Yo tenía una amiga rara que era más guapa que todas ustedes juntas.
Mi amiga tenía los ojos azul cielo, se hacía de un peinado sencillo, se bamboleaba lentamente cuando cantaba el estribillo de Champagne Supernova, me mandaba mensajes a todas horas, tenía un fondo noble y unas tetas gigantescas.
Ay: qué bonita era mi amiga rara.
Y no es que uno se hubiera pasado toda la vida deseando meterle el pene en su boca. Pero corrían días de sol y viento, habíamos pasado los exámenes satisfactoriamente -ella algo peor que yo- y nos arrastraba una suerte de fuerza despreocupada y hermosa. No teníamos compromisos significativos. Tampoco quedaban ya demasiados bares abiertos.
Y ella tenía muchas ganas de ponerme el último disco de Aphex Twin.
De modo que decidimos ir a su casa, sentarnos en su cama y aguardar, mientras ambos agitábamos la cabeza al compás de aquellos ruiditos, hasta que sucediera algo.
Y al día siguiente, nos levantamos frescos y energéticos. Preparamos dos buenos desayunos. Nos dimos un abrazo sentido. Ella saludó con desdén a su hermano, que asomó con aire perplejo la cabeza desde su cuarto.
La verdad: yo estaba algo avergonzado. Pero entonces ella sonrió, me miró largamente con aquellos ojos tan enormes y benevolentes. Después, trajo el disco y me lo dejó en préstamo.
-Este no lo pierdas -dijo.
-Procuraré no hacerlo -contesté yo.
Y nos dimos un besito.
Tiene mala fama eso de jugar con los sentimientos de la gente. Te acaban echando la bronca, acusándote de manipulador y colgándote en una horca imaginaria mientras te dicen adiós con un pañuelo empapado de despecho y mocos.
Pero yo siempre he pensado que, bueno, no siempre hay malicia en nuestra frivolidad. Se parece un poco a escribir: lo importante es que quede compensado y elegante. Elegir bien los puntos de giro y los adjetivos. Que el desenlace pinche como una navaja y que todo lo que lo preceda alumbre como un suave candil.
Saltarse las normas, desprenderse de la culpa, escapar de esta mierda de mundo, vestir con esmero y ternura tus propias mentiras.
Y así fue cómo yo me entregué a Natalie. Por ejemplo: yo sabía que, en definitiva, ella me estaba comenzando a querer. Y ella sabía que yo lo sabía y que, acaso, jamás podría quererle de la misma manera. Pero comprábamos dos frappuccinos, nos sentábamos en un parque y dejábamos caer la cabeza del uno suavemente contra la del otro.
Entonces, ella decía:
-Me encanta la forma de tu dedo pulgar.
Y yo susurraba:
-Vámonos a tu casa.
Y nada, hacíamos lo que podíamos. Yo siempre me sentía algo violado: pero me encantaba dejarme caer sobre su pecho, que era extraordinariamente suave y blanco. Y deslizar juguetonamente los dedos por su vientre hasta agarrarle el clítoris, que era perfecto.
Ella se estremecía, jadeaba, me agarraba del culo. Yo me sentía como un anhelado objeto de deseo, un hombre precioso y extraterrestre, uno muy loco.
Dios mío: yo tenía tantos complejos con dieciocho años.
Y mi amiga rara me los quitó de dos polvazos.
Ay: qué bonita era.
Lo cierto es que así se fueron sucediendo muchos días de sol y viento. Y guardo muchos recuerdos extravagantes y alegres. Y también su mirada, esa mirada tan inocente y pura que acariciaba la mía como un mágico bálsamo.
Y que siempre me decía: tranquilo, todo está bien.
Pero en fin: aquel verano, conocí a alguien. Ella era mentirosa, ciclotímica, anoréxica y puta.
Qué quieren que les diga: a ella sí la quise enseguida.
Y mecido por la misma y despreocupada fuerza que me llevó a los brazos de Natalie, pasé de su culo de un día para otro, cambié de teléfono y jamás la volví a ver.
Y bueno: al poco tiempo, supe que se había suicidado.
Supongo que debería explicar cómo me sentí entonces, qué clase de monstruo vi reflejado en el espejo, de qué manera comencé a contemplar a las personas a partir de de ese preciso instante. Pero eso es otra historia.
Porque lo que yo en realidad quería decir es que aún guardo aquel disco que me prestó mi amiga rara.
Y que me gustaría prestárselos para que lo escuchen.
Verán: no es lo típico de Aphex Twin. Ella lo compró muy caro en una tienda de Managua y estaba lleno de caras b, de delicados arreglos, de frágiles pianos, de chisporroteos, de luciérnagas, de estrellas.
No sé, es muy, muy bonito.
Por lo que a mí respecta, contarles esta historia con los adjetivos adecuados es lo único bonito que puedo ofrecer de mí mismo.
La verdad: no la volveré a contar nunca jamás.
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