Todo cambia cuando en tu esquema mental, en ese frágil santuario de certezas y dudas razonables que has construido a lo largo de los años entra, sin quererlo, sin llamar a la puerta, un día cualquiera, otra persona.
Es como un abrir y cerrar de ojos: cuando querés darte cuenta, allí está sentada, entre tu concepción del universo y tu metodología para ordenar por colores los calzoncillos.
Y vos la observás, mientras toma un café con magdalenas. Y te apresurás a hacer hueco y apartar todo lo que podría resultar problemático: ideologías políticas, retratos de la comunión, opiniones radicales sobre sociedad, filosofía, la paz mundial; y también la colección completa discos de Techno que te gusta sólo a vos.
No sé, por si acaso.
Ella te acariciará el hombro con gesto agradecido.
Y colocará junto al cepillo azul de dientes, que es el tuyo, otro de color verde manzana.
Te lo adelanto: siempre los confundirás.
Las mudanzas son complejas. Exigen coordinación y capacidad de maniobra. Actitud proactiva, carácter emprendedor, corazón inasequible al desaliento.
Porque el camión ya ha aparcado frente a la puerta. Y un tipo que se llamará Juan o Vladimir les preguntará, entre resoplidos, dónde hay que dejar la identidad personal, las convicciones sociológicas -son cuatro cajas- y el juego completo de té.
Todo ahí, todo ahí, vas a decir, ya lo iremos organizando luego.
Pagarás a Walter lo acordado y brindarás con vino blanco.
Esa misma noche, embriagados por el feliz desorden, harán el amor hasta el amanecer.
Brindarán otra vez.
Y día siguiente, con la fresca y un gazpacho, toca poner orden en el desaguisado.
Nada encaja, al principio.
Pero más tarde ambos comprenderán que el anarquismo asilvestrado no tiene porqué ser incompatible con el individualismo beligerante. Que las pirulas también sientan bien al compás de un Nocturno. Que la necesidad de que todo esté siempre ordenado y la tendencia a dejar colgado el sujetador del perchero da lugar a entrañables escenas de comedia de situación.
Que el jodido esquema mental, todo lo que hace que uno sea uno mismo, ese frágil santuario de certezas y dudas razonables también puede ser compartido.
Hasta que un buen día, un día cualquiera, llame a la puerta, acaso por azar, sin quererlo, otra persona.
Ya sabés: otra puta persona de mierda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario