miércoles, 4 de diciembre de 2013

Esto es nuestro, Nicole Bonilla.


Que me acaricies la culpabilidad. Que me arrulles la culpabilidad durante largo rato, desde la punta a la base, en un loop tierno y tormentoso, hasta dejarme finalmente tirado en la cama, agitado, lloriqueando, con mi pobre culpa a mil por hora.

Listo para sentencia.

Que te coloques muy cerca de mi cara, de modo que, mire dónde mire, tan sólo encuentre tu palpitante vacío existencial. Y yo queriendo, jadeando, muriéndome por llenar ese vacío que enmarques con tus dedos, describiendo espirales más y más amplias con el fin de mostrarme, de manera un tanto cruel, lo delicado y profundo de tus carencias.

Y que mi culpabilidad no pare de dar saltitos. Y con cada nueva espiral se haga más evidente nuestro deseo de llenar tu incompletud con mis delitos. Mi rollo sea anhelar lo que me estaba prohibido poseer. Y el tuyo exhibir como una zorra lo que, en el fondo, siempre has tenido miedo de entregar.

Y con el paso del tiempo, entender que el fin no era tanto poseernos como dilatar eternamente aquel instante, que era nuestro y de nadie más, psicológicamente coherentes, excitados como sólo pueden estarlo los mismísimos dioses.

Pero en fin: también somos humanos.

De modo que, en algún momento, al final acabemos por rendirnos el uno al otro, comernos a besos, hundirnos en aquella cama como si estuviera hecha de arenas movedizas.

Después, me tomes la mano:

—Ven conmigo.

Y que así acaben siempre nuestros encuentros: muy desnudos y abrazados, tu rostro sobre mi pecho, meándonos tiernamente en el baño.

Yo qué sé: la cosa es que nos queramos mucho.

Y dejarlo todo muy limpito.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Yo tenía una novia que era ciclotímica, mentirosa, anoréxica y puta.

