Dejemos de mortificarnos: tenemos derecho a la vulnerabilidad. A dejarnos arrastrar por el primero que pasa, desoyendo los consejos paternos y de las masas. A relativizar la maldad del prójimo, justificarla en base a desafortunados traumas infantiles, corresponderla con comprensión. A confiar en un auténtico hijo de puta que está a punto de apuñalarte por la espalda. Tenemos derecho a considerar una excepción, a que finalmente nos hieran de muerte, a correr sin sentido.
De todo se aprende, supongo.
Aunque te llevás unas cagadas.
Y unas reprimendas por parte de los demás.
Pero bueno, al menos fuiste valiente.
También muy imbécil.
Algo así como un empate emocional con vos mismo.
No pasa nada: volverás a intentarlo.
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