miércoles, 30 de agosto de 2017

Se levantó del sofá y buscó por todos lados cigarros. Mientras lo hacía, se hizo varias miradas distraídas frente al espejo y se recolocó el moño con dos pinzas más que llevaba guardadas en la bolsita del vestido. A Dios pongo por testigo: qué bellísima era. Soy consciente de que, hoy en día, este tipo de afirmaciones no causan un gran impacto y que pueden ser tildadas de superficiales e incluso dañinas si consideramos la belleza como un instrumento de control social y menoscabo de las cualidades espirituales. Pero me importa bastante poco: qué bellísima era.

Era bellísima por la mañana, bañada por la claridad del piso orientación suroeste, con la mirada perdida en el vaso de café y el recuerdo de algún sueño escurridizo e impertinente. Era bellísima al mediodía, todo vitalidad y carbohidratos, componiendo una canción con su bonita voz o taladrando las paredes para colocar un cuadro. A primera hora de la tarde también era bellísima, aunque un poco menos porque generalmente se ponía de mal humor y yo entiendo la belleza de forma holística, inclusiva, trascendente. Pero por la noche ya volvía a ser bellísima a rabiar, pues su humor mejoraba y, con él, su capacidad para relativizar los problemas.

—Tengo un problema —me dijo de pronto.
—¿Qué problema? —contesté.

Se sentó de nuevo en el sofá con las manos sobre el regazo y la mirada esquiva. Se rascó la cabeza. Encendió un cigarrillo.

—Quiero terminar con lo nuestro.