Hoy quiero explotar hacia dentro.
Y el caso es que aún no he decidido cómo. No sé si rollo revolución interior: una suerte de cóctel molotov íntimo y personal que arrasara con todas y cada una de mis convicciones hasta dejarme en reset, nuevamente sediento de todo. O quizás volver sobre mi pasado e ir uniendo esto y aquello en busca de ese chispazo, esa violenta revelación de tele-filme que me mostrase en pelota picada ante mí mismo. O puede que sea suficiente con imaginar otra vez sus manos: en mi estómago, en mis intestinos, deslizándose con delicadeza sobre mis pulmones, retorciéndome furiosamente el corazón y las arterias.
Yo qué sé: uno tiene sus necesidades.
Lo que está claro es que hoy necesito explotar hacia dentro.
Porque vale: si pudiera, yo explotaría hacia fuera.
Pero tampoco quiero molestar.
lunes, 27 de mayo de 2013
miércoles, 22 de mayo de 2013
martes, 21 de mayo de 2013
Sintetizando mucho: el mundo es inviable.
Y es que este mundo ya es mucha movida, algo demasiado complejo e inaprensible. ¿Quién puede ya tirar del hilo, quién se atreve a desenredar esta maraña de deudas y culpabilidades; quién -pero quién: dímelo- quién puede ya sentirse capaz de entender toda esta puta mierda?
Y cada día, en el periódico, salen seis o siete chicos diciendo: yo lo entiendo todo. Entonces vas tú -mientras te tomas, por ejemplo, un sandwich con café- y eliges a uno.
Éste mismo.
O bueno, éste otro.
Yo qué sé, el que más te guste.
En realidad, viene a ser como un concurso de misses, sólo que con la verdad.
Mierda: es todo tan absurdo.
Pero queda quizás la estrategia de poner la mente en blanco, aceptar nuestra ignorancia, firmar una tregua con la impotencia.
Y acaso salir cabizbajo a pasear. Y quizás encontrar de pronto a alguien que te entienda a ti, alguien que te invite a descender de lo macro a lo micro, alguien capaz de hacerte recordar tu propia y verdadera historia.
No sé, alguien que te quiera.
Y si eso les sucediera, no pienses demasiado sobre ello.
En serio: ni se les ocurra.
Y es que este mundo ya es mucha movida, algo demasiado complejo e inaprensible. ¿Quién puede ya tirar del hilo, quién se atreve a desenredar esta maraña de deudas y culpabilidades; quién -pero quién: dímelo- quién puede ya sentirse capaz de entender toda esta puta mierda?
Y cada día, en el periódico, salen seis o siete chicos diciendo: yo lo entiendo todo. Entonces vas tú -mientras te tomas, por ejemplo, un sandwich con café- y eliges a uno.
Éste mismo.
O bueno, éste otro.
Yo qué sé, el que más te guste.
En realidad, viene a ser como un concurso de misses, sólo que con la verdad.
Mierda: es todo tan absurdo.
Pero queda quizás la estrategia de poner la mente en blanco, aceptar nuestra ignorancia, firmar una tregua con la impotencia.
Y acaso salir cabizbajo a pasear. Y quizás encontrar de pronto a alguien que te entienda a ti, alguien que te invite a descender de lo macro a lo micro, alguien capaz de hacerte recordar tu propia y verdadera historia.
No sé, alguien que te quiera.
Y si eso les sucediera, no pienses demasiado sobre ello.
En serio: ni se les ocurra.
Me abrazas y dices: cuánta paciencia tienes conmigo.
Pero acaso tú no sabes que yo estoy biológicamente diseñado para soportar eternas glaciaciones, furiosas cornadas de mastodonte, solitarias caminatas, enjambres de insectos, océanos de sed y desiertos cuyo horizonte jamás llega a divisarse con tal de tener otra oportunidad de reproducirme.
De verdad: tú no sabes cuánta paciencia puedo llegar a tener.
