Por favor, ténganlo claro: los que hacemos esto somos malas personas.
Porque vale, podemos tener nuestros puntillos. Un fondo amable y cordial. Un extraordinario amor por los detalles. La inquebrantable voluntad de que nuestra vida sea más bella. Un paseo por el parque, una lluvia de verano, confidencias al abrigo de un portal o de esa cafetería tan bonita que hay subiendo la callecita y que tiene fotos de actores en blanco y negro y un piano.
Y uno siempre piensa: jo, este sabe escuchar.
O bien: hay que ver qué acierto tiene eligiendo cafeterías.
Pero es que ése es precisamente nuestro trabajo: escuchar y elegir. Por ejemplo: escuchar una miríada de comentarios ajenos y elegir el que mejor combine con una tarde de amor o un desencuentro.
Y claro, siempre nos queda bien. Muy bien, en realidad. No es por nada. Son ya muchos años de estadísticas, entrevistas personales, campamentos de verano.
Y cuando nos reconocen la valía, esbozamos media sonrisa. Después, agachamos con humildad la cabeza y decimos: gracias.
Pero hasta eso se lo hemos robado a alguien.
Alguien que nos dio las gracias una vez.
Otra mariposa pinchada en un alfiler.
De verdad: no concibo oficio más triste que éste. De acuerdo, las flores son exuberantes. El esfuerzo, sincero. Pero detrás no hay nada. Si acaso, un seleccionado puñadito de cadáveres.
Y cuando se cierra el telón, cuando se descubre la farsa y el viento se lleva todas las palabras, quizá observes un intento de honestidad en nuestro gesto.
Un reconocer, un admitir, un encarar la verdad con valentía y porte adulto:
-Sí, soy una mala persona -dije yo.
Y me largué con las manos en los bolsillos, el semblante avergonzado. Me puse el pijama y me lamí el orgullo frente al televisor.
Al rato, ya pensaba en cómo escribir sobre todo ello.
Porque si la historia es hermosa, la matanza es lo de menos.
Y ese convencimiento es el que nos convierte en verdaderos hijos de puta.
Tampoco quiero justificarme.
Pero ojalá estas flores merezcan la pena.
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