jueves, 12 de septiembre de 2013

Anoche, cuando nos metimos en la cama, yo me quedé muy quietecito, en mi lado, tratando de quedarme dormido sin hacer demasiado ruido.

Yo qué sé: hay días y días. 

Y supongo que ayer no era el día.

Buenas noches, dijiste.

Pero entonces sentí el irrefrenable impulso de volverme hacia ti y engancharme desesperadamente a tu brazo como se enganchan los koalas a la rama del árbol.

Y te pregunté: ¿me quieres?

Tú contestaste -ya medio dormida- que sí, que mucho.

Después te arropaste y sorbiste los mocos.

Yo seguía enganchado a ti, pero decidí que quizás debía incorporarme un poco para resaltar mi preocupación en el contexto de una cálida y acogedora cama a las dos y media de la madrugada:

¿Estás constipada? -te pregunté.

Y tú emitiste un leve ronquido, seguido de un silbido ascendente que se perdió lentamente entre las sábanas.

Nada que hacer, pensé.

Y volví corriendo a engancharme a mi rama.

Cerré los ojos. Luego los volví a abrir.

Te observé durante un instante, tan perfecta e indolente, como una de esas diosas griegas que aparecen adormecidas en los cuadros bajo un manto de terciopelo que se desliza suave y graciosamente hasta dejarlas con una teta al aire.

Me pasé muy despacio la mano por la frente.

Igual el que se está poniendo malo soy yo, dije.

Tú me respondiste con otro ronquido.

Y luego otro, ya de clara naturaleza sostenida y contundente.

Elevé un poco la voz:

¿No tienes frío, mi amor?

Creo que fue entonces cuando al fin conseguí despertarte. Recuerdo que lo hiciste en un suspiro, pero sin sobresaltos. Te giraste hacia mí y me diste un beso en una mano.

De pronto, me miraste fijamente a los ojos, como quien cae en la cuenta de algo:

¿Estará nuestra hija bien arropada?

Suspiré. Me levanté a duras penas. Recorrí el pasillo y abrí la puerta. Y allí estaba nuestra pequeña: acurrucada, arropada y por completo ajena a mis padecimientos conyugales.

Volví a nuestro dormitorio y me tumbé de nuevo a tu lado.

Asentí con la cabeza.

Tú sonreíste.

Buenas noches, dijiste.

Y ahí me quedé yo, muy quieto en mi lado de la cama, tratando de encontrar otra buena excusa con la que mantenerte despierta.

Un poco más, al menos.



No hay comentarios:

Publicar un comentario