Pero acaso tú no sabes que yo estoy biológicamente diseñado para soportar eternas glaciaciones, furiosas cornadas de mastodonte, solitarias caminatas, enjambres de insectos, océanos de sed y desiertos cuyo horizonte jamás llega a divisarse con tal de tener otra oportunidad de reproducirme.
De verdad: tú no sabes cuánta paciencia puedo llegar a tener.
lunes, 20 de mayo de 2013
A veces, desearía que una suerte de ser omnipotente surgiera de los cielos y nos cerrara la puta boca a todos durante un minuto.
Yo creo que sonaríamos bien.
Y es que siempre hay un montón de gente diciendo cosas.
En todas partes: sin tregua, sin piedad, sin respirar.
Sinceramente: es agotador.
Y me pregunto cuándo tendremos tiempo -teniendo en cuenta que uno debe ser capaz de discernir la información relevante del mero ruido y además ser una pareja comprometida y fregar la loza- para hablar al fin de lo que realmente importa.
Que no tengo ni puta idea de lo que es, de acuerdo.
Pero en serio: ojalá nos quede tiempo.
Yo creo que sonaríamos bien.
Y es que siempre hay un montón de gente diciendo cosas.
En todas partes: sin tregua, sin piedad, sin respirar.
Sinceramente: es agotador.
Y me pregunto cuándo tendremos tiempo -teniendo en cuenta que uno debe ser capaz de discernir la información relevante del mero ruido y además ser una pareja comprometida y fregar la loza- para hablar al fin de lo que realmente importa.
Que no tengo ni puta idea de lo que es, de acuerdo.
Pero en serio: ojalá nos quede tiempo.
viernes, 17 de mayo de 2013
¿Y si al final resulta que no hay absolutamente nada que explicar?
Quiero decir: que todos lleguemos al término de nuestros días y descubramos, perplejos, que no hay explicación posible para toda la movida, que no hemos sido sino insignificantes reacciones químicas en un universo que ni siquiera llegamos a comprender, chispas a la deriva, cagarrutas interestelares.
Algunas muy hermosas, de acuerdo. Pero sólo eso.
Y en definitiva, que ha importado básicamente una mierda haber elegido ésta o aquella brillante trayectoria profesional, el color de las deportivas a juego con el suéter, nuestras parejas sentimentales. Que todo ha sido una inmensa broma. O ni eso: porque es que tampoco se escuchará una sonora carcajada de fondo; por no haber, no habrá ni quien se ría de nosotros.
Ni tampoco catarsis con banda sonora instrumental de fondo.
Sólo nosotros.
O sea, nada.
Así que no sé: he pensado que podríamos ir adelantando acontecimientos y quedar para merendar o algo.
En serio: hay que celebrarlo.
Quiero decir: que todos lleguemos al término de nuestros días y descubramos, perplejos, que no hay explicación posible para toda la movida, que no hemos sido sino insignificantes reacciones químicas en un universo que ni siquiera llegamos a comprender, chispas a la deriva, cagarrutas interestelares.
Algunas muy hermosas, de acuerdo. Pero sólo eso.
Y en definitiva, que ha importado básicamente una mierda haber elegido ésta o aquella brillante trayectoria profesional, el color de las deportivas a juego con el suéter, nuestras parejas sentimentales. Que todo ha sido una inmensa broma. O ni eso: porque es que tampoco se escuchará una sonora carcajada de fondo; por no haber, no habrá ni quien se ría de nosotros.
Ni tampoco catarsis con banda sonora instrumental de fondo.
Sólo nosotros.
O sea, nada.
Así que no sé: he pensado que podríamos ir adelantando acontecimientos y quedar para merendar o algo.
En serio: hay que celebrarlo.
martes, 14 de mayo de 2013
Avanza veloz el conocimiento de la materia, progresa imparable la biología evolutiva, nos dicen que viviremos cien, doscientos, trescientos años; los implantes biónicos ya están ahí, son portada de revista: brazos rollo Robocop, piernas hidráulicas con las que desafiar al vacío, ojos que atraviesen las paredes, corazones que nunca dejen de latir; y acaso será posible desarrollar exponencialmente la inteligencia a través de conexiones frágiles, enlaces casi invisibles que florecerán nuevamente en nuestros cererebros; y ser bonito, joder, al fin ser bonito y poder elegir cada mañana, mientras te comes las tostadas, tu propia mirada inquisitiva, tu sonrisa social perfecta, unas manos delicadas, un abdomen renacentista a tono con el conjunto.
