También recuerdo aquel tiempo en que sencillamente nos dejábamos llevar como si nada malo pudiera sucedernos. O mejor dicho: como si la sola posibilidad de que alguien pudiera aprovecharse de nuestra inocencia no existiera, plenos de amor y entrega, sonriendo a cada persona que encontrábamos a nuestro paso, exponiéndose delicadamente a su influencia con su inconsciente certeza de que todos tenían algo importante que enseñarnos.
Y de este modo, el mundo que era un nuevo cada día: cálido, insondable y mágico. Y nos concedíamos contemplar el futuro como si se tratase de un lejano planeta poblado por seres fabulosos: un lugar en el que, quizás, podría hacerse posible cualquier cosa que imagináramos.
Pero para todo hay una primera vez, supongo.
Y bueno: fue entonces cuando alguien nos hizo daño.
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