sábado, 22 de junio de 2013

A veces sueño con un mundo sin deudas. Pero no me refiero al dinero. Que le follen al dinero. Hablo de sentimientos. De favores. De fluidos. Hablo de no tener que devolver ninguna caricia y, por tanto, de sentirse plenamente libre de dejar caer nuestras manos sobre un pedazo de piel del mismo modo en que respiramos: sin pedir cuentas después. 

Hablo de de abolir los turnos de limpieza del baño. En serio: destruyamos de una puta vez los turnos de limpieza del baño, sepultémoslos bajo una tonelada de cemento, corramos un tupido velo y miremos para otro lado.

Y es que, ¿acaso ha existido mayor error en la historia de la Humanidad?

Yo digo: no.

Y en este mismo instante propino un sonoro golpe en la mesa.

Y continuemos, continuemos después con todo lo imaginable: el intercambio de libros, las preguntas que exigen una respuesta, las brillantes carreras profesionales con que los hijos deben compensar las privaciones de sus padres, media hora de dibujos a cambio de terminar los deberes, yo te he dado la vida y toda esa movida que siempre sale a relucir a la hora del café con tostadas.

Ojalá existiese un dios cruel y vengativo, al estilo de las tragedias griegas, a quien culpar por nuestro cautiverio.

Que no está hecho de hierro, sino de culpabilidad.

Pero es que no lo hay.

Y ésa es la verdadera tragedia.

viernes, 14 de junio de 2013

Es curioso cómo nos encontramos y nos desencontramos todo el tiempo. Puede que al modo de esos pajaritos veraniegos que, allá, en lo alto, danzan en perfectas espirales hasta que un golpe de viento (quizá todo se reduzca a eso: al viento) los separa violentamente hasta perderse para siempre en el cielo.

O bien, desde una perspectiva científica: quizá no seamos más que moléculas que flotan libremente en el éter, chocan entre sí, se invitan a café, se olfatean el culo y proyectan animadamente la compra de una casa en el mar.

Pero es que al final, en virtud de algún misterioso proceso químico, no tardamos en alejarnos unos de otros.

Pero siempre cabe la posibilidad de que nos encontremos de nuevo. Personalmente, siempre he pensado que las personas no somos verdaderamente capaces de mirarnos a los ojos si no es al cabo de un largo viaje.

No sé: ojalá este escondernos y encontrarnos tuviera algún sentido, una suerte de meta final, una cena con velitas, al cabo de muchos años, en la que al fin nos tomemos las manos para no volver a soltarnos jamás.

Porque se sufre, se sufre tanto a lo largo del proceso.

Y el caso es que no existe otra forma de amar.

Lo dicho: qué loco es todo.

miércoles, 12 de junio de 2013

Esas ganas de pegarse un tiro de buena mañana que, afortunadamente, van diluyéndose en una suerte de rabia domesticada, un puñetazo en la mesa, un maldecir frente a las últimas noticias económicas, un mirar por la ventana y tratar de rescatar dos o tres recuerdos positivos, esperanzadores; lo suficiente compensatorios como para acabar el proceso sentado en el sofá, tomando café y sumido en un estado de resignada apatía.

Ah: "Dios" aprieta, pero no ahoga.

martes, 11 de junio de 2013

¿Se han fijado en que es imposible encontrar a otro ser humano que no tienda a juzgar permanentemente cada mínimo aspecto de tu vida?

Querer, lo llaman.

Y el caso es que ya he vivido lo suficiente para saber que todas nuestras certezas son absurdas, arbitrarias y absolutamente prescindibles.

A veces pienso: ¿y si invirtiéramos todo ese tiempo en contar historias, escuchar las de otros o hacernos cosas bonitas con los dedos, los pies y la lengua?

No habría nada.

Pero no: en lugar de eso, seguimos forjando una infinita cadena de culpabilidades con cada ser humano que encontramos a nuestro paso.

Una cadena pesada, dolorosa: casi indestructible.

También lo llaman vivir.