Yo tenía una novia que era ciclotímica, mentirosa, anoréxica y puta.
Nos queríamos un montón, la verdad.
Han pasado ya algunos años, pero recuerdo
vivamente montarme en el bus y empezar a fantasear con su pelo rubio y sus ojos
de husky siberiano.
Aquél era un tiempo difícil, lleno de
preocupaciones. Mirabas a tu alrededor y no tardabas en intuirlo: todo el mundo
estaba preocupado por algo. Por ejemplo: el diseño de una brillante carrera
profesional. O bien: las cancelaciones de última hora de algún concierto.
Aunque sinceramente: a mí nada de eso me
importaba. Porque lo cierto es que, por aquella época, toda mi existencia, mi
justificación completa como individuo en el mundo dotado de razón y
sentimientos giraba únicamente en torno a Ella.
Y es que me levantaba por las mañanas y
pum: me la pelaba pensando en Ella. Tomaba asiento en el bus y en fin: hubiera
querido, hubiera deseado con todas mis fuerzas sacármela allí mismo y compartir
con el resto de viajeros lo mucho que yo la amaba.
En serio: ojalá hubiese podido.
Porque aquél no era un bus cualquiera: era
el que me llevaba a casa de Ella.
Recuerdo la primera vez que me invitó: yo
estaba nervioso porque acabábamos de conocernos y al parecer sus padres podían
volver en cualquier momento. Cuando llegué al rellano, me encontré con la
puerta abierta:
-Hola -dijo ella desde la cocina.
Entré y me quité el suéter. Ella había
preparado un banquete: una gran fuente con carne en salsa, queso, embutidos, y
otra serie de cosas que no les sé el nombre.
-¿Qué es eso? -acerté a preguntar.
-No lo sé, solo lo preparé sin saber que
era -dijo Ella.
Me encogí de hombros.
-Vaya, ¿has preparado todo esto para mí?
Ella se echó en mis brazos y me dio un
gran beso en la boca.
-Más que eso -dijo-. Lo he robado para ti.
-¿Qué...? ¿Qué quieres decir?
-Ven conmigo -dijo Ella.
Me condujo a la sala. En la televisión
había un canal de vídeos musicales. Se dejó caer en el sofá con cierto aire de
bailarina derrotada que le era muy característico:
-A veces voy al super mercado a robar -explicó-. Quiero decir: no es que lo necesite. Simplemente me encanta ir allí
y llenarme la mochila de cosas de comida, colonia y maquillaje. ¿Tú nunca robas
nada?
-Bueno -dije-, una vez robé un libro de
Owen Barfield, pero lo acabé dejando por la mitad.
-¡Oh, si quieres, podemos ir algún día a
robar juntos! -exclamó-. ¿Sabes? Te voy a decir algo que no le suelo decir a
nadie: me gustas mucho.
Nos besamos de nuevo. Creo que yo la cogí
de la cintura y la puse sobre mí.
Recuerdo la extrañeza que me producía su
cuerpo en aquellos primeros momentos: tan liviano, tan esbelto, como si
estuviera comprimido por alguna prenda invisible. Y también su pelo: dorado,
despeluchado y quebradizo.
-Creo que tú también me gustas a mí -le
dije entonces a Ella.
Me rodeó con sus brazos:
-Ya, pero seguro que tú sí le dices eso a
muchas chicas.
Lo cierto era que tenía razón: le decía
eso a todas las chicas. De algún modo, formaba parte de un ritual, una suerte
de protocolo de interacción básico a seguir con todas las mujeres que conocía.
Pero con Ella era distinto: era como si no tuviese necesidad alguna de
decírselo pero, aun así, sintiera el impulso de hacerlo.
Sentí vergüenza.
-Se va a enfriar la cena -dije.
Nos sentamos en la mesa de la cocina.
Abrimos una botella de Coca Cola y servimos dos vasos.
-Por las cosas que nunca nos diremos -brindamos, sí, con Coca Cola.
Nos echamos a reír. Creo que yo entonces
me serví un poco de carne y queso en el plato. Bebería algo más de Coca Cola -supongo- y empezaría a comer.
Pero fue entonces cuando Ella se levantó
de la mesa, abrió el refrigerador y sacó un tomate. Le pegó un mordisco al
tomate y se volvió a sentar. Se quedó mirándome con un gesto de total
normalidad.
-¿Tú no vas a comer de esto? -le pregunté.
-No -dijo-. Yo ya he comido.
Dejó el tomate mordisqueado sobre la mesa.
Yo qué sé: así era Ella.
Aquella noche hicimos varias veces el amor
en su habitación. A dónde quiera que miraras, todo estaba lleno de peluches y
cajas de colores. Siempre me parecieron demasiados para una chica de diecisiete
años. Pero así era el cuarto de Ella: un lugar donde todo era hermoso.
Y también algo triste
-Escucha -le susurré mientras acariciaba
su finísimo pelo-, creo que yo puedo ayudarte. Me refiero a que podemos estar
juntos. Si tú quieres.
Ella se levantó de la cama y se quedó
mirando por la ventana.
-¿Sabes? -dijo de pronto-. A veces me
pregunto cómo es posible que nunca dejen de pasar autos por ahí. Quiero decir:
mires a la hora que mires, siempre hay gente yendo y viniendo.
Me levanté de la cama y la abracé por la
espalda. Y allí estábamos nosotros, asomados a la ventana frente al incesante
rugir de los automóviles en la pista.
-Sí, es curioso -contesté al cabo del
rato-. No sé si es que hay demasiada gente o demasiados lugares a los que ir.
Se giró hacia mí:
-Prométeme que no me harás daño -dijo.
Miré de nuevo a mi alrededor: todo era tan
hermoso.
Y tan triste.
La abracé. La abracé tan fuerte como pude.
Creo que podría escribir un libro sobre Ella
y el modo en que comenzó a formar parte de mi vida desde aquel instante. Mi
primer impulso sería dedicar muchos capítulos a contar de qué forma tan
jodidamente extraña y loca hacíamos el amor.
Pero no: sospecho que lo que mejor
describiría nuestra relación es el modo en que salíamos por ahí a drogarnos y
ella acaba totalmente ida, cayéndose de las tarimas de las discotecas y
escabulléndose con todos los chicos que le salían al paso. También la forma en
que yo me preocupaba constantemente por ella mientras trataba de sobrellevar mi
propia moral y la acababa sacando a la calle para que le diera el aire. Y de
cómo nos importaba una mierda que nos echaran de los sitios, cómo enfilábamos
por la calle, absolutamente locos, sin saber a dónde puta íbamos.
Y cómo nos besábamos. Cómo nos besábamos
todo el tiempo.
Pero no lo tengo claro: desconozco qué
lugar del arco dramático le corresponde a cada uno de los episodios. Todo se
vuelve confuso y me gustaría que el libro diera cuenta detallada de cómo
transcurrieron los acontecimientos.
Me gustaría hablar de cómo algo bello,
espontáneo y despreocupado se convirtió poco a poco en un interminable serial
de reproches. De cómo ambos deambulábamos sobre el abismo y finalmente nos
dejamos caer. De todas las ocasiones en que me llamaba llorando a las cuatro de
la madrugada. Y también de cierto día en que estuve a punto de partirle la
cara, allí, en la habitación en que la abracé por primera vez.
Creo que incluso hablaría de cuando me
invitaron a comer sus padres y no paraban de preguntarme todo el tiempo -algo
circunspectos- si trabajaba o estudiaba.
Y de cómo, finalmente, un día llamé a su
puerta y Ella no abrió. De cómo no me volvería a abrir nunca.
Y de cómo me fui de allí al cabo del rato,
confundido, con las manos metidas en los bolsillos. De cómo me subí en el bus
para volver a mi casa. Y de cómo lloré aquella mañana.
De verdad: lloré tan fuerte que grité.
Pero bueno: quizá no escriba ningún libro.
En cierto sentido, creo que el mejor modo de hablar de algo bonito es no hablar
de ello en absoluto.
Tampoco sé muy bien por qué estoy
escribiendo esto. Puede que Ella lo lea. Y no tengo ni idea de cómo se lo
tomará.
Hace demasiado tiempo que no hablamos.
Pero en serio: me gustaría saber cómo has
estado.
Me gustaría saber si has encontrado a
dónde ir.
<3
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