He estado echando cuentas y creo estar en disposición de afirmar que, mucho antes de conocerte, yo ya te quería.
Y sí: ya sé que no soy el primero que dice esto, que es posible encontrar conjeturas similares en las dedicatorias de las novelas, en las carpetas de los trabajos universitarios, en los estribillos en sol menor de cualquier cantautor hijo de puta.
Pero bueno, yo no soy cualquier habla mierda: tengo pruebas científicas.
Porque si observás muy, muy atentamente las principales obras maestras del Barroco, coincidirás conmigo en que, allá por el 1683 yo ya te amaba con toda la magnitud de los claroscuros y las poses afectadas de los santos.
Año más, año menos: hago lo que puedo.
Pero es que también es evidente que, en la Edad Media, yo te deseaba ya con la sumisión del caballero para con su dueña; y que en la época de las mastabas y la movida cuneiforme, también te adoraba como a una diosa fértil; y que incluso en el Paleolítico, cuando aún no había hipotecas multidivisa y la cosa se apañaba con unos cuantos árboles frondosos y tan antiguos como la tierra, yo ya quería llevarte al huerto.
Y eso que aún no había huertos.
Imagináte.
Y bueno: ahora que en la secundaria y documentales de TV he aprendido sobre física cuántica y astronomía sospecho que, allá por el Big-Bang, yo ya bebía los vientos por vos.
De hecho, intuyo que la partícula extremadamente densa y explosiva que fue el origen de todo, no fue una partícula cualquiera: éramos nosotros.
Folleteando, arañándonos, ardiendo a eones de distancia.
Pero claro: no nos conocíamos porque aún no había nada por conocer.
El caso es que tengo todos los datos, todas las intuiciones: tan sólo me falta completar unos esquemas y rellenar unas gráficas. Pero vamos: he decidido escribirte esto porque quería adelantarte los resultados de mi investigación.
Lo único que me jode es no poder conocer de igual forma el futuro: eso sólo lo pueden hacer los dioses.
Y yo tan sólo soy un loco.
Porque te confesaré algo: con todo, a veces me pregunto si seremos capaces de querernos mañana.
Y no obtengo ninguna respuesta empíricamente válida.
En realidad, no encuentro respuesta alguna.
Y eso me mata.
lunes, 14 de diciembre de 2015
miércoles, 9 de diciembre de 2015
Aunque yo hoy lo que quiero es estar muy pegadito a vos.
Que nuestros pies se acaricien, que nuestros brazos se enreden, que tu piel y la mía se toquen en cada centímetro hasta que obtengamos la evidencia empírica e incuestionable de que, en fin: ya es imposible estar más pegaditos.
Y partir de ahí, tratar de apretujarnos aún más, desafiando las leyes de la física, la mesura y esos manuales de montaje conceptuales que dan los cabrones de cada aparato electrónico. Porque si todo se derrumba, da igual: nos hundiremos sobre los restos de la cama como si fueran arenas movedizas.
Pero seguiremos pegaditos, que es lo único que yo quiero.
Y bueno: ya sé que la ajetreada vida moderna y nuestra extraña tendencia a los desencuentros -y eso que, en esta vida, nos encontramos todo el tiempo- siempre lo acaban dificultando todo.
Pero en fin, seré sincero: si accedés por pena, en realidad no me importa demasiado. Si lo hacés, en cambio, para satisfacer tus propias e irrefrenables necesidades epidérmicas, pues bueno, mucho mejor, claro: a dónde va a parar.
Aunque si al final consientes -sólo es otro ejemplo- porque temes secretamente que yo sea un loco peligroso con una motosierra escondida en alguna parte, pues tampoco pasaría nada.
Si es que a mí me da todo igual con tal de poder estar muy pegadito a vos, mi amor.
Y follarte, follarte hasta hacerte gritar. Follarte con mimo, saliva y sangre. Follarte hasta que, al fin, nos despeguemos con violencia y caigamos cada uno sobre nuestro respectivo lado del colchón, temblorosos y jadeantes.
Luego ya si eso abrimos para ventilar.
Que nuestros pies se acaricien, que nuestros brazos se enreden, que tu piel y la mía se toquen en cada centímetro hasta que obtengamos la evidencia empírica e incuestionable de que, en fin: ya es imposible estar más pegaditos.
