miércoles, 13 de noviembre de 2013

Postrock, postliteratura, postpolítica, postfollar. 

No sé, es que ahora todo es postodo. 

Y es que este asunto de la posmodernidad me trae frito.

Porque a ver: si ya todo es postodo, significa que no hay nada más, que hemos llegado al fin de la movida, que ya no cabe esperar otra cosa que el mágico apagar de las bombillas; y, si acaso, contemplar cómo cae el telón con banda sonora orquestal, majestuosa, sentida: un colofón a nuestra altura, tiernos ilusos que creímos protagonizar el fin de todo.

Aunque siempre hay una mala noticia: nunca conoceremos a los que nos sucederán.

Ni ellos a los que les sucederán después.

Traten de ponerse ahora en la piel del ciudadano medio del Imperio Romano. Estoy seguro de que, deslumbrado por el brillo de los estandartes y las noticias de lejanas conquistas, también se sintió parte del culmen, la quintaesencia de la civilización humana, ahí, a dos metros del portal de su casa.

Pobres: esos tipos tampoco pudieron imaginarnos a nosotros.

Sólo espero que no les diera por hablar tan raro.

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