Nos queríamos un montón, la verdad.
Han pasado ya algunos años, pero recuerdo vivamente montarme en el bus y empezar a fantasear con su pelo rubio y sus ojos de husky siberiano.
Aquél era un tiempo difícil, lleno de preocupaciones. Mirabas a tu alrededor y no tardabas en intuirlo: todo el mundo estaba preocupado por algo. Por ejemplo: el diseño de una brillante carrera profesional. O bien: las cancelaciones de última hora de algún concierto.
Aunque sinceramente: a mí nada de eso me importaba. Porque lo cierto es que, por aquella época, toda mi existencia, mi justificación completa como individuo en el mundo dotado de razón y sentimientos giraba únicamente en torno a Ella.
Y es que me levantaba por las mañanas y pum: me la pelaba pensando en Ella. Tomaba asiento en el bus y en fin: hubiera querido, hubiera deseado con todas mis fuerzas sacármela allí mismo y compartir con el resto de viajeros lo mucho que yo la amaba.
En serio: ojalá hubiese podido.
Porque aquél no era un bus cualquiera: era el que me llevaba a casa de Ella.
Recuerdo la primera vez que me invitó: yo estaba nervioso porque acabábamos de conocernos y al parecer sus padres podían volver en cualquier momento. Cuando llegué al rellano, me encontré con la puerta abierta:
-Hola -dijo ella desde la cocina.
Entré y me quité el suéter. Ella había preparado un banquete: una gran fuente con carne en salsa, queso, embutidos, y otra serie de cosas que no les sé el nombre.
-¿Qué es eso? -acerté a preguntar.
-No lo sé, solo lo preparé sin saber que era -dijo Ella.
Me encogí de hombros.
-Vaya, ¿has preparado todo esto para mí?
Ella se echó en mis brazos y me dio un gran beso en la boca.
-Más que eso -dijo-. Lo he robado para ti.
-¿Qué...? ¿Qué quieres decir?
-Ven conmigo -dijo Ella.
Me condujo a la sala. En la televisión había un canal de vídeos musicales. Se dejó caer en el sofá con cierto aire de bailarina derrotada que le era muy característico:
-A veces voy al super mercado a robar -explicó-. Quiero decir: no es que lo necesite. Simplemente me encanta ir allí y llenarme la mochila de cosas de comida, colonia y maquillaje. ¿Tú nunca robas nada?
-Bueno -dije-, una vez robé un libro de Owen Barfield, pero lo acabé dejando por la mitad.
-¡Oh, si quieres, podemos ir algún día a robar juntos! -exclamó-. ¿Sabes? Te voy a decir algo que no le suelo decir a nadie: me gustas mucho.
Nos besamos de nuevo. Creo que yo la cogí de la cintura y la puse sobre mí.
Recuerdo la extrañeza que me producía su cuerpo en aquellos primeros momentos: tan liviano, tan esbelto, como si estuviera comprimido por alguna prenda invisible. Y también su pelo: dorado, despeluchado y quebradizo.
-Creo que tú también me gustas a mí -le dije entonces a Ella.
Me rodeó con sus brazos:
-Ya, pero seguro que tú sí le dices eso a muchas chicas.
Lo cierto era que tenía razón: le decía eso a todas las chicas. De algún modo, formaba parte de un ritual, una suerte de protocolo de interacción básico a seguir con todas las mujeres que conocía. Pero con Ella era distinto: era como si no tuviese necesidad alguna de decírselo pero, aun así, sintiera el impulso de hacerlo.
Sentí vergüenza.
-Se va a enfriar la cena -dije.
Nos sentamos en la mesa de la cocina. Abrimos una botella de Coca Cola y servimos dos vasos.
-Por las cosas que nunca nos diremos -brindamos, sí, con Coca Cola.
Nos echamos a reír. Creo que yo entonces me serví un poco de carne y queso en el plato. Bebería algo más de Coca Cola -supongo- y empezaría a comer.
Pero fue entonces cuando Ella se levantó de la mesa, abrió el refrigerador y sacó un tomate. Le pegó un mordisco al tomate y se volvió a sentar. Se quedó mirándome con un gesto de total normalidad.
-¿Tú no vas a comer de esto? -le pregunté.
-No -dijo-. Yo ya he comido.
Dejó el tomate mordisqueado sobre la mesa.
Yo qué sé: así era Ella.
Aquella noche hicimos varias veces el amor en su habitación. A dónde quiera que miraras, todo estaba lleno de peluches y cajas de colores. Siempre me parecieron demasiados para una chica de diecisiete años. Pero así era el cuarto de Ella: un lugar donde todo era hermoso.
Y también algo triste
-Escucha -le susurré mientras acariciaba su finísimo pelo-, creo que yo puedo ayudarte. Me refiero a que podemos estar juntos. Si tú quieres.
Ella se levantó de la cama y se quedó mirando por la ventana.
-¿Sabes? -dijo de pronto-. A veces me pregunto cómo es posible que nunca dejen de pasar autos por ahí. Quiero decir: mires a la hora que mires, siempre hay gente yendo y viniendo.
Me levanté de la cama y la abracé por la espalda. Y allí estábamos nosotros, asomados a la ventana frente al incesante rugir de los automóviles en la pista.
-Sí, es curioso -contesté al cabo del rato-. No sé si es que hay demasiada gente o demasiados lugares a los que ir.
Se giró hacia mí:
-Prométeme que no me harás daño -dijo.
Miré de nuevo a mi alrededor: todo era tan hermoso.
Y tan triste.
La abracé. La abracé tan fuerte como pude.
Creo que podría escribir un libro sobre Ella y el modo en que comenzó a formar parte de mi vida desde aquel instante. Mi primer impulso sería dedicar muchos capítulos a contar de qué forma tan jodidamente extraña y loca hacíamos el amor.
Pero no: sospecho que lo que mejor describiría nuestra relación es el modo en que salíamos por ahí a drogarnos y ella acaba totalmente ida, cayéndose de las tarimas de las discotecas y escabulléndose con todos los chicos que le salían al paso. También la forma en que yo me preocupaba constantemente por ella mientras trataba de sobrellevar mi propia moral y la acababa sacando a la calle para que le diera el aire. Y de cómo nos importaba una mierda que nos echaran de los sitios, cómo enfilábamos por la calle, absolutamente locos, sin saber a dónde puta íbamos.
Y cómo nos besábamos. Cómo nos besábamos todo el tiempo.
Pero no lo tengo claro: desconozco qué lugar del arco dramático le corresponde a cada uno de los episodios. Todo se vuelve confuso y me gustaría que el libro diera cuenta detallada de cómo transcurrieron los acontecimientos.
Me gustaría hablar de cómo algo bello, espontáneo y despreocupado se convirtió poco a poco en un interminable serial de reproches. De cómo ambos deambulábamos sobre el abismo y finalmente nos dejamos caer. De todas las ocasiones en que me llamaba llorando a las cuatro de la madrugada. Y también de cierto día en que estuve a punto de partirle la cara, allí, en la habitación en que la abracé por primera vez.
Creo que incluso hablaría de cuando me invitaron a comer sus padres y no paraban de preguntarme todo el tiempo -algo circunspectos- si trabajaba o estudiaba.
Y de cómo, finalmente, un día llamé a su puerta y Ella no abrió. De cómo no me volvería a abrir nunca.
Y de cómo me fui de allí al cabo del rato, confundido, con las manos metidas en los bolsillos. De cómo me subí en el bus para volver a mi casa. Y de cómo lloré aquella mañana.
De verdad: lloré tan fuerte que grité.
Pero bueno: quizá no escriba ningún libro. En cierto sentido, creo que el mejor modo de hablar de algo bonito es no hablar de ello en absoluto.
Tampoco sé muy bien por qué estoy escribiendo esto. Puede que Ella lo lea. Y no tengo ni idea de cómo se lo tomará.
Hace demasiado tiempo que no hablamos.
Pero en serio: me gustaría saber cómo has estado.
Me gustaría saber si has encontrado a dónde ir.