sábado, 25 de julio de 2015

Vamos a ver: la belleza sólo es el producto arbitrario de la combinación de millones de caracteres genéticos. No conviene hacerse ilusiones. Todo sucede en segundos. Apenas ambos progenitores describen con urgencia y sudores la maniobra final, sus hebras de ácido desoxirribonucleico se entrecruzan, se cercenan, se funden en una ceremonia de amor paralela y milimétrica.
Después, un gran silencio.
Y ya está. La suerte está echada. Todas las posibilidades estaban abiertas, pero sólo una se ha hecho posible. Quizás te haya caído en gracia la nariz respingona, contenida y aristocrática de tu padre. Pero puede que se lleve a susto limpio con el dibujo de los labios de tu madre que, por su exuberancia, habría combinado mejor con el tabique nasal prominente y un fenotipo más exótico, asilvestrado, curtido al viento y al sol pero definitivamente improbable al ser uno natural de Matagalpa.
Por otra parte, existe un tradicional consenso al afirmar que, de padres y madres bellos, salen permutaciones cromosómicas generalmente apañadas. Pero ni siquiera eso nos libera de la incertidumbre. Pues si a las enzimas, proteínas y otros materiales pegajosos involucrados en el procedimiento les da por joderte la existencia, te la joderán sin miramientos. Sin juicios morales. Sin grandes aspavientos. Sin posibilidad de réplica ni reclamación.
No hay justicia en las moléculas.
Y en la vida, menos.
No pretendo ahondar más en esta problemática: desconozco los pormenores bioquímicos que sin duda habrían de arrojar algo más de luz sobre este desigual reparto de la belleza.
Tampoco estoy teniendo en cuenta los contextos socioculturales ni los cánones estéticos derivados de cada caso.
Porque entonces te conocí a vos. Estabas muchísimo mejor recombinada que yo, la verdad. Y llevabas un vestido blanco y una flor en el pelo. Hablamos de nuestras infancias. También algo acerca de un trámite burocrático. Decidimos facilitarnos la vida. Acabamos entrelazados en un baño de discapacitados. Nos dio mucha vergüenza. Nos dimos los teléfonos. Quedamos para otro día.
Así sucesivamente.
Y bueno: sigo mirándome de reojo al espejo.
Pero que le jodan.
Con vos he aprendido a sentirme valioso.