Todo esto ya está aquí, a la vuelta de la esquina.
Y por el increíble precio que aperece en pantalla.
Pero aún nadie nos dice qué clase de mierda tenemos en la cabeza, cuál es la estructura molecular de nuestra miseria.
Ni nos lo dirán.
No sé: yo creo que aún hay esperanza.
Todo esto ya está aquí, a la vuelta de la esquina.
Y por el increíble precio que aperece en pantalla.
Pero aún nadie nos dice qué clase de mierda tenemos en la cabeza, cuál es la estructura molecular de nuestra miseria.
Ni nos lo dirán.
No sé: yo creo que aún hay esperanza.
lunes, 13 de mayo de 2013
Te quiero.
Y bueno, ya sé que esto mismo se lo he dicho a otras mujeres.
Pero esta vez es de verdad: sé que contigo me siento completo, que te quiero para mí, para mi vida; que no puedo imaginarme una existencia más absurda que la que no se comparte con alguien; y que yo quiero que ese alguien seas tú.
Aunque bueno: ahora que lo pienso, eso también se lo he dicho a otras mujeres.
Pero en esta ocasión tengo la certeza plena, aun cuando nos peleamos y no puedo evitar imaginar esa sonrisa (que sólo existe en tu rostro) con cierto resquemor, una suerte de indignación producida por el hecho de que la dichosa sonrisa siga ahí, poniendo a mi orgullo en un sincero aprieto.
Vaya, creo que esto ya se lo he dicho a otras mujeres.
Y lo que es más grave: lo de la sonrisa también.
En fin: queda quizás el recurso de permanecer callado, prescindir de las palabras (esa concesión que a veces hace la Naturaleza al hombre débil y achacoso para aumentar sus posibilidades de reproducción) y permanecer muy, muy pegadito durante toda la tarde a tu cuerpo desnudo.
Y no sé, puede que a través del silencio consiga decirte lo que no le he dicho a nadie, sirviéndome únicamente de mi sangre y mi piel: que quiero ser tuyo, que quiero desaparecer entre tus brazos, que quiero ahogarme y morir dentro de ti.
Que te amo.
Mierda: siéntate sobre mi cara.
A ver si así.
Y bueno, ya sé que esto mismo se lo he dicho a otras mujeres.
Pero esta vez es de verdad: sé que contigo me siento completo, que te quiero para mí, para mi vida; que no puedo imaginarme una existencia más absurda que la que no se comparte con alguien; y que yo quiero que ese alguien seas tú.
Aunque bueno: ahora que lo pienso, eso también se lo he dicho a otras mujeres.
Pero en esta ocasión tengo la certeza plena, aun cuando nos peleamos y no puedo evitar imaginar esa sonrisa (que sólo existe en tu rostro) con cierto resquemor, una suerte de indignación producida por el hecho de que la dichosa sonrisa siga ahí, poniendo a mi orgullo en un sincero aprieto.
Vaya, creo que esto ya se lo he dicho a otras mujeres.
Y lo que es más grave: lo de la sonrisa también.
En fin: queda quizás el recurso de permanecer callado, prescindir de las palabras (esa concesión que a veces hace la Naturaleza al hombre débil y achacoso para aumentar sus posibilidades de reproducción) y permanecer muy, muy pegadito durante toda la tarde a tu cuerpo desnudo.
Y no sé, puede que a través del silencio consiga decirte lo que no le he dicho a nadie, sirviéndome únicamente de mi sangre y mi piel: que quiero ser tuyo, que quiero desaparecer entre tus brazos, que quiero ahogarme y morir dentro de ti.
Que te amo.
Mierda: siéntate sobre mi cara.
A ver si así.
