lunes, 22 de agosto de 2016

Creo que buena parte del camino se emplea en averiguar quién sos y qué deseas para vos mismo. No es sencillo. Uno debe entregarse cada día a la observación metódica del yo, de los otros, del universo entero. Sortear el ardid del estereotipo, la tentación de la complacencia. Y cuando al fin creés que entre tus manos has atesorado un precioso granito de conocimiento, ponerlo en práctica con cautela, apuntar en un cuaderno milimetrado los resultados, relativizar con blues y drogas los fracasos. Se requiere un espíritu incansable y la firme voluntad de desandar el camino cuantas veces sea necesario. Mucho ánimo a todos. Al final te morís.

martes, 16 de agosto de 2016

En realidad es sencillo: el tiempo lo destruye todo. De forma indiferente e implacable. Sin distinciones. Sin apenas darte cuenta. La primera comunión. La primera decepción. El primer instante de manos inexpertas  y muslos pubescentes bajo las luces temblorosas de un faro de la calle de tu barrio. El romance fallido. La dieta fallida. El asesinato fallido. La esperanza que, caprichosa, se coló ayer por la ventana y pellizcó tu corazón. El autobus que partió al mediodía. Los sueños rotos de la infancia. La alegría, el despecho, la nostalgia, la inocencia, el dinero que te fumaste. El profundo agujero negro en el que caerás mañana. Los días, las semanas, los meses que pasarán hasta que alguien consiga rescatarte. La agónica carencia de oxígeno, la insoportable quietud que te empuja una y otra vez a estrellarte los sesos contra la pared. Voces de alarma, sirenas de ambulancias, chalecos reflectantes. Las mentiras que dijiste. El perdón que nunca supiste pedir. La gripe.

En serio, el tiempo lo jode todo.

El tiempo es un hermoso aliado.

martes, 9 de agosto de 2016

Tenemos la posibilidad de acurrucarnos. En la almohada, en el orgullo, en el colchón inflable, en la desesperanza. Acurrucarse —reconozcámoslo— tiene sus ventajas: descansás los músculos, para evitarte explicaciones alegás una fuerte migraña y, si te aburrís, te hacés una paja. Tenemos los antidepresivos, pero los efectos del tratamiento no son perceptibles hasta al menos cuatro semanas. Tenemos la cocaína, dulce y fugaz como un suspiro, si bien tiene el inconveniente de que te pones tan intenso que tus broderes no te aguantan. Tenemos la autoindulgencia, traumas irresolubles, explicaciones perfectamente lógicas de cada una de nuestras derrotas. Tenemos un psicólogo buenísimo que además se tira el rollo y deja pagar a plazos. Y sobre todo, el valor de entender, de una vez por todas, que ya es hora de renunciar a algunos sueños. O la sabiduría de concluir: no merece la pena confiar en nadie salvo en uno mismo. Tenemos la opción de dar mil vueltas sobre la misma jodida cosa, perdernos en infinitos rodeos y ni siquiera llegar a acariciar lo que en realidad amamos; apuntarnos a otro posgrado, cultivar el cinismo, hablar con ella sin mirarla a los ojos, cambiarnos de acera, evitar los espejos, escribirlo todo en un precioso diario con candado. Tenemos tanto miedo. Y eso es todo. Supongo.
Recuerdo mi infancia como un flipe continuo frente a los aspectos más obvios de la realidad. Yo era el niño que, en lugar de marcar goles, se apenaba por el hecho de que los porteros pasaran casi todo el partido en soledad. Yo era el niño que se imaginaba el paso del verano al invierno como una lucha entre gigantes de fuego y viento. Yo era el niño que se sentaba en un borde y se preguntaba por qué tenía que vivir en su cuerpo y no podía hacerlo en el de cualquier otro. Yo era el niño que se interrogaba una y otra vez sobre el misterio del amor, cómo era posible que la gente se quisiera, qué había que hacer, cómo funcionaba, si podías apuntarte a ello como a las clases de música o informática.

Echo la vista atrás y recuerdo con benevolencia aquellos dilemas de tardes infinitas y ociosa inocencia.

Pero el caso es que sigo exactamente igual.