jueves, 22 de febrero de 2018

Se me acaba de ocurrir que, en una contribución sin par al devenir humano, estaría bien clasificar a algunas de mis parejas sexuales según diferentes estilos de la Historia del Arte. Lo cierto es que pasé buen rato pensando el asunto y, sorprendentemente, muchas acaban encajando en alguno. Como soy un hombre discreto, no voy a detallar aquí nombres y apellidos. En lugar de eso, expondré las conclusiones a las que he llegado a lo largo de mi vida sexual, que empezó a los seis años.

Clásico.

Antes de nada, no existe un estilo clásico de coger. Al menos, en la vida corriente. Este estilo vive en el limbo de la memoria colectiva como la forma ortodoxa, higiénica y armónica de coger. Es una referencia, un manual al que siempre podés volver cuando te perdás. Está muy bien conocerlo y, por ese mismo motivo, todas las asignaturas de las carreras de letras empiezan por los griegos, es algo que tenés que saber antes de lanzarte más allá. Es como un respetuoso y ritualizado tributo previo a meterse en harina de verdad. Por lo demás, nunca he conocido a nadie que coja clásico. Ni tampoco normal.

Renacentista.

En mi opinión, es por el que todos empezamos. Respetamos los cánones y procuramos perfeccionarlos, siempre atentos a la valoración de algún maestro que ha repetido la asignatura y sabe del tema. Se trata de la celebración del cuerpo humano joven y bello, del placer por el placer, del experimentar con perspectivas distintas de la misma cosa, eso sí, sin salirnos demasiado del cuadro general. Lo típico es que, en este estadio, tu fantasía sea hacerlo en una playa o en el campo, lo de la arena que se te mete por el culo es algo con lo que no contabas y te lleva, posteriormente, a buscar nuevas formas de expresión.

Medieval.

Dificilísimo de encontrar, injustamente menospreciado, un placer incomparable, sólo reservado al paciente erudito de coger. En síntesis, hay que recordar que aquí Dios es el centro del universo, y tu polvo también gira, por razones geométricas evidentes, alrededor de él. Es el momento de abrir los ojos como platos, gemir con un gesto compungido y mirar bien alto, hacia los cielos, en señal de gratitud. Si sos ateo da lo mismo, ponéle un poco de imaginación y ya está. Lo malo es la perspectiva frontal, que acaba cansando un poco, pero bueno, se compensa con un simbolismo bastante variado y, en ocasiones, inquietante. Hay que añadir que un subgénero de éste es el amor cortés, una de las coartadas más bonitas que hemos inventado los seres humanos para reproducirnos.

Primitivo.

Esto no es un estilo, son los genes. Poco más que añadir aquí.

Barroco.

Este estilo tiene un doble filo, su gusto por el detalle puede ser tan acertado como funesto. Es que, a ver, estás ahí, totalmente entregado, todo chill, pero tampoco estaría mal que se fijasen en el resto de tu cuerpo. Acabás sintiéndote como un hombre hombre-objeto, un hombre-cúpula, un hombre-abortante, un hombre-aguja, siempre una cosa a la vez y pulida sistemáticamente hasta el extremo. En cualquier caso, todos queremos eso en algún momento de nuestras vidas y, puta, para eso no hay nada como el estilo barroco. A su favor, hay que decir que siempre todo es muy intenso, como si no hubiera mañana, por aquello del tempus fugit, creo.

Eso sí, huí del churrigueresco, es demasiado para cualquiera.

Romántico.

¿Cómo resumir éste estilo de coger? Es que en este cabe de todo. Violentas tormentas, estremecedores acantilados, una pequeña muerte detrás de otra hasta alcanzar ese punto en el que el sufrimiento se convierte en algo bonito. Yo creo que éste es el origen de todas las parafilias, incluido el propio romanticismo. Hay que tener en cuenta que, detrás de todo ello, se esconde ya un amplio legado de siglos de Historia del Arte de Coger. No tenés que dejarte engañar, ése apasionamiento está sustentado por técnicas muy refinadas, apenas perceptibles, que al final es lo que le da gracia. Precisamente, lo peor que te puede pasar con este estilo es que se te vea demasiado la técnica cuando estás montando el numerito, queda realmente mal y te sentís como el actor al que el director corta en mitad de una escena, con todo el mundo mirando.

Neoclásico.

Es el estilo al que volvés cuando recordás, con miedo, lo que sucedió en el baño de aquel after el día anterior y no querés que la cosa se te siga yendo de las manos. Es una etapa más, que pasa sin pena ni gloria, meramente depurativa. Al final, siempre estás un tiempo con él y luego volvés a lo del after.

Vanguardista.

Es un estilo que habla a través de sus subgéneros, ya conocidos por todos: sadomasoquismo, fetichismo, vouyerismo, exhibicionismo, eso del naïf y sus derivados; minimalismo, bestialismo, impresionismo (demasiado fugaz, muchas veces), orientalismo, bukkake y el resto de cosas raras de los chinos; dadaísmo, surrealismo, futurismo (está gente coge como una auténtica locomotora), hiperrealismo, realismo sucio (de mis favoritos), conceptual (muy importante hacerlo bien desde el principio, o si no ya no hay nada que hacer), premenstrual, postmenstrual, postmoderno (aquí se vale todo), vintage (apreciable, pero sigo prefiriendo un buen medieval). Y, en fin, cualquier cosa que te querrás inventar y plantarle un sábado por la noche a tu pareja, eso es la vanguardia.

Ah, y el underground. En el que lo más importante... es saberse reír de uno mismo. Ya saben a lo que me refiero.

No hay comentarios:

Publicar un comentario