No termino de acostumbrarme a que me digan 'tu mujer'. No la he comprado, no la guardo en una jaula. Ambos deambulamos libremente por la casa, cada uno a sus cosas; si bien es cierto que a veces nos cruzamos y yo la acorralo contra el quicio de la puerta y le digo: eres mía.
El posterior intercambio de adjetivos posesivos puede prolongarse durante varios minutos. O varios días. Pero al final, uno de los dos -generalmente ella, porque yo fui el hijo consentido de la familia y tengo una desmedida necesidad de posesión- se escurre como un gato maleado y corre a refugiarse en la otra punta del salón.
Una lectura, un mirar por la ventana, un estoy pero no estoy.
Y entonces yo me quedo observando ese huesecillo victoriano que se le dibuja sutilmente bajo el pelo recogido y me siento dichoso de haberlo poseído alguna vez. Y me da por pensar que lo que nos hace estar realmente enamorados no es tener a alguien entre las manos.
No, no, para nada: es sentirlo como un pajarillo que, en cualquier momento, podría echar a volar.
Y es por eso que no me acostumbro a que me digan 'tu mujer'. No quiero poseerla enteramente: prefiero pensar que, cualquier día, igual abro la puerta y descubro que se ha largado para siempre.
Eso me aterra.
Pero también me hace sentir bien. De un modo extraño, lo confieso.
Pero me hace sentir bien, jodidamente bien.
De verdad: ojalá la mujer con la que vivo nunca sea mía.
Aunque lo sea.
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