Es curioso cómo nos encontramos y nos desencontramos todo el tiempo. Puede que al modo de esos pajaritos veraniegos que, allá, en lo alto, danzan en perfectas espirales hasta que un golpe de viento (quizá todo se reduzca a eso: al viento) los separa violentamente hasta perderse para siempre en el cielo.
O bien, desde una perspectiva científica: quizá no seamos más que moléculas que flotan libremente en el éter, chocan entre sí, se invitan a café, se olfatean el culo y proyectan animadamente la compra de una casa en el mar.
Pero es que al final, en virtud de algún misterioso proceso químico, no tardamos en alejarnos unos de otros.
Pero siempre cabe la posibilidad de que nos encontremos de nuevo. Personalmente, siempre he pensado que las personas no somos verdaderamente capaces de mirarnos a los ojos si no es al cabo de un largo viaje.
No sé: ojalá este escondernos y encontrarnos tuviera algún sentido, una suerte de meta final, una cena con velitas, al cabo de muchos años, en la que al fin nos tomemos las manos para no volver a soltarnos jamás.
Porque se sufre, se sufre tanto a lo largo del proceso.
Y el caso es que no existe otra forma de amar.
Lo dicho: qué loco es todo.
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