jueves, 2 de octubre de 2014

Existen ciertas personas, acaso caracterizadas por un alma infinitamente delicada y una infancia colmada de caprichos, que encuentran un raro placer deseando, lo que jamás podrán obtener. Dicha dinámica se acentúa con los años, los desengaños y los apetitos dulcemente incumplidos. Quién sabe: puede que todo sea debido a un mecanismo de defensa. O a un déficit de dopamina. O quizá de madurez. O a la certeza de que, cuanto mayor es la posesión del objeto deseado, menos se parece a lo que una vez anhelamos.
Es algo así como cuando te atan a la cama. Y no es sólo su cuerpo el que te envuelve, por así decirlo, cuando se deja caer lentamente a tu lado y sus dedos comienzan a recorrer tus expectativas, las pobres, tan expectantes y temblorosas.
Es su negación.
Son tus putas ganas.
Lo que realmente te arrulla entonces son tus ganas y, por un momento, sientes que el universo no ha de ser otra cosa que esa incipiente eclosión, ese instante detenido, esa culminación que, juguetona y cruel, se pospone una y otra vez ante tus ojos.
Aunque si notas que la cuerdecita se deshace, pum: el universo entero desaparece.
Vuelvo al principio: hay algo decididamente melancólico en prescindir de todo deseo factible. En la incapacidad de sentirte vivo de otro modo. En no querer llegar jamás al final del camino.
Habría que preguntarle a los niños, a los revolucionarios, a los neurólogos que salen por la tele.
O quizás no preguntar a nadie en absoluto.
El suicidio es opcional.

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