Esas ganas de pegarse un tiro de buena mañana que, afortunadamente, van diluyéndose en una suerte de rabia domesticada, un puñetazo en la mesa, un maldecir frente a las últimas noticias económicas, un mirar por la ventana y tratar de rescatar dos o tres recuerdos positivos, esperanzadores; lo suficiente compensatorios como para acabar el proceso sentado en el sofá, tomando café y sumido en un estado de resignada apatía.
Ah: "Dios" aprieta, pero no ahoga.
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