No sé si les pasa que a veces sentís el extraño pero irrefrenable impulso de salir a la calle y gritar tan alto como sea posible. Pero no me refiero a chillar como en una protesta, sino a un grito primario, esencial; un grito que brote desde lo más profundo de tu ser y rompa tu garganta en mil pedazos.
Y que se eleve, que se eleve por encima de los árboles, los coches y los centros comerciales. Que atraviese como un puto rayo las capas de la atmósfera y se pierda en el espacio, volviéndose más vacío y animal a su paso por cada planeta, por cada estrella temblorosa -de eso les hablo: de un grito que haga estremecer a las estrellas- y continúe su camino, indolente y ensordecedor, hasta quizás -Joder: esto sería tan hermoso- clavarse en la mismísima vagina de la Vía Láctea, una y otra vez, sin sentido ni piedad, de modo que tu grito y los chillidos de esa zorra se entrelacen e implosionen, finalmente, en un atronador orgasmo cósmico.
Pero entonces suena el móvil y alguien te indica que, si quieres cenar en casa, o si vas a pedir comida a domicilio.
Y nada: ahí te quedas, debatiéndote entre tu furiosa necesidad de afirmarte como individuo irrepetible en el mundo y poner la carne a descongelar.
En fin, gracias a todos.
Ha estado bien hablar de ello.
lunes, 30 de septiembre de 2013
jueves, 19 de septiembre de 2013
Qué difícil es todo lo que importa.
Y puede que lo sea precisamente por eso: porque importa.
O quizás porque, cuando algo empieza a importarnos, nuestro cerebro se precipita por un abismo de ansiedad y neurotransmisores, alejándonos poco a poco de lo que en realidad nos importaba.
Y claro: a veces se hace difícil recordarlo.
Hay tantos lugares en los que perderse. Tantos detalles. Tantos anhelos. Tantas culpabilidades.
Pero aquí estamos: tú y yo, mi boca y la tuya unidas por un hilillo de saliva casi invisible, mirándonos a los ojos con la certeza de que, en este mismo instante, somos plenamente conscientes de lo que verdaderamente importa.
Y de que será difícil.
Es como si los dos acabáramos de volver de un largo camino.
Un camino tenebroso, plagado de lugares donde perderse.
Pero aquí seguimos: tú y yo, nuestras discusiones, tus dificultades y las mías, la confianza temblorosa.
Yo qué sé, abrázame.
En serio: deja que te abrace tan fuerte como pueda.
Y puede que lo sea precisamente por eso: porque importa.
O quizás porque, cuando algo empieza a importarnos, nuestro cerebro se precipita por un abismo de ansiedad y neurotransmisores, alejándonos poco a poco de lo que en realidad nos importaba.
Y claro: a veces se hace difícil recordarlo.
Hay tantos lugares en los que perderse. Tantos detalles. Tantos anhelos. Tantas culpabilidades.
Pero aquí estamos: tú y yo, mi boca y la tuya unidas por un hilillo de saliva casi invisible, mirándonos a los ojos con la certeza de que, en este mismo instante, somos plenamente conscientes de lo que verdaderamente importa.
Y de que será difícil.
Es como si los dos acabáramos de volver de un largo camino.
Un camino tenebroso, plagado de lugares donde perderse.
Pero aquí seguimos: tú y yo, nuestras discusiones, tus dificultades y las mías, la confianza temblorosa.
Yo qué sé, abrázame.
En serio: deja que te abrace tan fuerte como pueda.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Resulta inquietante, pero la mayoría de las situaciones tristes de la vida me producen indiferencia y tan sólo soy capaz de llorar con las películas.
Hace tiempo, leí que lo que nos hace llorar de las películas es contemplar cómo sus protagonistas han de soportar todo tipo de desdichas que sobrepasan con mucho su capacidad de sufrimiento. Y el modo en que, casi vencidos -cercados por el fuego enemigo, desesperados por una carta de amor que nunca llega- se ponen en pie y deciden sacrificarse en aras de algo que va mucho más allá de sí mismos.
No como nosotros, que somos unos mierdas.
En realidad, creo que eso es lo que verdaderamente nos hace llorar de las películas: lo poco que se parecen a la vida.
Hace tiempo, leí que lo que nos hace llorar de las películas es contemplar cómo sus protagonistas han de soportar todo tipo de desdichas que sobrepasan con mucho su capacidad de sufrimiento. Y el modo en que, casi vencidos -cercados por el fuego enemigo, desesperados por una carta de amor que nunca llega- se ponen en pie y deciden sacrificarse en aras de algo que va mucho más allá de sí mismos.
No como nosotros, que somos unos mierdas.
