miércoles, 20 de noviembre de 2013

Aquellos no fueron buenos tiempos. Los médicos no podían asegurarme nada y salía a resonancia magnética cerebral cada quince días. También me pinchaban, me ponían electrodos en la cabeza y me hacían caminar con los pies muy rectos sobre una línea imaginaria.

Al final, siempre concluían con gesto circunspecto: oh, debemos esperar.

Y yo llegaba a casa desesperado, abatido, aplastado por el peso de la incertidumbre.

Cómo pesaba la jodida incertidumbre, cómo pesaba.

Recuerdo que aquella tarde nos sentamos en el sofá muy quietos, apretaditos y en silencio.

Mano sobre mano, un beso calculadamente tierno.

Y yo sé que ambos pensábamos que menuda mierda esto de haber comenzado a conocernos, a enamorarnos, a compartir todo lo que es posible compartir cuando, de pronto, las malas noticias llegaron en forma de un aséptico informe médico.

No sabían si me quedaría ciego.

No sabían si me moriría.

Afuera, empezaban a florecer los almendros, cantaban los pájaros y, por lo demás, el universo seguía girando, un tanto indiferente y cruel.

Entonces dijiste: he compuesto una canción sobre todo esto.

Y te sentaste al piano. Y recuerdo que la cagaste un par de veces porque te temblaban los dedos. Pero poco a poco le cogiste el tranquillo y comenzó a sonar, en nuestro pisito suburbial, aquel fiero contrapunto, aquella imparable sucesión de notas que ascendían y ascendían hasta caer, de pronto, en un insondable precipicio que -así lo sentía yo- pretendía conjurar en su tempo infinitamente lento toda la tristeza del mundo.

Y pensaba: quizá éste sea el modo en que suceden las cosas.

Quizá sea esto lo único que me aguarda a partir de ahora: mi propio abismo en sol menor.

Pero cuando ya todo parecía acabado, tus manos volvieron, en virtud de un delicado arreglo, a la tonalidad del principio, a aquel salvaje arpegio, a aquel me importa todo tres kilos de mierda, pintemos el salón de colores, follemos como conejos, hagamos una compra guapa en el Caprabo, celebremos que, al menos, en este puto instante aún seguimos vivos.

Al poco, dejaste caer los dedos sobre el acorde final.

Te giraste hacia mí y añadiste: espero que te haya gustado.

Ahí seguía yo, bastante tristón, a vueltas con mi mala suerte y totalmente incapaz de emitir un juicio objetivo porque, a fin de cuentas, mi mayor hito musical fue tocar cumpleaños feliz en una guitarra imaginaria con once años.

Ya no me acuerdo ni de qué te contesté.

Aunque sí de una certeza: vale, podía morirme mañana.

Pero quería pasar el resto de mi vida contigo.

martes, 19 de noviembre de 2013

Ojalá pudiéramos disponer siempre de una radiografía exacta de nuestros pensamientos. Algo que colocar frente a los demás y decir: mira.

Pero no podemos. En lugar de eso, sólo nos es dado tratar de objetivar nuestra movida interna, todo este torbellino mental, por medio de palabras. Pero entonces las palabras -que siempre son caprichosas, imprevisibles y algo putas- exigen inmediatamente su independencia, se enlazan entre sí de un modo que escapa de la conciencia de su emisor, el pobre, que suele acabar confundido ante el indignante libertinaje de sus propias palabras.

Aunque lo cierto es que las palabras son lo único que tenemos. Y supongo que debemos esforzarnos aún más por encontrar ese adjetivo perfecto, esa dialéctica precisa, esa afilada metáfora que indique claramente qué es lo que somos y qué queremos decir en cada momento.

No sé: yo hoy en realidad quería hablarles de una novia que tuve. Era grande, enorme, gigantesca. Y cuando follábamos, me sobrecogía un sentimiento primigenio, fundamental, casi sagrado; como si mi cuerpo se ofreciera en sacrificio cada noche a la mismísima Venus de Willendorf.

Y bueno: miren.

Una chica simpatiquísima. Era imaginaria. 

lunes, 18 de noviembre de 2013

Si tuviera que quedarme con un rasgo de la modernidad, sin duda sería esta inclinación por hablar de sentimientos desde el cómodo sarcasmo y la alegre indiferencia.

No sea que sintamos algo.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Postrock, postliteratura, postpolítica, postfollar. 

No sé, es que ahora todo es postodo. 

Y es que este asunto de la posmodernidad me trae frito.

