miércoles, 9 de diciembre de 2015

Aunque yo hoy lo que quiero es estar muy pegadito a vos.

Que nuestros pies se acaricien, que nuestros brazos se enreden, que tu piel y la mía se toquen en cada centímetro hasta que obtengamos la evidencia empírica e incuestionable de que, en fin: ya es imposible estar más pegaditos.

Y partir de ahí, tratar de apretujarnos aún más, desafiando las leyes de la física, la mesura y esos manuales de montaje conceptuales que dan los cabrones de cada aparato electrónico. Porque si todo se derrumba, da igual: nos hundiremos sobre los restos de la cama como si fueran arenas movedizas.

Pero seguiremos pegaditos, que es lo único que yo quiero.

Y bueno: ya sé que la ajetreada vida moderna y nuestra extraña tendencia a los desencuentros -y eso que, en esta vida, nos encontramos todo el tiempo- siempre lo acaban dificultando todo.

Pero en fin, seré sincero: si accedés por pena, en realidad no me importa demasiado. Si lo hacés, en cambio, para satisfacer tus propias e irrefrenables necesidades epidérmicas, pues bueno, mucho mejor, claro: a dónde va a parar.

Aunque si al final consientes -sólo es otro ejemplo- porque temes secretamente que yo sea un loco peligroso con una motosierra escondida en alguna parte, pues tampoco pasaría nada.

Si es que a mí me da todo igual con tal de poder estar muy pegadito a vos, mi amor.

Y follarte, follarte hasta hacerte gritar. Follarte con mimo, saliva y sangre. Follarte hasta que, al fin, nos despeguemos con violencia y caigamos cada uno sobre nuestro respectivo lado del colchón, temblorosos y jadeantes.

Luego ya si eso abrimos para ventilar.

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