A veces sueño con un mundo sin deudas. Pero no me refiero al dinero. Que le follen al dinero. Hablo de sentimientos. De favores. De fluidos. Hablo de no tener que devolver ninguna caricia y, por tanto, de sentirse plenamente libre de dejar caer nuestras manos sobre un pedazo de piel del mismo modo en que respiramos: sin pedir cuentas después.
Hablo de de abolir los turnos de limpieza del baño. En serio: destruyamos de una puta vez los turnos de limpieza del baño, sepultémoslos bajo una tonelada de cemento, corramos un tupido velo y miremos para otro lado.
Y es que, ¿acaso ha existido mayor error en la historia de la Humanidad?
Yo digo: no.
Y en este mismo instante propino un sonoro golpe en la mesa.
Y continuemos, continuemos después con todo lo imaginable: el intercambio de libros, las preguntas que exigen una respuesta, las brillantes carreras profesionales con que los hijos deben compensar las privaciones de sus padres, media hora de dibujos a cambio de terminar los deberes, yo te he dado la vida y toda esa movida que siempre sale a relucir a la hora del café con tostadas.
Ojalá existiese un dios cruel y vengativo, al estilo de las tragedias griegas, a quien culpar por nuestro cautiverio.
Que no está hecho de hierro, sino de culpabilidad.
Pero es que no lo hay.
Y ésa es la verdadera tragedia.
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