jueves, 24 de abril de 2014

Yo tenía un recuerdo.

Mi recuerdo estaba hecho -o eso dicen de los recuerdos- a base de una combinación precisa de descargas eléctricas y lipoproteinas. Pero también de sol, viento, largas tardes de dibujos animados y preguntas ociosas.

Rollo: ¿por qué nunca dejan ganar al malo?

Aunque sólo sea un poquito.

O también: ¿por qué yo soy este niño y no cualquier otro?

La verdad, no sé qué decir. Intenté preservarlo. Intenté cuidar de este recuerdo -que también estaba hecho de amor, inmensidad y pan con chocolate- durante largo, largo tiempo.

Lo resguardé del frío y de la lluvia, en una caja de zapatos.

Para que estirase las piernas, lo llevaba de paseo al parque.

Y con el fin de protegerlo del polvo, la madurez y los arañazos, le pasaba cada día un paño.

El caso es que supongo que debería sentirme afortunado: en este preciso instante, deben de estar muriendo incontables recuerdos.

Y lo cierto es que el mío me acompañó en multitud de ocasiones:

La primera vez que me drogué.

El día de la comunión, que cayó en mayo.

Cuando planeaba, con mucha incertidumbre y estrategia, mi primer gran beso.

Cuando no conseguía entender absolutamente nada.

Cuando me explicaron que debía llenar mi vida de sensatez y vaciarla de inocencia.

Pero entonces me sentaba frente al armario de los zapatos y siempre volvía a ti: cálido e infinito, como esas tardes de verano en el que el mundo todavía podía ser cualquier cosa.

Esa sensación de que aún podías cagarla todas las veces que quisieras: simplemente eso.

No sé: yo tenía un recuerdo.

Pero de tanto cuidarlo se me murió.

Pobre recuerdo mío, con lo bonito que tú eras.

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