En realidad, creo que eso es lo que verdaderamente nos hace llorar de las películas: lo poco que se parecen a la vida.
jueves, 12 de septiembre de 2013
Anoche, cuando nos metimos en la cama, yo me quedé muy quietecito, en mi lado, tratando de quedarme dormido sin hacer demasiado ruido.
Yo qué sé: hay días y días.
Y supongo que ayer no era el día.
Buenas noches, dijiste.
Pero entonces sentí el irrefrenable impulso de volverme hacia ti y engancharme desesperadamente a tu brazo como se enganchan los koalas a la rama del árbol.
Y te pregunté: ¿me quieres?
Tú contestaste -ya medio dormida- que sí, que mucho.
Después te arropaste y sorbiste los mocos.
Yo seguía enganchado a ti, pero decidí que quizás debía incorporarme un poco para resaltar mi preocupación en el contexto de una cálida y acogedora cama a las dos y media de la madrugada:
¿Estás constipada? -te pregunté.
Y tú emitiste un leve ronquido, seguido de un silbido ascendente que se perdió lentamente entre las sábanas.
Nada que hacer, pensé.
Y volví corriendo a engancharme a mi rama.
Cerré los ojos. Luego los volví a abrir.
Te observé durante un instante, tan perfecta e indolente, como una de esas diosas griegas que aparecen adormecidas en los cuadros bajo un manto de terciopelo que se desliza suave y graciosamente hasta dejarlas con una teta al aire.
Me pasé muy despacio la mano por la frente.
Igual el que se está poniendo malo soy yo, dije.
Tú me respondiste con otro ronquido.
Y luego otro, ya de clara naturaleza sostenida y contundente.
Elevé un poco la voz:
¿No tienes frío, mi amor?
Creo que fue entonces cuando al fin conseguí despertarte. Recuerdo que lo hiciste en un suspiro, pero sin sobresaltos. Te giraste hacia mí y me diste un beso en una mano.
De pronto, me miraste fijamente a los ojos, como quien cae en la cuenta de algo:
¿Estará nuestra hija bien arropada?
Suspiré. Me levanté a duras penas. Recorrí el pasillo y abrí la puerta. Y allí estaba nuestra pequeña: acurrucada, arropada y por completo ajena a mis padecimientos conyugales.
Volví a nuestro dormitorio y me tumbé de nuevo a tu lado.
Asentí con la cabeza.
Tú sonreíste.
Buenas noches, dijiste.
Y ahí me quedé yo, muy quieto en mi lado de la cama, tratando de encontrar otra buena excusa con la que mantenerte despierta.
Un poco más, al menos.
Yo qué sé: hay días y días.
Y supongo que ayer no era el día.
Buenas noches, dijiste.
Pero entonces sentí el irrefrenable impulso de volverme hacia ti y engancharme desesperadamente a tu brazo como se enganchan los koalas a la rama del árbol.
Y te pregunté: ¿me quieres?
Tú contestaste -ya medio dormida- que sí, que mucho.
Después te arropaste y sorbiste los mocos.
Yo seguía enganchado a ti, pero decidí que quizás debía incorporarme un poco para resaltar mi preocupación en el contexto de una cálida y acogedora cama a las dos y media de la madrugada:
¿Estás constipada? -te pregunté.
Y tú emitiste un leve ronquido, seguido de un silbido ascendente que se perdió lentamente entre las sábanas.
Nada que hacer, pensé.
Y volví corriendo a engancharme a mi rama.
Cerré los ojos. Luego los volví a abrir.
Te observé durante un instante, tan perfecta e indolente, como una de esas diosas griegas que aparecen adormecidas en los cuadros bajo un manto de terciopelo que se desliza suave y graciosamente hasta dejarlas con una teta al aire.
Me pasé muy despacio la mano por la frente.
Igual el que se está poniendo malo soy yo, dije.
Tú me respondiste con otro ronquido.
Y luego otro, ya de clara naturaleza sostenida y contundente.
Elevé un poco la voz:
¿No tienes frío, mi amor?
Creo que fue entonces cuando al fin conseguí despertarte. Recuerdo que lo hiciste en un suspiro, pero sin sobresaltos. Te giraste hacia mí y me diste un beso en una mano.
De pronto, me miraste fijamente a los ojos, como quien cae en la cuenta de algo:
¿Estará nuestra hija bien arropada?
Suspiré. Me levanté a duras penas. Recorrí el pasillo y abrí la puerta. Y allí estaba nuestra pequeña: acurrucada, arropada y por completo ajena a mis padecimientos conyugales.
Volví a nuestro dormitorio y me tumbé de nuevo a tu lado.
Asentí con la cabeza.
Tú sonreíste.
Buenas noches, dijiste.
Y ahí me quedé yo, muy quieto en mi lado de la cama, tratando de encontrar otra buena excusa con la que mantenerte despierta.
Un poco más, al menos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
