Yo tenía un recuerdo.
Mi recuerdo estaba hecho -o eso dicen de los recuerdos- a base de una combinación precisa de descargas eléctricas y lipoproteinas. Pero también de sol, viento, largas tardes de dibujos animados y preguntas ociosas.
Rollo: ¿por qué nunca dejan ganar al malo?
Aunque sólo sea un poquito.
O también: ¿por qué yo soy este niño y no cualquier otro?
La verdad, no sé qué decir. Intenté preservarlo. Intenté cuidar de este recuerdo -que también estaba hecho de amor, inmensidad y pan con chocolate- durante largo, largo tiempo.
Lo resguardé del frío y de la lluvia, en una caja de zapatos.
Para que estirase las piernas, lo llevaba de paseo al parque.
Y con el fin de protegerlo del polvo, la madurez y los arañazos, le pasaba cada día un paño.
El caso es que supongo que debería sentirme afortunado: en este preciso instante, deben de estar muriendo incontables recuerdos.
Y lo cierto es que el mío me acompañó en multitud de ocasiones:
La primera vez que me drogué.
El día de la comunión, que cayó en mayo.
Cuando planeaba, con mucha incertidumbre y estrategia, mi primer gran beso.
Cuando no conseguía entender absolutamente nada.
Cuando me explicaron que debía llenar mi vida de sensatez y vaciarla de inocencia.
Pero entonces me sentaba frente al armario de los zapatos y siempre volvía a ti: cálido e infinito, como esas tardes de verano en el que el mundo todavía podía ser cualquier cosa.
Esa sensación de que aún podías cagarla todas las veces que quisieras: simplemente eso.
No sé: yo tenía un recuerdo.
Pero de tanto cuidarlo se me murió.
Pobre recuerdo mío, con lo bonito que tú eras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario