Aquellos no fueron buenos tiempos. Los médicos no podían asegurarme nada y salía a resonancia magnética cerebral cada quince días. También me pinchaban, me ponían electrodos en la cabeza y me hacían caminar con los pies muy rectos sobre una línea imaginaria.
Al final, siempre concluían con gesto circunspecto: oh, debemos esperar.
Y yo llegaba a casa desesperado, abatido, aplastado por el peso de la incertidumbre.
Cómo pesaba la jodida incertidumbre, cómo pesaba.
Recuerdo que aquella tarde nos sentamos en el sofá muy quietos, apretaditos y en silencio.
Mano sobre mano, un beso calculadamente tierno.
Y yo sé que ambos pensábamos que menuda mierda esto de haber comenzado a conocernos, a enamorarnos, a compartir todo lo que es posible compartir cuando, de pronto, las malas noticias llegaron en forma de un aséptico informe médico.
No sabían si me quedaría ciego.
No sabían si me moriría.
Afuera, empezaban a florecer los almendros, cantaban los pájaros y, por lo demás, el universo seguía girando, un tanto indiferente y cruel.
Entonces dijiste: he compuesto una canción sobre todo esto.
Y te sentaste al piano. Y recuerdo que la cagaste un par de veces porque te temblaban los dedos. Pero poco a poco le cogiste el tranquillo y comenzó a sonar, en nuestro pisito suburbial, aquel fiero contrapunto, aquella imparable sucesión de notas que ascendían y ascendían hasta caer, de pronto, en un insondable precipicio que -así lo sentía yo- pretendía conjurar en su tempo infinitamente lento toda la tristeza del mundo.
Y pensaba: quizá éste sea el modo en que suceden las cosas.
Quizá sea esto lo único que me aguarda a partir de ahora: mi propio abismo en sol menor.
Pero cuando ya todo parecía acabado, tus manos volvieron, en virtud de un delicado arreglo, a la tonalidad del principio, a aquel salvaje arpegio, a aquel me importa todo tres kilos de mierda, pintemos el salón de colores, follemos como conejos, hagamos una compra guapa en el Caprabo, celebremos que, al menos, en este puto instante aún seguimos vivos.
Al poco, dejaste caer los dedos sobre el acorde final.
Te giraste hacia mí y añadiste: espero que te haya gustado.
Ahí seguía yo, bastante tristón, a vueltas con mi mala suerte y totalmente incapaz de emitir un juicio objetivo porque, a fin de cuentas, mi mayor hito musical fue tocar cumpleaños feliz en una guitarra imaginaria con once años.
Ya no me acuerdo ni de qué te contesté.
Aunque sí de una certeza: vale, podía morirme mañana.
Pero quería pasar el resto de mi vida contigo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario