miércoles, 4 de diciembre de 2013

Esto es nuestro, Nicole Bonilla.


Que me acaricies la culpabilidad. Que me arrulles la culpabilidad durante largo rato, desde la punta a la base, en un loop tierno y tormentoso, hasta dejarme finalmente tirado en la cama, agitado, lloriqueando, con mi pobre culpa a mil por hora.

Listo para sentencia.

Que te coloques muy cerca de mi cara, de modo que, mire dónde mire, tan sólo encuentre tu palpitante vacío existencial. Y yo queriendo, jadeando, muriéndome por llenar ese vacío que enmarques con tus dedos, describiendo espirales más y más amplias con el fin de mostrarme, de manera un tanto cruel, lo delicado y profundo de tus carencias.

Y que mi culpabilidad no pare de dar saltitos. Y con cada nueva espiral se haga más evidente nuestro deseo de llenar tu incompletud con mis delitos. Mi rollo sea anhelar lo que me estaba prohibido poseer. Y el tuyo exhibir como una zorra lo que, en el fondo, siempre has tenido miedo de entregar.

Y con el paso del tiempo, entender que el fin no era tanto poseernos como dilatar eternamente aquel instante, que era nuestro y de nadie más, psicológicamente coherentes, excitados como sólo pueden estarlo los mismísimos dioses.

Pero en fin: también somos humanos.

De modo que, en algún momento, al final acabemos por rendirnos el uno al otro, comernos a besos, hundirnos en aquella cama como si estuviera hecha de arenas movedizas.

Después, me tomes la mano:

—Ven conmigo.

Y que así acaben siempre nuestros encuentros: muy desnudos y abrazados, tu rostro sobre mi pecho, meándonos tiernamente en el baño.

Yo qué sé: la cosa es que nos queramos mucho.

Y dejarlo todo muy limpito.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Yo tenía una novia que era ciclotímica, mentirosa, anoréxica y puta.

Nos queríamos un montón, la verdad.
Han pasado ya algunos años, pero recuerdo vivamente montarme en el bus y empezar a fantasear con su pelo rubio y sus ojos de husky siberiano.
Aquél era un tiempo difícil, lleno de preocupaciones. Mirabas a tu alrededor y no tardabas en intuirlo: todo el mundo estaba preocupado por algo. Por ejemplo: el diseño de una brillante carrera profesional. O bien: las cancelaciones de última hora de algún concierto.
Aunque sinceramente: a mí nada de eso me importaba. Porque lo cierto es que, por aquella época, toda mi existencia, mi justificación completa como individuo en el mundo dotado de razón y sentimientos giraba únicamente en torno a Ella.
Y es que me levantaba por las mañanas y pum: me la pelaba pensando en Ella. Tomaba asiento en el bus y en fin: hubiera querido, hubiera deseado con todas mis fuerzas sacármela allí mismo y compartir con el resto de viajeros lo mucho que yo la amaba.
En serio: ojalá hubiese podido.
Porque aquél no era un bus cualquiera: era el que me llevaba a casa de Ella.
Recuerdo la primera vez que me invitó: yo estaba nervioso porque acabábamos de conocernos y al parecer sus padres podían volver en cualquier momento. Cuando llegué al rellano, me encontré con la puerta abierta:
-Hola -dijo ella desde la cocina.
Entré y me quité el suéter. Ella había preparado un banquete: una gran fuente con carne en salsa, queso, embutidos, y otra serie de cosas que no les sé el nombre.
-¿Qué es eso? -acerté a preguntar.
-No lo sé, solo lo preparé sin saber que era -dijo Ella.
Me encogí de hombros.
-Vaya, ¿has preparado todo esto para mí?
Ella se echó en mis brazos y me dio un gran beso en la boca.
-Más que eso -dijo-. Lo he robado para ti.
-¿Qué...? ¿Qué quieres decir?
-Ven conmigo -dijo Ella.
Me condujo a la sala. En la televisión había un canal de vídeos musicales. Se dejó caer en el sofá con cierto aire de bailarina derrotada que le era muy característico:
-A veces voy al super mercado a robar -explicó-. Quiero decir: no es que lo necesite. Simplemente me encanta ir allí y llenarme la mochila de cosas de comida, colonia y maquillaje. ¿Tú nunca robas nada?
-Bueno -dije-, una vez robé un libro de Owen Barfield, pero lo acabé dejando por la mitad.
-¡Oh, si quieres, podemos ir algún día a robar juntos! -exclamó-. ¿Sabes? Te voy a decir algo que no le suelo decir a nadie: me gustas mucho.
Nos besamos de nuevo. Creo que yo la cogí de la cintura y la puse sobre mí.
Recuerdo la extrañeza que me producía su cuerpo en aquellos primeros momentos: tan liviano, tan esbelto, como si estuviera comprimido por alguna prenda invisible. Y también su pelo: dorado, despeluchado y quebradizo.
-Creo que tú también me gustas a mí -le dije entonces a Ella.
Me rodeó con sus brazos:
-Ya, pero seguro que tú sí le dices eso a muchas chicas.
Lo cierto era que tenía razón: le decía eso a todas las chicas. De algún modo, formaba parte de un ritual, una suerte de protocolo de interacción básico a seguir con todas las mujeres que conocía. Pero con Ella era distinto: era como si no tuviese necesidad alguna de decírselo pero, aun así, sintiera el impulso de hacerlo.
Sentí vergüenza.
-Se va a enfriar la cena -dije.
Nos sentamos en la mesa de la cocina. Abrimos una botella de Coca Cola y servimos dos vasos.
-Por las cosas que nunca nos diremos -brindamos, sí, con Coca Cola.
Nos echamos a reír. Creo que yo entonces me serví un poco de carne y queso en el plato. Bebería algo más de Coca Cola -supongo- y empezaría a comer.
Pero fue entonces cuando Ella se levantó de la mesa, abrió el refrigerador y sacó un tomate. Le pegó un mordisco al tomate y se volvió a sentar. Se quedó mirándome con un gesto de total normalidad.
-¿Tú no vas a comer de esto? -le pregunté.
-No -dijo-. Yo ya he comido.
Dejó el tomate mordisqueado sobre la mesa.
Yo qué sé: así era Ella.
Aquella noche hicimos varias veces el amor en su habitación. A dónde quiera que miraras, todo estaba lleno de peluches y cajas de colores. Siempre me parecieron demasiados para una chica de diecisiete años. Pero así era el cuarto de Ella: un lugar donde todo era hermoso.
Y también algo triste
-Escucha -le susurré mientras acariciaba su finísimo pelo-, creo que yo puedo ayudarte. Me refiero a que podemos estar juntos. Si tú quieres.
Ella se levantó de la cama y se quedó mirando por la ventana.
-¿Sabes? -dijo de pronto-. A veces me pregunto cómo es posible que nunca dejen de pasar autos por ahí. Quiero decir: mires a la hora que mires, siempre hay gente yendo y viniendo.
Me levanté de la cama y la abracé por la espalda. Y allí estábamos nosotros, asomados a la ventana frente al incesante rugir de los automóviles en la pista.
-Sí, es curioso -contesté al cabo del rato-. No sé si es que hay demasiada gente o demasiados lugares a los que ir.
Se giró hacia mí:
-Prométeme que no me harás daño -dijo.
Miré de nuevo a mi alrededor: todo era tan hermoso.
Y tan triste.
La abracé. La abracé tan fuerte como pude.
Creo que podría escribir un libro sobre Ella y el modo en que comenzó a formar parte de mi vida desde aquel instante. Mi primer impulso sería dedicar muchos capítulos a contar de qué forma tan jodidamente extraña y loca hacíamos el amor.
Pero no: sospecho que lo que mejor describiría nuestra relación es el modo en que salíamos por ahí a drogarnos y ella acaba totalmente ida, cayéndose de las tarimas de las discotecas y escabulléndose con todos los chicos que le salían al paso. También la forma en que yo me preocupaba constantemente por ella mientras trataba de sobrellevar mi propia moral y la acababa sacando a la calle para que le diera el aire. Y de cómo nos importaba una mierda que nos echaran de los sitios, cómo enfilábamos por la calle, absolutamente locos, sin saber a dónde puta íbamos.
Y cómo nos besábamos. Cómo nos besábamos todo el tiempo.
Pero no lo tengo claro: desconozco qué lugar del arco dramático le corresponde a cada uno de los episodios. Todo se vuelve confuso y me gustaría que el libro diera cuenta detallada de cómo transcurrieron los acontecimientos.
Me gustaría hablar de cómo algo bello, espontáneo y despreocupado se convirtió poco a poco en un interminable serial de reproches. De cómo ambos deambulábamos sobre el abismo y finalmente nos dejamos caer. De todas las ocasiones en que me llamaba llorando a las cuatro de la madrugada. Y también de cierto día en que estuve a punto de partirle la cara, allí, en la habitación en que la abracé por primera vez.
Creo que incluso hablaría de cuando me invitaron a comer sus padres y no paraban de preguntarme todo el tiempo -algo circunspectos- si trabajaba o estudiaba.
Y de cómo, finalmente, un día llamé a su puerta y Ella no abrió. De cómo no me volvería a abrir nunca.
Y de cómo me fui de allí al cabo del rato, confundido, con las manos metidas en los bolsillos. De cómo me subí en el bus para volver a mi casa. Y de cómo lloré aquella mañana.
De verdad: lloré tan fuerte que grité.
Pero bueno: quizá no escriba ningún libro. En cierto sentido, creo que el mejor modo de hablar de algo bonito es no hablar de ello en absoluto.
Tampoco sé muy bien por qué estoy escribiendo esto. Puede que Ella lo lea. Y no tengo ni idea de cómo se lo tomará.
Hace demasiado tiempo que no hablamos.
Pero en serio: me gustaría saber cómo has estado.
Me gustaría saber si has encontrado a dónde ir.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Aquellos no fueron buenos tiempos. Los médicos no podían asegurarme nada y salía a resonancia magnética cerebral cada quince días. También me pinchaban, me ponían electrodos en la cabeza y me hacían caminar con los pies muy rectos sobre una línea imaginaria.

Al final, siempre concluían con gesto circunspecto: oh, debemos esperar.

Y yo llegaba a casa desesperado, abatido, aplastado por el peso de la incertidumbre.

Cómo pesaba la jodida incertidumbre, cómo pesaba.

Recuerdo que aquella tarde nos sentamos en el sofá muy quietos, apretaditos y en silencio.

Mano sobre mano, un beso calculadamente tierno.

Y yo sé que ambos pensábamos que menuda mierda esto de haber comenzado a conocernos, a enamorarnos, a compartir todo lo que es posible compartir cuando, de pronto, las malas noticias llegaron en forma de un aséptico informe médico.

No sabían si me quedaría ciego.

No sabían si me moriría.

Afuera, empezaban a florecer los almendros, cantaban los pájaros y, por lo demás, el universo seguía girando, un tanto indiferente y cruel.

Entonces dijiste: he compuesto una canción sobre todo esto.

Y te sentaste al piano. Y recuerdo que la cagaste un par de veces porque te temblaban los dedos. Pero poco a poco le cogiste el tranquillo y comenzó a sonar, en nuestro pisito suburbial, aquel fiero contrapunto, aquella imparable sucesión de notas que ascendían y ascendían hasta caer, de pronto, en un insondable precipicio que -así lo sentía yo- pretendía conjurar en su tempo infinitamente lento toda la tristeza del mundo.

Y pensaba: quizá éste sea el modo en que suceden las cosas.

Quizá sea esto lo único que me aguarda a partir de ahora: mi propio abismo en sol menor.

Pero cuando ya todo parecía acabado, tus manos volvieron, en virtud de un delicado arreglo, a la tonalidad del principio, a aquel salvaje arpegio, a aquel me importa todo tres kilos de mierda, pintemos el salón de colores, follemos como conejos, hagamos una compra guapa en el Caprabo, celebremos que, al menos, en este puto instante aún seguimos vivos.

Al poco, dejaste caer los dedos sobre el acorde final.

Te giraste hacia mí y añadiste: espero que te haya gustado.

Ahí seguía yo, bastante tristón, a vueltas con mi mala suerte y totalmente incapaz de emitir un juicio objetivo porque, a fin de cuentas, mi mayor hito musical fue tocar cumpleaños feliz en una guitarra imaginaria con once años.

Ya no me acuerdo ni de qué te contesté.

Aunque sí de una certeza: vale, podía morirme mañana.

Pero quería pasar el resto de mi vida contigo.

martes, 19 de noviembre de 2013

Ojalá pudiéramos disponer siempre de una radiografía exacta de nuestros pensamientos. Algo que colocar frente a los demás y decir: mira.

Pero no podemos. En lugar de eso, sólo nos es dado tratar de objetivar nuestra movida interna, todo este torbellino mental, por medio de palabras. Pero entonces las palabras -que siempre son caprichosas, imprevisibles y algo putas- exigen inmediatamente su independencia, se enlazan entre sí de un modo que escapa de la conciencia de su emisor, el pobre, que suele acabar confundido ante el indignante libertinaje de sus propias palabras.

Aunque lo cierto es que las palabras son lo único que tenemos. Y supongo que debemos esforzarnos aún más por encontrar ese adjetivo perfecto, esa dialéctica precisa, esa afilada metáfora que indique claramente qué es lo que somos y qué queremos decir en cada momento.

No sé: yo hoy en realidad quería hablarles de una novia que tuve. Era grande, enorme, gigantesca. Y cuando follábamos, me sobrecogía un sentimiento primigenio, fundamental, casi sagrado; como si mi cuerpo se ofreciera en sacrificio cada noche a la mismísima Venus de Willendorf.

Y bueno: miren.

Una chica simpatiquísima. Era imaginaria. 

lunes, 18 de noviembre de 2013

Si tuviera que quedarme con un rasgo de la modernidad, sin duda sería esta inclinación por hablar de sentimientos desde el cómodo sarcasmo y la alegre indiferencia.

No sea que sintamos algo.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Postrock, postliteratura, postpolítica, postfollar. 

No sé, es que ahora todo es postodo. 

Y es que este asunto de la posmodernidad me trae frito.

Porque a ver: si ya todo es postodo, significa que no hay nada más, que hemos llegado al fin de la movida, que ya no cabe esperar otra cosa que el mágico apagar de las bombillas; y, si acaso, contemplar cómo cae el telón con banda sonora orquestal, majestuosa, sentida: un colofón a nuestra altura, tiernos ilusos que creímos protagonizar el fin de todo.

Aunque siempre hay una mala noticia: nunca conoceremos a los que nos sucederán.

Ni ellos a los que les sucederán después.

Traten de ponerse ahora en la piel del ciudadano medio del Imperio Romano. Estoy seguro de que, deslumbrado por el brillo de los estandartes y las noticias de lejanas conquistas, también se sintió parte del culmen, la quintaesencia de la civilización humana, ahí, a dos metros del portal de su casa.

Pobres: esos tipos tampoco pudieron imaginarnos a nosotros.

Sólo espero que no les diera por hablar tan raro.

lunes, 11 de noviembre de 2013

A veces parece que no tiene uno nada que decir cuando, en realidad, lo único que desearía es poder decirlo todo de una puta vez.

Pasearse desnudo, despreocupado, cándido ante la mirada de los demás: como cuando estábamos aún sin domesticar y éramos bellos y auténticos y el mundo se iba desplegando mágico a cada paso bajo nuestros pies: aquí y ahora. Cuando el pasado y el porvenir no significaban absolutamente nada.

A veces las palabras se le amontonan a uno en la garganta y, a fuerza de no pronunciarlas, acaban huyendo hacia adentro rebotando en los muros de nuestros abismos internos en un eco infinito. En un estruendo mudo que crece con cada palabra que callamos.

A veces el silencio es el único grito del que somos capaces.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Hace ya algún tiempo, me pasó algo -algo malo- que cambió mi vida para siempre. No voy a dar aquí los detalles concretos porque, en realidad, soy un hombre muy reservado. Reservadísimo. 

Pero lo que sí les contaré es la conclusión a la que llegué después de todo el proceso: que me voy a morir.

Y que, en realidad, no sabemos, no tenemos una consciencia plena en relación al hecho inexorable de la muerte.

Sí, es verdad: hablamos de ella, hacemos chistes e incluso a veces sentimos su aliento -pongan aquí el complemento que quieran: yo creo el aliento de la muerte huele a Listerine- cuando observamos cómo se cierra el ataúd, entre cipreses y crisantemos, sobre la cara de algún allegado random.

Con gesto muy, muy circunspecto.

Pero no, no llegamos a concebir el hecho cierto de la muerte. De otro modo, ¿cómo se explica que sigamos aquí haciendo el hijo de puta, recorriendo el mundo sin salirnos ni un pasito del camino que ya han marcado otros, pagando hipotecas, diseñando brillantes carreras profesionales, sintiéndonos culpables cuando no llegamos a fin de mes?

La culpa. ¿Cómo se explica entonces la culpa? ¿y la piedad? ¿cómo es posible que, si lo único que nos ha sido dada es esta existencia infinitamente efímera y frágil, dediquemos un sólo segundo de nuestra vida a sentir que hemos fracasado? Pero sí precisamente el hecho de que estemos aquí y ahora es un triunfo: nuestro único puto triunfo.

El resto, simplemente, está por escribir. Podemos ser cualquier cosa que queramos: filósofos, anarquistas, ciclistas, carpinteros, asesinos en serie. Podemos follarnos el mundo de cabo a rabo, ponerlo todo del revés, destruirlo todo y comenzar de nuevo. Podríamos caminar, si de verdad lo deseamos, sobre la mismísima cabeza de los reyes.

O intentarlo, al menos.

Al fin y al cabo, ¿a quién debemos rendir cuentas? ¿a los tiranos? ¿a los jueces? ¿a nuestros maestros y padres? Todos van a morir. ¿A la democracia, a las leyes, a las buenas formas? Morirán con nosotros. Y con nosotros, nuestra absurda manía de rendirnos cuentas a nosotros mismos.

Se cierra finalmente el círculo. Propongo, pues, que adelantemos acontecimientos: ya nadie nos mira, salvo las estrellas. Y a las estrellas, sinceramente, les importamos muy poco. Poquísimo.

Así que liémosla muy parda. Tan parda como sea posible.

Incluso más.

Porque el mejor regalo que nos ha hecho la vida es la muerte. Y la certeza de que nadie, absolutamente nadie se acordará de nosotros.

Dicho de otro modo: seamos.

Tenemos la coartada perfecta.

martes, 29 de octubre de 2013

Se colocará frente a ti y dirá algo. 

Por ejemplo: galleta. 

O bien: dragón de colores. 

Y tú te sentirás, al principio, bastante confundido: no es sencillo penetrar en la extraordinaria capacidad de síntesis de un niño de dos o cuatro años.

Entonces le preguntarás: ¿quieres jugar con el dragón?

O quizás: ¿quieres otra galleta?

Pero su ceño fruncido te revelará, al instante, que no era eso lo que quería decir, que debes esforzarte más, que quizás deberías recordar aquel tiempo en que una sola palabra era un mundo y en el que, por algún hermoso sortilegio, el mundo entero podía caber en una sola palabra.

Y te rascarás la cabeza. Y mirarás a tu alrededor. Y te sentirás torpe en tu eficacia, incapaz en tu pericia, insuficiente a pesar de tu dilatada trayectoria vital plasmada en un curriculum a doble espacio.

Pero bueno, pensarás: bah, jodete mocoso.

Y le harás un arrumaco en la cabeza, justo antes de encaminarte a la cocina en busca de una cervecilla.

Allí encontrarás al dragón de colores: sentado en lo alto de la lavadora junto a unos pedacitos mordisqueados de galleta.

Y te volverás corriendo para preguntarle: oh, ¿acaso el dragón se comió tu galleta?

Te sonreirá y seguirá a lo suyo.

La putada es que nunca lo sabrás.

Pero te invadirá, al poco rato, una sensación extraña, profunda, epidérmica, casi mágica; como si de algún modo cualquier cosa siguiera siendo posible y esa diminuta cría de homínido guardara, en su perfecta inocencia, el verdadero significado de todas las palabras del mundo.

En serio: ojalá algún día tengan la oportunidad de enseñar a hablar a un niño.

Ojalá algún niño les ayude a ustedes a recordar.

sábado, 26 de octubre de 2013

Yo sólo les digo una cosa: no se sientan culpables. Al final, la culpabilidad no es más que un oscuro e insano proceso mental cuyo fin no es otro que sumirte en una perversa espiral hasta destruirte por completo.

En serio: no se dejen atrapar por eso.

Masturbense o algo.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Bien, hoy les voy a contar la historia de la chica que lloraba.

Y es que joder: lloraba todo el tiempo. 

Cuando nos conocimos por uno de esos extraños azares en un karaoke de Huertas y me contó la triste historia de una madre hiperprotectora que truncó su carrera como bailarina, se echó a llorar. Cuando quise consolarla explicándole que, en realidad, nuestra vida es una sucesión de acontecimientos sin mucho sentido ni coherencia entre sí, también se echó a llorar.

Aún recuerdo que, cuando nos acercamos a la barra a pedir un par de cervezas, la pobre continuaba gimoteando.

Yo le dije:

-Pero bueno, ¿es que no piensas dejar de llorar?

Me miró fijamente a los ojos, como si mis palabras hubieran atravesado, aunque fuera por un instante, su calabozo de pena y hubiesen activado un secreto resorte.

Y nada, se echó a llorar aún más fuerte.

Con todo, la chica que lloraba nunca me cayó mal. Tenía unos bonitos ojos azules, un fondo cordial y sincero; y un sorprendente gusto para combinar las sandalias, el vestido de verano y sus lagrimas.

Salimos a la pista a bailar, ya medio tajados. Tenía una curiosa manera de moverse al ritmo de la música y las luces, cerrando los ojos y bamboleándose lentamente de un lado al otro. Observé de nuevo el vestido, que caía graciosamente hasta sus rodillas y le daba un aire como de fiesta de graduación de instituto americano. Arrastraba los pies muy lentamente y en diminutos círculos que encontraban su epicentro en un pequeño tacón negro.

Se me puso vagamente tiesa.

Pero entonces se acercó a mí con los ojos muy abiertos:

-Escucha -dijo-, el hecho de que estemos bailando juntos no significa que al final nos vayamos a acostar, ¿vale?

A mí me entró un repentino ataque de orgullo y le tomé las manos:

-¿Sabes, querida? -le espeté con mi sonrisa más amable-. Yo estaba a punto de decirte exactamente lo mismo.

La chica que lloraba torció de pronto el gesto:

-¿Decirme qué?
-Pues eso, que esto no significa que al final vayamos a acostarnos juntos -contesté.

Entonces sus grandes ojos se abrieron aún más, fragmentándose en una mirada de reflejos cristalinos, al estilo de los dibujos animados japoneses.

Y bueno: se echó a llorar otra vez.

Como la cosa comenzaba a transcurrir por derroteros bastante alejados ya de toda lógica y razón, le dije que, quizá, estaría bien que nos fuéramos de aquel sitio y diéramos un paseo.

-Ya verás, un poco de aire fresco te sentará bien.

Creo que eso la serenó. Caminamos lentamente bajo la luna de verano y hablamos de esto y aquello, deteniéndonos de vez en cuando en los escaparates a oscuras, riéndonos a ratos -era hermoso verla reír- y fantaseando con la posibilidad de que, quizás, algún día, podríamos repetir ese mismo paseo comiéndonos un helado.

Como cosa curiosa, les contaré que, en una de esas calles cerca de mi apartamento, un negro nos ofreció cocaína. Ella lo observó durante un momento con gesto lacónico y -cómo no- acabó llorando desconsoladamente.

El tipo de marchó de allí indignadísimo:

-Oiga, señorita -dijo-, tampoco creo yo que sea para ponerse así.

Yo la abracé y le dije: vamos, vamos.

Y al tercer semáforo, nos besamos. No fue un beso cinematográfico, desaforado, memorable. Pero sí un beso bonito, entrañable, como si nos encontráramos dentro de una incipiente burbuja que nos envolvía lentamente y nos protegía un poco del mundo, tan hostil a veces.

-¿Sabes lo que realmente me da pena? -dijo-. Que nunca sé lo que quieren los demás de mí. Que nunca sé cómo debo actuar para no hacer daño a los demás. Y al final, todo el mundo se va. ¿A ti no te da pena eso? -dijo mientras entrelazaba suavemente sus dedos en los míos-. ¿No te da pena que todo el mundo se vaya?

Por un segundo, estuve a punto de contestar. Pero acabé sugiriéndole que, tal vez, ya era demasiado tarde y debíamos coger un taxi. Compartimos uno y, antes de bajarme, nos volvimos a besar.

-Te llamaré -dijo ella.
-Hazlo -dije yo, despidiéndome con la mano.

Por aquella época, yo vivía en un departamento de estudiantes cerca de mi universidad. Metí la llave en la cerradura y corrí a encerrarme en mi habitación. Aterricé en la cama y entonces me dio por pensar en lo que acababa de decir la chica que lloraba: el modo en que la gente siempre acaba marchándose en un loco juego del escondite global que siempre nos deja con los pies empapados y el estómago hecho trizas.

De pronto, el teléfono sonó: era ella, la chica que lloraba.

Pero no le contesté: dejé sonar el timbre hasta que, al cabo del rato, pude acurrucarme de nuevo en el silencio.

Imagino que, con el fin de darle cierta estructura emocional a esta historia, podría decir que no cogí el teléfono porque, cuando me llamó la chica que lloraba, yo tampoco pude evitar echarme a llorar.

Pero no fue así: lo cierto es que me sentí vacío, impasible, como si mis tripas y mis sentimientos llevaran largo tiempo en el congelador, perfectamente conservados en un ambiente aséptico, indoloro: a salvo de todos los demás.

Y bueno, supongo que eso no es llorar.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Poco se habla de que, si uno se lo propone, es capaz de abstraerse y contemplar el mundo como una tupida red de dependencias emocionales, un juego del escondite global, una sucesión infinita de ausencias. 

Y de cómo, si uno vuela lo suficientemente alto, puede observar al fin la panorámica completa: el que no cogió el teléfono porque temía escuchar su propia voz, el que mintió porque no sabía quién era, el que se marchó porque recibió más amor del que creía merecer.

No sé, nuestro tiempo es escaso. Y supongo que, en definitiva, no somos más que reacciones químicas que se agitan desesperadamente, siempre a la busca de algo que no sabemos qué es pero que intuímos, casi vislumbramos cuando parece que lo tenemos por fin sobre la palma de la mano y se nos acaba deslizando entre los dedos.

Pero seguimos buscando, escudriñando los escaparates y las librerías, contemplando cada amanecer con inquebrantable voluntad científica. Y también mirándonos de reojo en el autobús, invitándonos a café y atándonos a la cama para acabar, el domingo por la tarde, resumiendo el asunto en nuestro cuaderno de notas con un lacónico: vaya, pues esto tampoco era.

En serio, poco se habla de que, si uno mira a suficiente distancia, la única certeza es nuestra propia soledad.

Y de lo tragicómico que resulta, a veces, comprenderlo todo.



miércoles, 9 de octubre de 2013

Llámenme narcisista, llámenme idealista, pero a veces fantaseo con que la Ciencia, en un sin par descubrimiento, concluya que yo, el que escribe estas líneas, soy un ser único e irrepetible.

No sé, algo así como un elegido, alguien tocado por los mismísimos Dioses, la quintaesencia de la creación, el mejor de todos los hombres.

Y que el día en que me muera, con el fin de descubrir el secreto de tan extraordinaria y sublime virtud, decidan destriparme.

Empezarían por la piel, supongo. Introducirían el bisturí con sumo cuidado y destreza, delimitando todas y cada una de las zonas de mi cuerpo. Tirarían entonces de mi epidermis con unas fuertes tenazas (no sé si este instrumento forma parte del protocolo clínico habitual, pero en fin: yo quiero que sea con tenazas) y me despellejarían lentamente, comenzando por mis piernas, mi espalda, mi torso y mis brazos; y continuando por mi cara, que sería depositada sobre un aséptico recipiente de metacrilato.

Después, mis músculos. Uno a uno. Cortarían los ligamentos que los unen a mis huesos y los irían colocando en una serie de receptáculos de plástico. Aquí los bíceps, ahí el diafragma. Y quizá, en unas pequeñas cajitas transparentes, los que posibilitan que pueda cerrar los ojos o sonreír.

En fin: todo lo delicado.

Y puedo sentir la expectación, la increíble excitación que flota en la estancia a medida que los científicos van acercándose al secreto de mi perfección.

Ha de estar ahí, en alguna parte.

Empiezan a extraer entonces cada uno de mis órganos: mis pulmones, mis intestinos, mi corazón. Los miden, los pesan, los analizan. Mandan pequeñas muestras a laboratorios de Sidney y Pekín. Y continúan con la disección hasta llegar finalmente a mi cerebro, que toman sobre sus manos con una mezcla de emoción y solemnidad, como se si se tratase de una reliquia sagrada, un raro tesoro.

Y bueno, ahí me tienen, frente a sus ojos.

Todo lo que soy, todos y cada uno de los tejidos que forman mi cuerpo. Desnudado con precisión analítica, despojado de todo lo que alguna vez me confundió con el resto de seres humanos.

Sí, eso es lo que quiero: que me destripen a mí, al más elevado entre todos los hombres; que me observen detenidamente, que me estudien durante largos años con objeto de hallar el secreto de todo lo bello, todo lo bueno que había en mí.

Y que al final, no encuentren nada.




Quizás madurar consista en renunciar a todo lo bello que una vez imaginaste con el fin de parecerte a la gente que te pide insistentemente que madures.

Por favor, seamos cautos.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Pero sí es cierto que hubo un tiempo en que sencillamente nos dejábamos llevar como si nada malo pudiera pasarnos. O mejor dicho: como si la sola posibilidad de que alguien pudiera aprovecharse de nuestra inocencia no existiera, plenos de amor y entrega, sonriendo a cada persona que encontrábamos a nuestro paso y exponiéndonos delicadamente a su influencia con la inconsciente certeza de que todos tenían algo importante que enseñarnos.

Y de este modo, el mundo era un mundo nuevo cada día: cálido, insondable y mágico. Y se sucedían los días de sol y viento. Y nos concedíamos contemplar el futuro como si se tratase de un lejano planeta poblado por seres fabulosos: un lugar en el que, quizás, podría hacerse posible cualquier cosa que imagináramos.

Pero para todo hay una primera vez, supongo.

Y bueno: fue entonces cuando alguien nos hizo daño.

martes, 1 de octubre de 2013

Dicen por ahí que amar significa aceptar al otro con sus fallos, estupideces y puntos feos y, aún así, ver perfección en sus imperfecciones.

Pero lo que yo pienso es que amar significa aceptarse uno mismo con todos sus fallos, estupideces y puntos feos para no caer en la tentación de esperar que el ser amado debe ser perfecto.

En fin, armarse de honestidad y decir: a ver, este soy yo, enséñame lo tuyo y vamos a intentar crear algo bello juntos.

A veces funciona y entonces es sensacional.


lunes, 30 de septiembre de 2013

No sé si les pasa que a veces sentís el extraño pero irrefrenable impulso de salir a la calle y gritar tan alto como sea posible. Pero no me refiero a chillar como en una protesta, sino a un grito primario, esencial; un grito que brote desde lo más profundo de tu ser y rompa tu garganta en mil pedazos. 

Y que se eleve, que se eleve por encima de los árboles, los coches y los centros comerciales. Que atraviese como un puto rayo las capas de la atmósfera y se pierda en el espacio, volviéndose más vacío y animal a su paso por cada planeta, por cada estrella temblorosa -de eso les hablo: de un grito que haga estremecer a las estrellas- y continúe su camino, indolente y ensordecedor, hasta quizás -Joder: esto sería tan hermoso- clavarse en la mismísima vagina de la Vía Láctea, una y otra vez, sin sentido ni piedad, de modo que tu grito y los chillidos de esa zorra se entrelacen e implosionen, finalmente, en un atronador orgasmo cósmico.

Pero entonces suena el móvil y alguien te indica que, si quieres cenar en casa, o si vas a pedir comida a domicilio.

Y nada: ahí te quedas, debatiéndote entre tu furiosa necesidad de afirmarte como individuo irrepetible en el mundo y poner la carne a descongelar.

En fin, gracias a todos.

Ha estado bien hablar de ello.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Qué difícil es todo lo que importa.

Y puede que lo sea precisamente por eso: porque importa. 

O quizás porque, cuando algo empieza a importarnos, nuestro cerebro se precipita por un abismo de ansiedad y neurotransmisores, alejándonos poco a poco de lo que en realidad nos importaba. 

Y claro: a veces se hace difícil recordarlo.

Hay tantos lugares en los que perderse. Tantos detalles. Tantos anhelos. Tantas culpabilidades.

Pero aquí estamos: tú y yo, mi boca y la tuya unidas por un hilillo de saliva casi invisible, mirándonos a los ojos con la certeza de que, en este mismo instante, somos plenamente conscientes de lo que verdaderamente importa.

Y de que será difícil.

Es como si los dos acabáramos de volver de un largo camino.

Un camino tenebroso, plagado de lugares donde perderse.

Pero aquí seguimos: tú y yo, nuestras discusiones, tus dificultades y las mías, la confianza temblorosa.

Yo qué sé, abrázame.

En serio: deja que te abrace tan fuerte como pueda.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Resulta inquietante, pero la mayoría de las situaciones tristes de la vida me producen indiferencia y tan sólo soy capaz de llorar con las películas.

Hace tiempo, leí que lo que nos hace llorar de las películas es contemplar cómo sus protagonistas han de soportar todo tipo de desdichas que sobrepasan con mucho su capacidad de sufrimiento. Y el modo en que, casi vencidos -cercados por el fuego enemigo, desesperados por una carta de amor que nunca llega- se ponen en pie y deciden sacrificarse en aras de algo que va mucho más allá de sí mismos.

No como nosotros, que somos unos mierdas.

En realidad, creo que eso es lo que verdaderamente nos hace llorar de las películas: lo poco que se parecen a la vida.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Anoche, cuando nos metimos en la cama, yo me quedé muy quietecito, en mi lado, tratando de quedarme dormido sin hacer demasiado ruido.

Yo qué sé: hay días y días. 

Y supongo que ayer no era el día.

Buenas noches, dijiste.

Pero entonces sentí el irrefrenable impulso de volverme hacia ti y engancharme desesperadamente a tu brazo como se enganchan los koalas a la rama del árbol.

Y te pregunté: ¿me quieres?

Tú contestaste -ya medio dormida- que sí, que mucho.

Después te arropaste y sorbiste los mocos.

Yo seguía enganchado a ti, pero decidí que quizás debía incorporarme un poco para resaltar mi preocupación en el contexto de una cálida y acogedora cama a las dos y media de la madrugada:

¿Estás constipada? -te pregunté.

Y tú emitiste un leve ronquido, seguido de un silbido ascendente que se perdió lentamente entre las sábanas.

Nada que hacer, pensé.

Y volví corriendo a engancharme a mi rama.

Cerré los ojos. Luego los volví a abrir.

Te observé durante un instante, tan perfecta e indolente, como una de esas diosas griegas que aparecen adormecidas en los cuadros bajo un manto de terciopelo que se desliza suave y graciosamente hasta dejarlas con una teta al aire.

Me pasé muy despacio la mano por la frente.

Igual el que se está poniendo malo soy yo, dije.

Tú me respondiste con otro ronquido.

Y luego otro, ya de clara naturaleza sostenida y contundente.

Elevé un poco la voz:

¿No tienes frío, mi amor?

Creo que fue entonces cuando al fin conseguí despertarte. Recuerdo que lo hiciste en un suspiro, pero sin sobresaltos. Te giraste hacia mí y me diste un beso en una mano.

De pronto, me miraste fijamente a los ojos, como quien cae en la cuenta de algo:

¿Estará nuestra hija bien arropada?

Suspiré. Me levanté a duras penas. Recorrí el pasillo y abrí la puerta. Y allí estaba nuestra pequeña: acurrucada, arropada y por completo ajena a mis padecimientos conyugales.

Volví a nuestro dormitorio y me tumbé de nuevo a tu lado.

Asentí con la cabeza.

Tú sonreíste.

Buenas noches, dijiste.

Y ahí me quedé yo, muy quieto en mi lado de la cama, tratando de encontrar otra buena excusa con la que mantenerte despierta.

Un poco más, al menos.



miércoles, 24 de julio de 2013

Quiero besarte. 

Y tú estás ahí sentada con tus papeles y tus libros y esos formularios a cumplimentar que siempre te está mandando tu jodido jefe. 

Nah: la vida moderna y los sacrificios implícitos a toda carrera profesional perfecta siempre lo acaban dificultando todo.

Pero yo estoy aquí, sentado en el mismo sofá en el que tú estás sentada en este preciso instante.

Y quiero besarte.

Ahora observo esa forma tan victoriana que tienen tus dedos de pulsar las teclas y me pregunto cuál sería la estrategia más adecuada para lograr mi objetivo.

Puede que bastara con acercarme un poco más a ti.

O por el contrario: quizá debiera alejarme un poco más.

Yo qué sé: por hacerlo rápido.

Pero es que a veces todo es tan pragmático, tan indoloro: como si este cómodo silencio bastara para decirlo todo.

Tu a lo tuyo.

Y yo a lo mío.

Las facturas pendientes, montón de ropa tirada por el suelo, la cocina sin limpiar.

Afuera cantan los pájaros y luce el sol.

De verdad: compartir nuestras vidas siempre ha sido sencillo y hermoso.

No tengo ninguna queja.

Ni tampoco dudas.

Es sólo que quiero besarte.

Y voy a besarte.

Un beso amable, fugaz; en la mano o quizá en la frente, mientras me levanto en plan casual y te pregunto si quieres otro café.

Ya ves: como si hiciera falta una excusa, una acción adicional para acercarme a ti y besarte.

Como si ya me hubiera olvidado de cómo besarte.

Y es triste si lo piensas, mi amor.

Pero no te preocupes: ya vuelvo de la cocina.

Sólo estoy haciéndolo rápido.

lunes, 15 de julio de 2013

Ni los tallos de las flores. Ni las tacitas de porcelana. Ni los negativos de las fotografías. Ni siquiera esas mariposas de colores que a veces aletean arbitrariamente entre los coches y el asfalto.

De verdad: no hay nada tan frágil como un comienzo.

sábado, 22 de junio de 2013

A veces sueño con un mundo sin deudas. Pero no me refiero al dinero. Que le follen al dinero. Hablo de sentimientos. De favores. De fluidos. Hablo de no tener que devolver ninguna caricia y, por tanto, de sentirse plenamente libre de dejar caer nuestras manos sobre un pedazo de piel del mismo modo en que respiramos: sin pedir cuentas después. 

Hablo de de abolir los turnos de limpieza del baño. En serio: destruyamos de una puta vez los turnos de limpieza del baño, sepultémoslos bajo una tonelada de cemento, corramos un tupido velo y miremos para otro lado.

Y es que, ¿acaso ha existido mayor error en la historia de la Humanidad?

Yo digo: no.

Y en este mismo instante propino un sonoro golpe en la mesa.

Y continuemos, continuemos después con todo lo imaginable: el intercambio de libros, las preguntas que exigen una respuesta, las brillantes carreras profesionales con que los hijos deben compensar las privaciones de sus padres, media hora de dibujos a cambio de terminar los deberes, yo te he dado la vida y toda esa movida que siempre sale a relucir a la hora del café con tostadas.

Ojalá existiese un dios cruel y vengativo, al estilo de las tragedias griegas, a quien culpar por nuestro cautiverio.

Que no está hecho de hierro, sino de culpabilidad.

Pero es que no lo hay.

Y ésa es la verdadera tragedia.

viernes, 14 de junio de 2013

Es curioso cómo nos encontramos y nos desencontramos todo el tiempo. Puede que al modo de esos pajaritos veraniegos que, allá, en lo alto, danzan en perfectas espirales hasta que un golpe de viento (quizá todo se reduzca a eso: al viento) los separa violentamente hasta perderse para siempre en el cielo.

O bien, desde una perspectiva científica: quizá no seamos más que moléculas que flotan libremente en el éter, chocan entre sí, se invitan a café, se olfatean el culo y proyectan animadamente la compra de una casa en el mar.

Pero es que al final, en virtud de algún misterioso proceso químico, no tardamos en alejarnos unos de otros.

Pero siempre cabe la posibilidad de que nos encontremos de nuevo. Personalmente, siempre he pensado que las personas no somos verdaderamente capaces de mirarnos a los ojos si no es al cabo de un largo viaje.

No sé: ojalá este escondernos y encontrarnos tuviera algún sentido, una suerte de meta final, una cena con velitas, al cabo de muchos años, en la que al fin nos tomemos las manos para no volver a soltarnos jamás.

Porque se sufre, se sufre tanto a lo largo del proceso.

Y el caso es que no existe otra forma de amar.

Lo dicho: qué loco es todo.

miércoles, 12 de junio de 2013

Esas ganas de pegarse un tiro de buena mañana que, afortunadamente, van diluyéndose en una suerte de rabia domesticada, un puñetazo en la mesa, un maldecir frente a las últimas noticias económicas, un mirar por la ventana y tratar de rescatar dos o tres recuerdos positivos, esperanzadores; lo suficiente compensatorios como para acabar el proceso sentado en el sofá, tomando café y sumido en un estado de resignada apatía.

Ah: "Dios" aprieta, pero no ahoga.

martes, 11 de junio de 2013

¿Se han fijado en que es imposible encontrar a otro ser humano que no tienda a juzgar permanentemente cada mínimo aspecto de tu vida?

Querer, lo llaman.

Y el caso es que ya he vivido lo suficiente para saber que todas nuestras certezas son absurdas, arbitrarias y absolutamente prescindibles.

A veces pienso: ¿y si invirtiéramos todo ese tiempo en contar historias, escuchar las de otros o hacernos cosas bonitas con los dedos, los pies y la lengua?

No habría nada.

Pero no: en lugar de eso, seguimos forjando una infinita cadena de culpabilidades con cada ser humano que encontramos a nuestro paso.

Una cadena pesada, dolorosa: casi indestructible.

También lo llaman vivir.

lunes, 27 de mayo de 2013

Hoy quiero explotar hacia dentro. 

Y el caso es que aún no he decidido cómo. No sé si rollo revolución interior: una suerte de cóctel molotov íntimo y personal que arrasara con todas y cada una de mis convicciones hasta dejarme en reset, nuevamente sediento de todo. O quizás volver sobre mi pasado e ir uniendo esto y aquello en busca de ese chispazo, esa violenta revelación de tele-filme que me mostrase en pelota picada ante mí mismo. O puede que sea suficiente con imaginar otra vez sus manos: en mi estómago, en mis intestinos, deslizándose con delicadeza sobre mis pulmones, retorciéndome furiosamente el corazón y las arterias.

Yo qué sé: uno tiene sus necesidades.

Lo que está claro es que hoy necesito explotar hacia dentro.

Porque vale: si pudiera, yo explotaría hacia fuera.

Pero tampoco quiero molestar.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Supongo que el Infierno debe de ser contemplar a quien amas sumido en una inexplicable tristeza frente a la cual no puedes hacer absolutamente nada.

Un poco como aquí, sólo que sin aire acondicionado.

martes, 21 de mayo de 2013

Sintetizando mucho: el mundo es inviable.

Y es que este mundo ya es mucha movida, algo demasiado complejo e inaprensible. ¿Quién puede ya tirar del hilo, quién se atreve a desenredar esta maraña de deudas y culpabilidades; quién -pero quién: dímelo- quién puede ya sentirse capaz de entender toda esta puta mierda?

Y cada día, en el periódico, salen seis o siete chicos diciendo: yo lo entiendo todo. Entonces vas tú -mientras te tomas, por ejemplo, un sandwich con café- y eliges a uno.

Éste mismo.

O bueno, éste otro.

Yo qué sé, el que más te guste.

En realidad, viene a ser como un concurso de misses, sólo que con la verdad.

Mierda: es todo tan absurdo.

Pero queda quizás la estrategia de poner la mente en blanco, aceptar nuestra ignorancia, firmar una tregua con la impotencia.

Y acaso salir cabizbajo a pasear. Y quizás encontrar de pronto a alguien que te entienda a ti, alguien que te invite a descender de lo macro a lo micro, alguien capaz de hacerte recordar tu propia y verdadera historia.

No sé, alguien que te quiera.

Y si eso les sucediera, no pienses demasiado sobre ello.

En serio: ni se les ocurra.
Me abrazas y dices: cuánta paciencia tienes conmigo.

Pero acaso tú no sabes que yo estoy biológicamente diseñado para soportar eternas glaciaciones, furiosas cornadas de mastodonte, solitarias caminatas, enjambres de insectos, océanos de sed y desiertos cuyo horizonte jamás llega a divisarse con tal de tener otra oportunidad de reproducirme.

De verdad: tú no sabes cuánta paciencia puedo llegar a tener.

lunes, 20 de mayo de 2013

A veces, desearía que una suerte de ser omnipotente surgiera de los cielos y nos cerrara la puta boca a todos durante un minuto.

Yo creo que sonaríamos bien.

Y es que siempre hay un montón de gente diciendo cosas. 
En todas partes: sin tregua, sin piedad, sin respirar.

Sinceramente: es agotador.

Y me pregunto cuándo tendremos tiempo -teniendo en cuenta que uno debe ser capaz de discernir la información relevante del mero ruido y además ser una pareja comprometida y fregar la loza- para hablar al fin de lo que realmente importa.

Que no tengo ni puta idea de lo que es, de acuerdo.

Pero en serio: ojalá nos quede tiempo.

viernes, 17 de mayo de 2013

¿Y si al final resulta que no hay absolutamente nada que explicar?

Quiero decir: que todos lleguemos al término de nuestros días y descubramos, perplejos, que no hay explicación posible para toda la movida, que no hemos sido sino insignificantes reacciones químicas en un universo que ni siquiera llegamos a comprender, chispas a la deriva, cagarrutas interestelares.

Algunas muy hermosas, de acuerdo. Pero sólo eso.

Y en definitiva, que ha importado básicamente una mierda haber elegido ésta o aquella brillante trayectoria profesional, el color de las deportivas a juego con el suéter, nuestras parejas sentimentales. Que todo ha sido una inmensa broma. O ni eso: porque es que tampoco se escuchará una sonora carcajada de fondo; por no haber, no habrá ni quien se ría de nosotros.

Ni tampoco catarsis con banda sonora instrumental de fondo.

Sólo nosotros.

O sea, nada.

Así que no sé: he pensado que podríamos ir adelantando acontecimientos y quedar para merendar o algo.

En serio: hay que celebrarlo.

martes, 14 de mayo de 2013

Avanza veloz el conocimiento de la materia, progresa imparable la biología evolutiva, nos dicen que viviremos cien, doscientos, trescientos años; los implantes biónicos ya están ahí, son portada de revista: brazos rollo Robocop, piernas hidráulicas con las que desafiar al vacío, ojos que atraviesen las paredes, corazones que nunca dejen de latir; y acaso será posible desarrollar exponencialmente la inteligencia a través de conexiones frágiles, enlaces casi invisibles que florecerán nuevamente en nuestros cererebros; y ser bonito, joder, al fin ser bonito y poder elegir cada mañana, mientras te comes las tostadas, tu propia mirada inquisitiva, tu sonrisa social perfecta, unas manos delicadas, un abdomen renacentista a tono con el conjunto.

Todo esto ya está aquí, a la vuelta de la esquina.

Y por el increíble precio que aperece en pantalla.

Pero aún nadie nos dice qué clase de mierda tenemos en la cabeza, cuál es la estructura molecular de nuestra miseria.

Ni nos lo dirán.

No sé: yo creo que aún hay esperanza.