La contemplé por un segundo en su erguida, orgullosa y acorazada fragilidad. Su pecho se agitaba y aguardaba una respuesta. La certeza crecía inexorable en mi corazón: no nos amábamos. Lo nuestro sólo era una mimada y bonita relación tóxica, un idilio por dependencia, una de esas proyecciones autodestructivas que pasan una sola vez en la vida. Pero no era amor. El amor debía de ser otra cosa: un sentimiento equitativo, una serena certeza del otro, follar de un modo más empático y gimnástico, tenerse en cuenta, reducir la ansiedad, acompañarse de la mano a las citas médicas. Y no aquel interminable juego de espejos e ilusiones, adivinanza y psicología inversa, esconderse y desearse, la dolorosa erótica del desplante que impregnaba cada idiosincrasia de nuestra relación. No, aquello no podía ser amor.
Entonces yo dije:
-Te quiero.
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