martes, 9 de agosto de 2016

Recuerdo mi infancia como un flipe continuo frente a los aspectos más obvios de la realidad. Yo era el niño que, en lugar de marcar goles, se apenaba por el hecho de que los porteros pasaran casi todo el partido en soledad. Yo era el niño que se imaginaba el paso del verano al invierno como una lucha entre gigantes de fuego y viento. Yo era el niño que se sentaba en un borde y se preguntaba por qué tenía que vivir en su cuerpo y no podía hacerlo en el de cualquier otro. Yo era el niño que se interrogaba una y otra vez sobre el misterio del amor, cómo era posible que la gente se quisiera, qué había que hacer, cómo funcionaba, si podías apuntarte a ello como a las clases de música o informática.

Echo la vista atrás y recuerdo con benevolencia aquellos dilemas de tardes infinitas y ociosa inocencia.

Pero el caso es que sigo exactamente igual.

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