He estado echando cuentas y creo estar en disposición de afirmar que, mucho antes de conocerte, yo ya te quería.
Y sí: ya sé que no soy el primero que dice esto, que es posible encontrar conjeturas similares en las dedicatorias de las novelas, en las carpetas de los trabajos universitarios, en los estribillos en sol menor de cualquier cantautor hijo de puta.
Pero bueno, yo no soy cualquier habla mierda: tengo pruebas científicas.
Porque si observás muy, muy atentamente las principales obras maestras del Barroco, coincidirás conmigo en que, allá por el 1683 yo ya te amaba con toda la magnitud de los claroscuros y las poses afectadas de los santos.
Año más, año menos: hago lo que puedo.
Pero es que también es evidente que, en la Edad Media, yo te deseaba ya con la sumisión del caballero para con su dueña; y que en la época de las mastabas y la movida cuneiforme, también te adoraba como a una diosa fértil; y que incluso en el Paleolítico, cuando aún no había hipotecas multidivisa y la cosa se apañaba con unos cuantos árboles frondosos y tan antiguos como la tierra, yo ya quería llevarte al huerto.
Y eso que aún no había huertos.
Imagináte.
Y bueno: ahora que en la secundaria y documentales de TV he aprendido sobre física cuántica y astronomía sospecho que, allá por el Big-Bang, yo ya bebía los vientos por vos.
De hecho, intuyo que la partícula extremadamente densa y explosiva que fue el origen de todo, no fue una partícula cualquiera: éramos nosotros.
Folleteando, arañándonos, ardiendo a eones de distancia.
Pero claro: no nos conocíamos porque aún no había nada por conocer.
El caso es que tengo todos los datos, todas las intuiciones: tan sólo me falta completar unos esquemas y rellenar unas gráficas. Pero vamos: he decidido escribirte esto porque quería adelantarte los resultados de mi investigación.
Lo único que me jode es no poder conocer de igual forma el futuro: eso sólo lo pueden hacer los dioses.
Y yo tan sólo soy un loco.
Porque te confesaré algo: con todo, a veces me pregunto si seremos capaces de querernos mañana.
Y no obtengo ninguna respuesta empíricamente válida.
En realidad, no encuentro respuesta alguna.
Y eso me mata.
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