Y partir de ahí, tratar de apretujarnos aún más, desafiando las leyes de la física, la mesura y esos manuales de montaje conceptuales que dan los cabrones de cada aparato electrónico. Porque si todo se derrumba, da igual: nos hundiremos sobre los restos de la cama como si fueran arenas movedizas.
Pero seguiremos pegaditos, que es lo único que yo quiero.
Y bueno: ya sé que la ajetreada vida moderna y nuestra extraña tendencia a los desencuentros -y eso que, en esta vida, nos encontramos todo el tiempo- siempre lo acaban dificultando todo.
Pero en fin, seré sincero: si accedés por pena, en realidad no me importa demasiado. Si lo hacés, en cambio, para satisfacer tus propias e irrefrenables necesidades epidérmicas, pues bueno, mucho mejor, claro: a dónde va a parar.
Aunque si al final consientes -sólo es otro ejemplo- porque temes secretamente que yo sea un loco peligroso con una motosierra escondida en alguna parte, pues tampoco pasaría nada.
Si es que a mí me da todo igual con tal de poder estar muy pegadito a vos, mi amor.
Y follarte, follarte hasta hacerte gritar. Follarte con mimo, saliva y sangre. Follarte hasta que, al fin, nos despeguemos con violencia y caigamos cada uno sobre nuestro respectivo lado del colchón, temblorosos y jadeantes.
Luego ya si eso abrimos para ventilar.
martes, 3 de noviembre de 2015
Te dicen que madurés. Te lo dicen a todas horas y por todos los medios posibles. Te lo dicen en la tele. Te lo dicen los libros: tan polvorientos, tan sabios. Te lo dicen en tu casa delante de un amargo plato de gallo pinto con queso que parece que no se termina nunca. Te lo dicen en la escuela. Luego te lo vuelven a decir en la universidad, fundamentado, esta vez, en algún sistema filosófico de valores y creencias que goza de gran veneración por parte de innumerables sabios en sus áreas de conocimiento y que también viene a decir: madura de una puta vez.
Te dicen que la vida no es como en las películas. Que todo tiene un principio y un final. Te dicen que uno debe aprender a resignarse, a vivir con lo que tiene, a no desear precisamente aquello que está comenzando a acariciar con la punta de los dedos. Te dicen que hay que aprovechar la oportunidad sólo porque alguien —muy maduro— te la está ofreciendo y no debes defraudarle.
Te dicen que el tiempo corre, que se escapa el bus, que se te pasa el arroz. Te dicen que, hombre, ya está bien, que cada cosa tiene su edad. Te invitan así a entender la vida como una serie de compartimentos independientes y estancos: aquí el trabajo, aquí la familia, aquí una controlada dosis de frenesí en forma de cócteles con aceitunita y luces de colores.
Te encierran en una cárcel de tiempo, en un ritual interminable de relaciones sociales, en un apartamento-exposición de cincuenta metros cuadrados de concreto armado. ¿Feliz? Bueno, a veces. A fin de cuentas, ¿quién puede asegurar que es feliz del todo? Y siempre con esa sensación, esa sospecha punzante de que tu verdadera vida pasa ante tus ojos mientras vos te dedicás a sonreír cordialmente al público.
Y digo yo, ¿para qué vivimos? ¿De verdad alguien piensa que podemos hacernos merecedores de esta frágil y diminuta porción de tiempo que nos ha sido dada si no la utilizamos para follarnos la vida de cabo a rabo, para pasarnos por la piedra todo lo establecido y poner el mundo del revés?
Madurar: que le follen.
Pocos enigmas tan indescifrables como la persona junto a la que comés, dormís, paseás, jadeás y, en general, compartís toda tu puta vida.
Porque mirá: surge el amor. Y entonces pensás que es cosa de irse conociendo. Pero no: al poco te das cuenta de que en realidad se trata de desconocerse.
Hasta el final.
Y después vuelta a empezar.
Y en el fondo uno sospecha que no hay una meta, un sentido, un lugar al que llegar. Pero por el camino encontrás cosas.
Extravagantes, divertidas, hermosas.
Y quizá de hallazgos se alimente el amor.
