sortilegio, el mundo entero podía caber en una sola palabra.

Y te rascarás la cabeza. Y mirarás a tu alrededor. Y te sentirás torpe en tu eficacia, incapaz en tu pericia, insuficiente a pesar de tu dilatada trayectoria vital plasmada en un curriculum a doble espacio.

Pero bueno, pensarás: bah, jodete mocoso.

Y le harás un arrumaco en la cabeza, justo antes de encaminarte a la cocina en busca de una cervecilla.

Allí encontrarás al dragón de colores: sentado en lo alto de la lavadora junto a unos pedacitos mordisqueados de galleta.

Y te volverás corriendo para preguntarle: oh, ¿acaso el dragón se comió tu galleta?

Te sonreirá y seguirá a lo suyo.

La putada es que nunca lo sabrás.

Pero te invadirá, al poco rato, una sensación extraña, profunda, epidérmica, casi mágica; como si de algún modo cualquier cosa siguiera siendo posible y esa diminuta cría de homínido guardara, en su perfecta inocencia, el verdadero significado de todas las palabras del mundo.

En serio: ojalá algún día tengan la oportunidad de enseñar a hablar a un niño.

Ojalá algún niño les ayude a ustedes a recordar.

sábado, 26 de octubre de 2013

Yo sólo les digo una cosa: no se sientan culpables. Al final, la culpabilidad no es más que un oscuro e insano proceso mental cuyo fin no es otro que sumirte en una perversa espiral hasta destruirte por completo.

En serio: no se dejen atrapar por eso.

Masturbense o algo.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Bien, hoy les voy a contar la historia de la chica que lloraba.

Y es que joder: lloraba todo el tiempo. 

Cuando nos conocimos por uno de esos extraños azares en un karaoke de Huertas y me contó la triste historia de una madre hiperprotectora que truncó su carrera como bailarina, se echó a llorar. Cuando quise consolarla explicándole que, en realidad, nuestra vida es una sucesión de acontecimientos sin mucho sentido ni coherencia entre sí, también se echó a llorar.

Aún recuerdo que, cuando nos acercamos a la barra a pedir un par de cervezas, la pobre continuaba gimoteando.

Yo le dije:

-Pero bueno, ¿es que no piensas dejar de llorar?

Me miró fijamente a los ojos, como si mis palabras hubieran atravesado, aunque fuera por un instante, su calabozo de pena y hubiesen activado un secreto resorte.

Y nada, se echó a llorar aún más fuerte.

Con todo, la chica que lloraba nunca me cayó mal. Tenía unos bonitos ojos azules, un fondo cordial y sincero; y un sorprendente gusto para combinar las sandalias, el vestido de verano y sus lagrimas.

Salimos a la pista a bailar, ya medio tajados. Tenía una curiosa manera de moverse al ritmo de la música y las luces, cerrando los ojos y bamboleándose lentamente de un lado al otro. Observé de nuevo el vestido, que caía graciosamente hasta sus rodillas y le daba un aire como de fiesta de graduación de instituto americano. Arrastraba los pies muy lentamente y en diminutos círculos que encontraban su epicentro en un pequeño tacón negro.

Se me puso vagamente tiesa.

Pero entonces se acercó a mí con los ojos muy abiertos:

-Escucha -dijo-, el hecho de que estemos bailando juntos no significa que al final nos vayamos a acostar, ¿vale?

A mí me entró un repentino ataque de orgullo y le tomé las manos:

-¿Sabes, querida? -le espeté con mi sonrisa más amable-. Yo estaba a punto de decirte exactamente lo mismo.

La chica que lloraba torció de pronto el gesto:

-¿Decirme qué?
-Pues eso, que esto no significa que al final vayamos a acostarnos juntos -contesté.

Entonces sus grandes ojos se abrieron aún más, fragmentándose en una mirada de reflejos cristalinos, al estilo de los dibujos animados japoneses.

Y bueno: se echó a llorar otra vez.

Como la cosa comenzaba a transcurrir por derroteros bastante alejados ya de toda lógica y razón, le dije que, quizá, estaría bien que nos fuéramos de aquel sitio y diéramos un paseo.

-Ya verás, un poco de aire fresco te sentará bien.

Creo que eso la serenó. Caminamos lentamente bajo la luna de verano y hablamos de esto y aquello, deteniéndonos de vez en cuando en los escaparates a oscuras, riéndonos a ratos -era hermoso verla reír- y fantaseando con la posibilidad de que, quizás, algún día, podríamos repetir ese mismo paseo comiéndonos un helado.

Como cosa curiosa, les contaré que, en una de esas calles cerca de mi apartamento, un negro nos ofreció cocaína. Ella lo observó durante un momento con gesto lacónico y -cómo no- acabó llorando desconsoladamente.

El tipo de marchó de allí indignadísimo:

-Oiga, señorita -dijo-, tampoco creo yo que sea para ponerse así.

Yo la abracé y le dije: vamos, vamos.

Y al tercer semáforo, nos besamos. No fue un beso cinematográfico, desaforado, memorable. Pero sí un beso bonito, entrañable, como si nos encontráramos dentro de una incipiente burbuja que nos envolvía lentamente y nos protegía un poco del mundo, tan hostil a veces.

-¿Sabes lo que realmente me da pena? -dijo-. Que nunca sé lo que quieren los demás de mí. Que nunca sé cómo debo actuar para no hacer daño a los demás. Y al final, todo el mundo se va. ¿A ti no te da pena eso? -dijo mientras entrelazaba suavemente sus dedos en los míos-. ¿No te da pena que todo el mundo se vaya?

Por un segundo, estuve a punto de contestar. Pero acabé sugiriéndole que, tal vez, ya era demasiado tarde y debíamos coger un taxi. Compartimos uno y, antes de bajarme, nos volvimos a besar.

-Te llamaré -dijo ella.
-Hazlo -dije yo, despidiéndome con la mano.

Por aquella época, yo vivía en un departamento de estudiantes cerca de mi universidad. Metí la llave en la cerradura y corrí a encerrarme en mi habitación. Aterricé en la cama y entonces me dio por pensar en lo que acababa de decir la chica que lloraba: el modo en que la gente siempre acaba marchándose en un loco juego del escondite global que siempre nos deja con los pies empapados y el estómago hecho trizas.

De pronto, el teléfono sonó: era ella, la chica que lloraba.

Pero no le contesté: dejé sonar el timbre hasta que, al cabo del rato, pude acurrucarme de nuevo en el silencio.

Imagino que, con el fin de darle cierta estructura emocional a esta historia, podría decir que no cogí el teléfono porque, cuando me llamó la chica que lloraba, yo tampoco pude evitar echarme a llorar.

Pero no fue así: lo cierto es que me sentí vacío, impasible, como si mis tripas y mis sentimientos llevaran largo tiempo en el congelador, perfectamente conservados en un ambiente aséptico, indoloro: a salvo de todos los demás.

Y bueno, supongo que eso no es llorar.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Poco se habla de que, si uno se lo propone, es capaz de abstraerse y contemplar el mundo como una tupida red de dependencias emocionales, un juego del escondite global, una sucesión infinita de ausencias. 

Y de cómo, si uno vuela lo suficientemente alto, puede observar al fin la panorámica completa: el que no cogió el teléfono porque temía escuchar su propia voz, el que mintió porque no sabía quién era, el que se marchó porque recibió más amor del que creía merecer.

No sé, nuestro tiempo es escaso. Y supongo que, en definitiva, no somos más que reacciones químicas que se agitan desesperadamente, siempre a la busca de algo que no sabemos qué es pero que intuímos, casi vislumbramos cuando parece que lo tenemos por fin sobre la palma de la mano y se nos acaba deslizando entre los dedos.

Pero seguimos buscando, escudriñando los escaparates y las librerías, contemplando cada amanecer con inquebrantable voluntad científica. Y también mirándonos de reojo en el autobús, invitándonos a café y atándonos a la cama para acabar, el domingo por la tarde, resumiendo el asunto en nuestro cuaderno de notas con un lacónico: vaya, pues esto tampoco era.

En serio, poco se habla de que, si uno mira a suficiente distancia, la única certeza es nuestra propia soledad.