Porque a ver: si ya todo es postodo, significa que no hay nada más, que hemos llegado al fin de la movida, que ya no cabe esperar otra cosa que el mágico apagar de las bombillas; y, si acaso, contemplar cómo cae el telón con banda sonora orquestal, majestuosa, sentida: un colofón a nuestra altura, tiernos ilusos que creímos protagonizar el fin de todo.

Aunque siempre hay una mala noticia: nunca conoceremos a los que nos sucederán.

Ni ellos a los que les sucederán después.

Traten de ponerse ahora en la piel del ciudadano medio del Imperio Romano. Estoy seguro de que, deslumbrado por el brillo de los estandartes y las noticias de lejanas conquistas, también se sintió parte del culmen, la quintaesencia de la civilización humana, ahí, a dos metros del portal de su casa.

Pobres: esos tipos tampoco pudieron imaginarnos a nosotros.

Sólo espero que no les diera por hablar tan raro.

lunes, 11 de noviembre de 2013

A veces parece que no tiene uno nada que decir cuando, en realidad, lo único que desearía es poder decirlo todo de una puta vez.

Pasearse desnudo, despreocupado, cándido ante la mirada de los demás: como cuando estábamos aún sin domesticar y éramos bellos y auténticos y el mundo se iba desplegando mágico a cada paso bajo nuestros pies: aquí y ahora. Cuando el pasado y el porvenir no significaban absolutamente nada.

A veces las palabras se le amontonan a uno en la garganta y, a fuerza de no pronunciarlas, acaban huyendo hacia adentro rebotando en los muros de nuestros abismos internos en un eco infinito. En un estruendo mudo que crece con cada palabra que callamos.

A veces el silencio es el único grito del que somos capaces.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Hace ya algún tiempo, me pasó algo -algo malo- que cambió mi vida para siempre. No voy a dar aquí los detalles concretos porque, en realidad, soy un hombre muy reservado. Reservadísimo. 

Pero lo que sí les contaré es la conclusión a la que llegué después de todo el proceso: que me voy a morir.

Y que, en realidad, no sabemos, no tenemos una consciencia plena en relación al hecho inexorable de la muerte.

Sí, es verdad: hablamos de ella, hacemos chistes e incluso a veces sentimos su aliento -pongan aquí el complemento que quieran: yo creo el aliento de la muerte huele a Listerine- cuando observamos cómo se cierra el ataúd, entre cipreses y crisantemos, sobre la cara de algún allegado random.

Con gesto muy, muy circunspecto.

Pero no, no llegamos a concebir el hecho cierto de la muerte. De otro modo, ¿cómo se explica que sigamos aquí haciendo el hijo de puta, recorriendo el mundo sin salirnos ni un pasito del camino que ya han marcado otros, pagando hipotecas, diseñando brillantes carreras profesionales, sintiéndonos culpables cuando no llegamos a fin de mes?

La culpa. ¿Cómo se explica entonces la culpa? ¿y la piedad? ¿cómo es posible que, si lo único que nos ha sido dada es esta existencia infinitamente efímera y frágil, dediquemos un sólo segundo de nuestra vida a sentir que hemos fracasado? Pero sí precisamente el hecho de que estemos aquí y ahora es un triunfo: nuestro único puto triunfo.

El resto, simplemente, está por escribir. Podemos ser cualquier cosa que queramos: filósofos, anarquistas, ciclistas, carpinteros, asesinos en serie. Podemos follarnos el mundo de cabo a rabo, ponerlo todo del revés, destruirlo todo y comenzar de nuevo. Podríamos caminar, si de verdad lo deseamos, sobre la mismísima cabeza de los reyes.

O intentarlo, al menos.

Al fin y al cabo, ¿a quién debemos rendir cuentas? ¿a los tiranos? ¿a los jueces? ¿a nuestros maestros y padres? Todos van a morir. ¿A la democracia, a las leyes, a las buenas formas? Morirán con nosotros. Y con nosotros, nuestra absurda manía de rendirnos cuentas a nosotros mismos.

Se cierra finalmente el círculo. Propongo, pues, que adelantemos acontecimientos: ya nadie nos mira, salvo las estrellas. Y a las estrellas, sinceramente, les importamos muy poco. Poquísimo.

Así que liémosla muy parda. Tan parda como sea posible.

Incluso más.

Porque el mejor regalo que nos ha hecho la vida es la muerte. Y la certeza de que nadie, absolutamente nadie se acordará de nosotros.

Dicho de otro modo: seamos.

Tenemos la coartada perfecta.