Con el tiempo se aprende, dicen. O se comprende. O se consigue olvidar para volver a aprender, como si de algún modo el tiempo nos cogiera cada mañana de la mano y nos acompañara tiernamente hasta la puerta del colegio. También dicen que el tiempo pone las cosas en orden, que te ayuda a contemplar tu paso por el mundo en perspectiva, al estilo de esos cuadros apaisados con escena de caza random que a veces presiden las salitas de estar de los jubilados. Y que uno puede ponerse a observar los trazos que va dejando el tiempo -digamos: en la piel- y encontrar al fin cierta serenidad, cierta sabiduría: una suerte de panorámica benévola y relativista de su propia vida.
Y en fin: que el tiempo se acaba convirtiendo en un poderoso aliado, un experimentado compañero de aventuras, un sabio maestro que te desvela con cariño y paciencia el verdadero significado de las cosas.
Y que lo cura todo.
Eso dicen también del tiempo.
En serio: la gente está completamente loca.
Y en fin: que el tiempo se acaba convirtiendo en un poderoso aliado, un experimentado compañero de aventuras, un sabio maestro que te desvela con cariño y paciencia el verdadero significado de las cosas.
Y que lo cura todo.
Eso dicen también del tiempo.
En serio: la gente está completamente loca.
miércoles, 8 de mayo de 2013
Piensa en esto: cuando regalan un iPhone, te regalan un pequeño infierno florido, un espejo de colores, un calabozo de silicio. No te regalan solamente el iPhone, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, fabricado en China y diseñado en California. Te regalan -lo saben, lo terrible es que los de Movistar SÍ lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo. Algo que es tuyo pero que no es tuyo, que no puedes desmontar ni hacerle jailbreak bajo firme amenaza de perder tu derecho a reclamación. Te regalan la necesidad de tuitear todos los días, la obligación de actualizar constantemente tu estado en Facebook para que siga mereciendo la pena tener un iPhone. Te regalan la amargura de contar los segundos, los minutos, los días y meses de permanecía durante los que tendrás que pagar un facturón de aquí a Lima. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben y cualquiera pueda ver tus fotos porno caseras; de que se te caiga al suelo y se te rompa la pantalla (¡y cambiarla son doscientos pavos de ala!). Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor, mucho mejor, infinitamente mejor, estratosféricamente mejor que las otras. Te regalan la tendencia a comparar tu iPhone con el resto de gadgets y convertirte en un fanboy de mierda hasta el fin de tus días. No re regalan un iPhone, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del iPhone.
sábado, 4 de mayo de 2013
Pero llegará, llegará el día en que los científicos nos muestren por fin la combinación precisa de neurotransmisores, enzimas y movidas que da lugar a la felicidad. Y la humanidad se felicitará ante tamaño descubrimiento, despidiéndose definitivamente de tantos siglos de búsquedas infructuosas, intuiciones filosóficas, saltos al vacío. E intuyo que tan sólo hará falta reorganizar -unos más, otros menos- nuestra química personal para abrazar, de una vez y para siempre, la dicha y la alegría.
Sin margen de error, sin efectos secundarios, sin miedo.
No descarto que algún melancólico impenitente se niegue a aceptar semejante afrenta a su melancolía. Pero sólo al principio: la oferta será demasiado irresistible.
Y si no, lo matamos y ya está.
Sí, ese día llegará: ya casi lo anuncian los científicos moleculares.
Y créeme: será un día triste.
Sin margen de error, sin efectos secundarios, sin miedo.
No descarto que algún melancólico impenitente se niegue a aceptar semejante afrenta a su melancolía. Pero sólo al principio: la oferta será demasiado irresistible.
Y si no, lo matamos y ya está.
Sí, ese día llegará: ya casi lo anuncian los científicos moleculares.
Y créeme: será un día triste.
viernes, 3 de mayo de 2013
A veces, me gustaría ser bonito. Como una novia que tuve que era drogadicta, anoréxica, mentirosa y puta. Pero vaya: no se daba cuenta de que era bonita. O como mi gata, que ahora estará lamiéndose la pata en sus aposentos, con esa expresión tan hermosa, tan suya: principalmente porque sólo tiene ésa. O como a algunas personas, cuando les explico que el mundo es en realidad una construcción cultural y ellos se limitan a refutarme con una sonrisa preciosa.
