martes, 19 de noviembre de 2013

Ojalá pudiéramos disponer siempre de una radiografía exacta de nuestros pensamientos. Algo que colocar frente a los demás y decir: mira.

Pero no podemos. En lugar de eso, sólo nos es dado tratar de objetivar nuestra movida interna, todo este torbellino mental, por medio de palabras. Pero entonces las palabras -que siempre son caprichosas, imprevisibles y algo putas- exigen inmediatamente su independencia, se enlazan entre sí de un modo que escapa de la conciencia de su emisor, el pobre, que suele acabar confundido ante el indignante libertinaje de sus propias palabras.

Aunque lo cierto es que las palabras son lo único que tenemos. Y supongo que debemos esforzarnos aún más por encontrar ese adjetivo perfecto, esa dialéctica precisa, esa afilada metáfora que indique claramente qué es lo que somos y qué queremos decir en cada momento.

No sé: yo hoy en realidad quería hablarles de una novia que tuve. Era grande, enorme, gigantesca. Y cuando follábamos, me sobrecogía un sentimiento primigenio, fundamental, casi sagrado; como si mi cuerpo se ofreciera en sacrificio cada noche a la mismísima Venus de Willendorf.

Y bueno: miren.

Una chica simpatiquísima. Era imaginaria. 

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