Te va a pasar algo. Cualquier cosa: la muerte de tu gato, perder ése puesto de trabajo que tenés de hace años, el enésimo romance fallido.
Entonces, como una flor doblegada por el viento helado, te vas a replegar sobre vos mismo y vas a pensar: nunca, nunca más.
La duración del proceso es variable. Los psicólogos difieren en sus estimaciones, pero podemos aventurar que pasarás una puta eternidad sumido en la más profunda y despiadada apatía. El truco es el siguiente: considerálo como una imprescindible estrategia de supervivencia. Tomáte tu tiempo. Poné el teléfono en modo avión. Comé pizzas congeladas a todas horas. No te vistás, no te peinés, no te duchés.
Para qué: ya no hay nadie alrededor.
Y si todavía queda alguien, lo vas a percibir como una existencia difusa, un espejismo que respira, una presencia bienintencionada, en el mejor de los casos, que trata de proporcionarte consejo, alivio y, en ocasiones, sugerencias cinematográficas y un poquito de pastel de zanahoria.
Pero un buen día te va a mirar y se va encoger de hombros.
Después, se ve a marchar.
Es bien sabido que ver a un triste enfada. Imaginá, por tanto, el mal plan que se te va a poner, a solas con vos mismo, refugiado durante toda una eternidad en el orgullo del sufrimiento. Ordená la cama de mala gana, cagáte en Dios, da portazos, deseá la muerte de toda la gente feliz que sale por la televisión, planeá con detalle tu suicidio, fantaseá con genocidios y autolesiones, cargáte, en el transcurso de una noche oscura del alma particularmente jodida, el microondas de un sólo golpe.
Oh, mierda, cómo voy a recalentar ahora la pizza, pensá.
Entonces llorá. Vamos, es el momento, no te cortés, llorá sin mesura, consideración ni respeto por los vecinos. Sentí la irrefrenable necesidad de llorar mientras en tus tripas cristaliza, como un ópalo negro, la certeza de que ya no quedan caminos posibles, esperanzas que alimentar, puertas a las que llamar.
Imaginá qué bonito sería si alguien apareciera en este mismo instante con una palabra de aliento y un montón de pastel de zanahoria.
Llorá todavía más.
Perdé poco a poco la noción de la realidad y del tiempo y despertá, de pronto, en la cama con un hilo de baba precipitándose sobre la almohada y los pantalones puestos.
No, en serio, seguro algo habrá que hacer para salir de esto. Contemplálo como una sencilla cuestión económica, una relación entre recursos y propósitos. La cosa de momento no da para mucho. Laváte los dientes. Hacé tus necesidades. Miráte al espejo de reojo.
En fin, poco a poco.
A partir de ahora, no dejés de sorprenderte con cada pequeño avance. Es hora de recordar y utilizar todas las premisas extraídas de la ciencia del coaching. Caerse es comprensible, pero levantarse es obligatorio. Escuchá a tu voz interior. Descubríte a vos mismo. Mantenéte en el centro del círculo y dejá que todo gire. Nunca entendiste muy bien qué putas quiere decir eso. Pero qué importa.
Primero un pie y luego el otro. Quizá sea hora de visitar de nuevo al peluquero, decidís, mientras en tu interior percibís un vago pero creciente apetito social. Por medio de un ímprobo esfuerzo, descolgá tu teléfono y llamá a quién sea. Por ejemplo: a cualquier compañero relajado y abiertamente expuesto a la influencia ajena que hayas podido conocer últimamente en el trabajo. O a ese amigo que acaba de regresar de Estados Unidis y se trajo una novia altísima y pelirroja. Revisá las redes sociales, ponéte al día de las últimas novedades. Llamá a tu agarre de los dieciocho años, ése con quien aprendiste que hay caricias que calan la piel y los huesos y se llevan para siempre en el alma. Ahora resulta que trabaja como cooperante en una empresa. Da igual: llamá a su hermana. Llamá a los broderes del barrio. Llamá al psicólogo, pero no te preocupés porque una recaída la tiene cualquiera. Llamá a tu amiga drogadicta. Llamá a tu profesor de guitarra eléctrica.
Empezá a acudir a conciertos, estrenos teatrales, rifas benéficas. Te hará bien descubrir que la gente ha reparado en tu ausencia y ahora te saludan con una sonrisa y una copa y todo tipo de comentarios amables. No obstante, todo el mundo ignorará por lo que pasaste, nadie hará una mención explícita, el asunto flotará en el aire como un vaporoso paréntesis mientras a tu alrededor todo el mundo continúa charlando sobre el problema nacionalista.
Vas a respirar aliviado e incluso lo vas a tomar como una muestra de consideración.
Pero al volver a casa, te vas a sentir completamente vacío.
Y así van a transcurrir tus días. Vas a comenzar a cerrar círculos. Poco a poco, primero un trauma y luego el otro. Al cabo de unos meses, vas acariciar la esperanza de que esto te ha hecho crecer como persona, que pronto vas a ser más fuerte y decidido y compasivo con tus semejantes.
Aunque en el fondo comprendés que ese ópalo negro sigue clavado en tu pecho y que nada volverá a ser como antes.
Aunque en el fondo sabés que en tu interior sólo hay mierda.
Pero vas a aprender a vivir con ello y al poco vas a recuperar la risa y, con ella, el sentido irónico de la vida. Vas a observar el paso de la gente a través del ventanal de una cafetería, mientras hacés pedacitos de papel con los resto del sobre de azúcar y pensarás a ritmo de blues: lo siento por todos ustedes.
El olvido hará su parte. La distancia ayuda.
Vas a escribir una novela, pero nadie querrá publicarla.
La verdad: te va a dar igual.
Por cierto, a la del pastel del zanahoria te la vas a encontrar de nuevo. No te lo vas a esperar para nada. Pero ella te va a sonreír, bastante cambiada y te va a contar que superó una hepatitis y ahora tiene un hijo y ha que participó recientemente en dos competiciones regionales de crossfit.
Vaya, vas a decir, mientras te rascás la cabeza.
Me alegro de verte de nuevo, responderá, con un poso de amargura.
Jamás se volverán a encontrar.
Y no sé qué más decirte, porque sí, la tormenta ha paró y ahora el horizonte está en calma y —¿podés creerlo?— últimamente incluso me miro de frente al espejo y pienso que todo eso ha de tener un significado.
Aunque tengo que confesarte —y esto es lo que me inquieta— que no sé qué hay más allá. Sospecho que el proceso sigue avanzando como un tren en plena noche y a veces ni siquiera soy capaz de adivinar dónde estoy, si al principio o al final, como si estos dos términos tuvieran ya algún sentido, como si quedara todavía algo significativo y valioso por lo que luchar.
Pero va a suceder algo. Cualquier cosa: terremotos, cristales rotos, una inesperada invitación al amor.
Debemos confiar en ello. No nos queda otra. Sucederán cosas.
Y volveremos a sentir.
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