En fin, ser sencillamente bonito, salir a la calle, dejarme llevar, sentir el viento en la cara, reírme con ganas, prescindir de esta constante necesidad de estirarme la camisa y subirme los pantalones, mirar a los demás a los ojos, saludar sin tener en cuenta la coyuntura social ni la climatología, respirar, tocar, aprender a bailar sin música ni complejos.
Y que la gente me viera y dijera: anda, alguien bonito.
Pero nah: no me ha tocado.
Y aquí estoy: justificándome con toda esta mierda.
En fin, ser sencillamente bonito, salir a la calle, dejarme llevar, sentir el viento en la cara, reírme con ganas, prescindir de esta constante necesidad de estirarme la camisa y subirme los pantalones, mirar a los demás a los ojos, saludar sin tener en cuenta la coyuntura social ni la climatología, respirar, tocar, aprender a bailar sin música ni complejos.
Y que la gente me viera y dijera: anda, alguien bonito.
Pero nah: no me ha tocado.
Y aquí estoy: justificándome con toda esta mierda.
jueves, 2 de mayo de 2013
A veces trato de imaginarme otra vida, acaso más plena, trascendente y cargada de sentido. Una vida, por ejemplo, que fuese el antes o el después de otra cosa.
Y la verdad, en este punto estoy abierto a múltiples sugerencias: quizás el último pedazo de tierra firme desde el que saltar por fin al cielo. O bien: un mundo nuevo al que llegar tras un larguísimo viaje, quién sabe desde dónde.
Pero en serio: cualquier cosa menos esto.
Porque verás: en mi vida imaginaria, al menos habría algo a lo que agarrarse. No sé: un pasamanos infinito, una filosofía duradera. O bueno, ya puestos, tiremos la casa por la ventana: una atalaya de ópalo y fuego que, incólume, nos marcara el camino a seguir en mitad de la nada.
Y ya nunca más seríamos meros conjuntos operativos de órganos, tejidos y movidas que deambulan, desesperados, en pos de anhelos como el éxito profesional, un dormitorio bien conjuntado o la supervivencia de la especie.
Piénsalo, ¡hijo de puta!: qué descanso.
Y muchos dirán: lo que tú buscas en un sentido a la vida, y eso sólo puede ser imaginado.
Pero no, es mucho peor.
Porque al fin y al cabo, yo sólo estoy poniendo aquí un montón de mierda para tratar de imaginar, aunque sea por un segundo, el sentido de mi vida imaginaria.
Porque ni imaginarlo podemos.
Y eso es lo que nos mata.
Y la verdad, en este punto estoy abierto a múltiples sugerencias: quizás el último pedazo de tierra firme desde el que saltar por fin al cielo. O bien: un mundo nuevo al que llegar tras un larguísimo viaje, quién sabe desde dónde.
Pero en serio: cualquier cosa menos esto.
Porque verás: en mi vida imaginaria, al menos habría algo a lo que agarrarse. No sé: un pasamanos infinito, una filosofía duradera. O bueno, ya puestos, tiremos la casa por la ventana: una atalaya de ópalo y fuego que, incólume, nos marcara el camino a seguir en mitad de la nada.
Y ya nunca más seríamos meros conjuntos operativos de órganos, tejidos y movidas que deambulan, desesperados, en pos de anhelos como el éxito profesional, un dormitorio bien conjuntado o la supervivencia de la especie.
Piénsalo, ¡hijo de puta!: qué descanso.
Y muchos dirán: lo que tú buscas en un sentido a la vida, y eso sólo puede ser imaginado.
Pero no, es mucho peor.
Porque al fin y al cabo, yo sólo estoy poniendo aquí un montón de mierda para tratar de imaginar, aunque sea por un segundo, el sentido de mi vida imaginaria.
Porque ni imaginarlo podemos.
Y eso es lo que nos mata.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