Pero lo mejor es que te encuentren. Ojalá te encuentren. Porque todos sabemos la verdadera razón por la que uno decide esconderse.
sábado, 25 de julio de 2015
Vamos a ver: la belleza sólo es el producto arbitrario de la combinación de millones de caracteres genéticos. No conviene hacerse ilusiones. Todo sucede en segundos. Apenas ambos progenitores describen con urgencia y sudores la maniobra final, sus hebras de ácido desoxirribonucleico se entrecruzan, se cercenan, se funden en una ceremonia de amor paralela y milimétrica.
Después, un gran silencio.
Y ya está. La suerte está echada. Todas las posibilidades estaban abiertas, pero sólo una se ha hecho posible. Quizás te haya caído en gracia la nariz respingona, contenida y aristocrática de tu padre. Pero puede que se lleve a susto limpio con el dibujo de los labios de tu madre que, por su exuberancia, habría combinado mejor con el tabique nasal prominente y un fenotipo más exótico, asilvestrado, curtido al viento y al sol pero definitivamente improbable al ser uno natural de Matagalpa.
Por otra parte, existe un tradicional consenso al afirmar que, de padres y madres bellos, salen permutaciones cromosómicas generalmente apañadas. Pero ni siquiera eso nos libera de la incertidumbre. Pues si a las enzimas, proteínas y otros materiales pegajosos involucrados en el procedimiento les da por joderte la existencia, te la joderán sin miramientos. Sin juicios morales. Sin grandes aspavientos. Sin posibilidad de réplica ni reclamación.
No hay justicia en las moléculas.
Y en la vida, menos.
No pretendo ahondar más en esta problemática: desconozco los pormenores bioquímicos que sin duda habrían de arrojar algo más de luz sobre este desigual reparto de la belleza.
Tampoco estoy teniendo en cuenta los contextos socioculturales ni los cánones estéticos derivados de cada caso.
Porque entonces te conocí a vos. Estabas muchísimo mejor recombinada que yo, la verdad. Y llevabas un vestido blanco y una flor en el pelo. Hablamos de nuestras infancias. También algo acerca de un trámite burocrático. Decidimos facilitarnos la vida. Acabamos entrelazados en un baño de discapacitados. Nos dio mucha vergüenza. Nos dimos los teléfonos. Quedamos para otro día.
Así sucesivamente.
Y bueno: sigo mirándome de reojo al espejo.
Pero que le jodan.
Con vos he aprendido a sentirme valioso.
lunes, 29 de junio de 2015
Estaba pensando que enamorarse no es tanto un proceso delimitado como un aprendizaje continuo. Enamorarse es aprender a amar a la persona amada. Hasta el final. O hasta que uno decida poner fin al asunto y entonces toca desaprender todo lo amado.
Existen tantas formas de enamorarse como personas a las que amar. Los hay que se especializan y hacen la carrera, el master y el doctorado en un único y preciado amor. Otros, por el contrario, conciben la cuestión con ánimo despreocupado, curioso, diletante. Y aprenden una y otra vez, como si persiguieran, con el tiempo, una suerte de síntesis amorosa de todo lo desaprendido.
Frente a nuestra irresistible tendencia a aprender y desaprender -y los disgutos que acarrea- sólo es posible el escepticismo militante. El escepticismo es sano, siempre que no devenga en amargura. La clave, creo yo, es entregarse entonces a la hercúlea tarea de aprenderse a uno mismo. Milenios de soledad no bastan: es necesario salir de nuestro cuerpo, nuestra piel y nuestros huesos y observarse con una mezcla de objetividad y ternura.
Dibujar esquemas y organigramas.
Desaprender lo que haga falta.
Y aprender a enamorarse de quien, para bien o para mal, siempre estará ahí por cuestiones físicas, metafísicas y porque no hay más huevos: nosotros mismos.
Mi amor: ¿acaso no habra sido ése nuestro error? Te propongo lo siguiente: vos y yo nos desaprendemos el uno al otro por un tiempo y empezamos de nuevo la casa por los cimientos. Y el que aprenda primero a quererse a sí mismo puede emplear el tiempo restante en ayudar al otro.
Un poco como en el colegio, sólo que sin profesores pesados, sin pupítres, sin el compañero de atrás sorbiendo con delectación los mocos.
De verdad: seríamos tan felices si finalmente pudiéramos poner en común lo aprendido.
Tumbaditos en la cama: toda salpicada de apuntes, rotuladores, besos, boletines de calificaciones, manchas de tinta y -por fin- sinceridad.
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