Y de lo tragicómico que resulta, a veces, comprenderlo todo.



miércoles, 9 de octubre de 2013

Llámenme narcisista, llámenme idealista, pero a veces fantaseo con que la Ciencia, en un sin par descubrimiento, concluya que yo, el que escribe estas líneas, soy un ser único e irrepetible.

No sé, algo así como un elegido, alguien tocado por los mismísimos Dioses, la quintaesencia de la creación, el mejor de todos los hombres.

Y que el día en que me muera, con el fin de descubrir el secreto de tan extraordinaria y sublime virtud, decidan destriparme.

Empezarían por la piel, supongo. Introducirían el bisturí con sumo cuidado y destreza, delimitando todas y cada una de las zonas de mi cuerpo. Tirarían entonces de mi epidermis con unas fuertes tenazas (no sé si este instrumento forma parte del protocolo clínico habitual, pero en fin: yo quiero que sea con tenazas) y me despellejarían lentamente, comenzando por mis piernas, mi espalda, mi torso y mis brazos; y continuando por mi cara, que sería depositada sobre un aséptico recipiente de metacrilato.

Después, mis músculos. Uno a uno. Cortarían los ligamentos que los unen a mis huesos y los irían colocando en una serie de receptáculos de plástico. Aquí los bíceps, ahí el diafragma. Y quizá, en unas pequeñas cajitas transparentes, los que posibilitan que pueda cerrar los ojos o sonreír.

En fin: todo lo delicado.

Y puedo sentir la expectación, la increíble excitación que flota en la estancia a medida que los científicos van acercándose al secreto de mi perfección.

Ha de estar ahí, en alguna parte.

Empiezan a extraer entonces cada uno de mis órganos: mis pulmones, mis intestinos, mi corazón. Los miden, los pesan, los analizan. Mandan pequeñas muestras a laboratorios de Sidney y Pekín. Y continúan con la disección hasta llegar finalmente a mi cerebro, que toman sobre sus manos con una mezcla de emoción y solemnidad, como se si se tratase de una reliquia sagrada, un raro tesoro.

Y bueno, ahí me tienen, frente a sus ojos.

Todo lo que soy, todos y cada uno de los tejidos que forman mi cuerpo. Desnudado con precisión analítica, despojado de todo lo que alguna vez me confundió con el resto de seres humanos.

Sí, eso es lo que quiero: que me destripen a mí, al más elevado entre todos los hombres; que me observen detenidamente, que me estudien durante largos años con objeto de hallar el secreto de todo lo bello, todo lo bueno que había en mí.

Y que al final, no encuentren nada.




Quizás madurar consista en renunciar a todo lo bello que una vez imaginaste con el fin de parecerte a la gente que te pide insistentemente que madures.

Por favor, seamos cautos.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Pero sí es cierto que hubo un tiempo en que sencillamente nos dejábamos llevar como si nada malo pudiera pasarnos. O mejor dicho: como si la sola posibilidad de que alguien pudiera aprovecharse de nuestra inocencia no existiera, plenos de amor y entrega, sonriendo a cada persona que encontrábamos a nuestro paso y exponiéndonos delicadamente a su influencia con la inconsciente certeza de que todos tenían algo importante que enseñarnos.

Y de este modo, el mundo era un mundo nuevo cada día: cálido, insondable y mágico. Y se sucedían los días de sol y viento. Y nos concedíamos contemplar el futuro como si se tratase de un lejano planeta poblado por seres fabulosos: un lugar en el que, quizás, podría hacerse posible cualquier cosa que imagináramos.

Pero para todo hay una primera vez, supongo.

Y bueno: fue entonces cuando alguien nos hizo daño.

martes, 1 de octubre de 2013

Dicen por ahí que amar significa aceptar al otro con sus fallos, estupideces y puntos feos y, aún así, ver perfección en sus imperfecciones.

Pero lo que yo pienso es que amar significa aceptarse uno mismo con todos sus fallos, estupideces y puntos feos para no caer en la tentación de esperar que el ser amado debe ser perfecto.

En fin, armarse de honestidad y decir: a ver, este soy yo, enséñame lo tuyo y vamos a intentar crear algo bello juntos.

A veces funciona y entonces es sensacional.