La otra noche, mi padre me sacó al jardín y dijo señalando las ventanas del bloque: ése, ése, ése y ése se han muerto. Y ése también.
Lo cierto es que se trata del típico pueblo de extrarradio que surgió a golpe de desarrollismo y cuyos habitantes tradicionales poco a poco van cediendo paso a otros que no son ellos.
Y bueno: sé que nada dura para siempre, que la vida está viva, que es el natural devenir de las cosas, que todo es un eterno retorno de lo mismo.
Pero jo: qué pena tiene que dar quedarse solo.
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