No entiendo toda esta movida de la educación. No comprendo todo este asunto de los castigos y las consecuencias, como tampoco llego a comprender que sea extraordinariamente positivo que nos reconozcan todo el tiempo las cosas que hacemos bien.
La verdad: me parece un montón de mierda.
Tampoco me cabe en la cabeza que lo que sirve para uno tenga que servir para cualquiera, que nos pongan en fila india, que después nos hagan sentarnos a todos a la vez, que vengamos al mundo con manual de instrucciones; y que salirse un pelo del procedimiento aconsejado tan sólo pueda dar lugar a adolescentes violentos que se pierden en una espiral de sexo y drogas.
Por otra parte, me gustaría refutar a Skinner y su ampliamente aceptada teoría del aprendizaje. Con una motosierra. (*) Me gustaría volar por los aires las asignaturas, los recreos y las actividades extraescolares. Nunca llegaré a entender que el infinito potencial de todo ser humano tenga que ser inmediatamente acotado con horarios y tests de inteligencia. Tú verbal, tú matemática. Y la de la última fila con gesto lánguido y pelo revuelto, hale: a hacer manualidades.
Y rapidito, que luego toca jugar.
Y bueno, lo reconozco: esto es mejor que el analfabetismo. Pero lo menos malo no tiene por qué ser esencialmente bueno. Y me gustaría, me gustaría tanto que nos paráramos a pensar si esto que estamos haciendo es lo mejor que podemos hacer, si de verdad merece la pena hacer infeliz a un montón de gente a cambio de cuatro genios, cuatro trepidantes historias de éxito en televisión.
Y sobre si realmente debemos seguir aplicando los consejos de Super Nanny.
No sé, que lo llamen instrucción. Que lo llamen adiestramiento. Que lo llamen terapia congnitivo-conductual. En fin: que lo llamen como quieran.
Pero que no lo llamen educación.
Porque la educación, sencillamente, no debería ser todo esto.
_____________
(*) Lo sé. Déjenme a solas con mis contradicciones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario