sábado, 20 de abril de 2013

¿Acaso merece la pena todo este esfuerzo, este sufrimiento, este cuidar cada detalle, este sonreír por las mañanas, este preparar ensaladas nutritivas, este recoger después la cocina, este incansable ejercicio de empatía, este derroche de consideración, este infinito deambular por los pasillos de la Universidad, este hacer hueco en el sofá, este perdonar, este admitir, este traicionar a la propia soledad para que al final a uno lo quieran?

Pues yo doy un sonoro golpe en la mesa y exclamo: ni puta idea.

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