¿Se han fijado en que es imposible encontrar a otro ser humano que no tienda a juzgar permanentemente cada mínimo aspecto de tu vida?
Querer, lo llaman.
Y el caso es que ya he vivido lo suficiente para saber que todas nuestras certezas son absurdas, arbitrarias y absolutamente prescindibles.
A veces pienso: ¿y si invirtiéramos todo ese tiempo en contar historias, escuchar las de otros o hacernos cosas bonitas con los dedos, los pies y la lengua?
No habría nada.
Pero no: en lugar de eso, seguimos forjando una infinita cadena de culpabilidades con cada ser humano que encontramos a nuestro paso.
Una cadena pesada, dolorosa: casi indestructible.
También lo llaman vivir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario