Esto es nuestro, Nicole Bonilla.
Que me acaricies la
culpabilidad. Que me arrulles la culpabilidad durante largo rato, desde la
punta a la base, en un loop tierno y tormentoso, hasta dejarme finalmente
tirado en la cama, agitado, lloriqueando, con mi pobre culpa a mil por hora.
Listo para sentencia.
Que te coloques muy cerca de mi cara, de modo que, mire dónde mire, tan sólo encuentre tu palpitante vacío existencial. Y yo queriendo, jadeando, muriéndome por llenar ese vacío que enmarques con tus dedos, describiendo espirales más y más amplias con el fin de mostrarme, de manera un tanto cruel, lo delicado y profundo de tus carencias.
Y que mi culpabilidad no pare de dar saltitos. Y con cada nueva espiral se haga más evidente nuestro deseo de llenar tu incompletud con mis delitos. Mi rollo sea anhelar lo que me estaba prohibido poseer. Y el tuyo exhibir como una zorra lo que, en el fondo, siempre has tenido miedo de entregar.
Y con el paso del tiempo, entender que el fin no era tanto poseernos como dilatar eternamente aquel instante, que era nuestro y de nadie más, psicológicamente coherentes, excitados como sólo pueden estarlo los mismísimos dioses.
Pero en fin: también somos humanos.
De modo que, en algún momento, al final acabemos por rendirnos el uno al otro, comernos a besos, hundirnos en aquella cama como si estuviera hecha de arenas movedizas.
Después, me tomes la mano:
—Ven conmigo.
Y que así acaben siempre nuestros encuentros: muy desnudos y abrazados, tu rostro sobre mi pecho, meándonos tiernamente en el baño.
Yo qué sé: la cosa es que nos queramos mucho.
Y dejarlo todo muy limpito.
Listo para sentencia.
Que te coloques muy cerca de mi cara, de modo que, mire dónde mire, tan sólo encuentre tu palpitante vacío existencial. Y yo queriendo, jadeando, muriéndome por llenar ese vacío que enmarques con tus dedos, describiendo espirales más y más amplias con el fin de mostrarme, de manera un tanto cruel, lo delicado y profundo de tus carencias.
Y que mi culpabilidad no pare de dar saltitos. Y con cada nueva espiral se haga más evidente nuestro deseo de llenar tu incompletud con mis delitos. Mi rollo sea anhelar lo que me estaba prohibido poseer. Y el tuyo exhibir como una zorra lo que, en el fondo, siempre has tenido miedo de entregar.
Y con el paso del tiempo, entender que el fin no era tanto poseernos como dilatar eternamente aquel instante, que era nuestro y de nadie más, psicológicamente coherentes, excitados como sólo pueden estarlo los mismísimos dioses.
Pero en fin: también somos humanos.
De modo que, en algún momento, al final acabemos por rendirnos el uno al otro, comernos a besos, hundirnos en aquella cama como si estuviera hecha de arenas movedizas.
Después, me tomes la mano:
—Ven conmigo.
Y que así acaben siempre nuestros encuentros: muy desnudos y abrazados, tu rostro sobre mi pecho, meándonos tiernamente en el baño.
Yo qué sé: la cosa es que nos queramos mucho.
Y dejarlo todo muy limpito.
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