No sé hasta qué punto nos damos cuenta de que todo puede ser dicho. Es más: que todo debería ser dicho, prescindiendo del decoro y las ordenanzas de tu vida, las convicciones y esos inexpugnables muros que levantamos frente al otro a modo de mecanismos defensivos.
Pues yo digo: que le jodan a los muros de piedra. Que le jodan a las cartas pastorales. Todo, absolutamente todo debería ser dicho hasta que, un buen día, quizá nos encojamos de hombros y, mirándonos de reojo, nos demos cuenta de que ya no queda nada más por decir.
Para decir que ya no nos queda nada que decir, necesariamente, hay que decir algo. Pero nah: sólo será otro charquito por cruzar. Y siempre hacia adelante contra viento y marea. Sin dejar de decir las cosas que aún nos quedarán por decir. Contra todo y contra todos. Porque nos da la puta gana. Porque podemos decirlas. Porque tenemos ojos, lengua y piel. Porque, en el momento en que comencemos a callar, también dejaremos de existir. Porque merece la pena. Por amor al arte. Por probar.
Eso es: probemos a decir todo lo posible.
Y a ver qué pasa.
Al fin y al cabo, las palabras sólo son eso: palabras.
El daño ya lo hacen otros.